Literatura

Acto de guerra

Tiempo estimado de lectura: 7 min
2021-06-18 por Daniel Zárate

Es viernes y el cuerpo lo sabe. Desde que la aguja del reloj pasó de las 12 un repiqueteo constante en la espalda me hace torcer los hombros, contraer el cuello. Estoy ansioso, nervioso, me siento inseguro. Es tonto. Es re tonto porque estoy en mi casa, con mi familia, la puerta tiene pasador, me siento en el inodoro como cualquier otra noche, pero el silencio es total, es una noche muerta. La manecilla del reloj también pasó por las 12 como cualquier otro día, pero algo no está bien. Es viernes, el cuerpo lo sabe.

La inquietud no deja dormir, jueputa. Es una madrugada de calores y luces enredadas entre las sábanas, sin sueño y de cielo amargo. Tengo el pie derecho trancado en las distancias que caminaré por la tarde; la mano izquierda en coca sobre las bolas, busca reabastecerse de valor; mi sudor empaña las paredes de las casas por las cuales, espero, volver esta noche a casa. Qué calor, hasta ir a orinar es un fastidio, el sueño levanta un vaho de humores desde los cuerpos durmientes, como el primer sol después de la lluvia. El piso está que hierve. Un vapor inconforme lo recubre, parece que bajo la tierra algo se cocina. Pero tengo que descansar, así que cierro los ojos, me arropo el desde el cuello a los tobillos, y con los pies al aire, adoloridos, en cualquiera de los pasos de la aguja, me quedo dormido.

Me despierto con el ánimo de un cigarro roto. Puedo mover mi cuerpo, hacer oficio, siento hambre, pero hay una desconexión fundamental entre lo que se quema en el día a día y lo que se queda con los residuos. Me fuma el aire, mis aspiraciones van para ningún lado, cuando exhalo suspiro, mientras desayuno riego el café y me muerdo la lengua 3 veces, qué tonto. Estoy torpe, tengo la mente en la tarde y la noche que esperan.

Pero como el relojito ese es una gonorrea y de esperas nada, la tarde me cae encima antes de lo previsto. Estoy apurado por salir de casa, almuerzo a medias, ¡Mierda! Me mordí otra vez la lengua, no me cepillo la boca, se me quedan la gorra y la maleta encima del comedor, todo por el marica afán. Llego en bicicleta a la esquina pactada y resulta que mi socio no ha llegado. Cuando lo veo venir pienso que pude volver por la maleta, pero qué pereza. Al llegar mi socio, me pregunta: “¿Trajo bareta?” Sí, sí traje.

Me molesta resto que mi socio ande al lado mío en la cicla, los carros le rozan el aura y el viento lo hace tambalear. Él tiene miedo, sabe que en Bogotá eso no se hace, pero hoy tiene el espíritu rebelde. Yo voy por la derecha, de la carretera ¿no?, bien pegadito al andén para que ese marica no se salga tanto. Cuando volteamos por la 72 con Boyacá escucho que me dice “¿Y qué, nos vamos a trippear?” como si nos acabáramos de encontrar. Bueno, le contesto, ¿Medio o un cuartico? “Medio, medio”.

Llegamos al monumento de los Héroes y se larga el aguacero, recio, exagerado. Una cortina de gotas se me pega a la cara y el repiqueteo en la espalda, la aguja del reloj, otra vez, ya no tengo calor, ahora me entumece el frío. Además de eso estoy amurado y mi socio está más pendiente de encontrar a sus amigos que de fumar. Pero las llamadas como que no salen, él dice que están cortando la señal; yo digo que está saturada porque todo el mundo se está llamando al tiempo como unos huevones y está lloviendo. Después de un rato nos encontramos con ellos, están pegando un bareto. Todos felices, todos tienen lo que quieren, hay vendedores de pola y guarapo, de cachaza, chazas de perros y hamburguesas tan tóxicas como baratas, pero en el aire se nota que es viernes y la multitud en torno al monumento lo sabe. Bajo las risas y arengas de los innumerables parches, remuerde la dignidad de un solo pueblo.

Pronto la tensión se nos acerca y entramos en ambiente. Me he dado unos minutos para reflexionar sobre las caras de los amigos de mi amigo. Es una pareja de edad imprecisa, rostros de 20 con ojos de 40. Están cuarteadas por años de sol y polvo, no son morenas, tampoco blancas, más bien parecen sucias. Unas arrugas delgadas alrededor de sus bocas delatan unas sonrisas obligadas. Yo, aunque no pique, a cada rato me rasco el cuello, eso me tranquiliza. Es curioso el modo en que se toman de la mano. Aprietan palma contra palma como si esa horizontalidad significase un escudo. Los dedos de ella encajan en los nudillos de este, como si la salvación de uno significase la del otro. ¡Ilusos! Mientras veo sus manos ella recuesta la cabeza en su hombro. Qué lindo, cuánto amor, echo una mirada al perímetro y como ellos hay muchos, con los pies cansados y las manos enrojecidas, apoyándose en el otro. Se me aprieta el pecho, en algún lugar cercano tiran pólvora, agitan banderas. Mi socio no habla, solo mira y escucha.

A las 7 empieza una llovizna tenue, como si cayeran lágrimas. Nosotros estamos a unos cuantos metros de un camión que se usa como tarima para un toque musical. Termina un grupo, no sé cuál, y entra una nena con rastas y un trombón a tomarse el micrófono. Lo primero que hace es pedirle calma a los que están prendiendo la estación de Transmilenio. Dice: “Muchachos, muchachos, calma, ahorita lo hacemos que aún faltan artistas” vacila un momento, pero continúa “a menos que los que estén prendiendo fuego sean como los que queman CAI, incendian el palacio de justicia y cajeros de Davivienda” y concluye “hagámosle la bulla, hagámosle la bulla para que se queden quietos”. Tras lo cual empieza una ráfaga de silbidos y abucheos que claman cese al fuego. Luego un gordito con gafas de sol tomó el micrófono y comenzó:

“Les pido, muchachos y muchachas, que levantemos el puño por quienes hoy no están con nosotros y se encuentran desaparecidos”. Con celular en mano empezó a leer uno por uno los nombres de los ausentes. Como respuesta, un número incalculable de gente levantaba el puño, y gritaba: “PRESENTE”. Recuerdo bien tres de ellos, pues tenían el mismo apellido: “Henry Jaramillo, PRESENTE. Yeimy Luciana Jaramillo, PRESENTE. Enrique Jaramillo, PRESENTE”.

Es uno de los momentos más profundos de mi vida, lo reconozco. Qué gonorrea. Una nostalgia escurridiza se me arremolina en el fondo de la garganta, siento que de los pies brotan raíces y el silencio de la noche muerta resucita y sopla la nuca a intervalos. Cada sílaba de los nombres es un agujazo que perfora esa parte del humano que reconoce lo sublime. Esto nos duele, qué tristeza. Pero así se siente la empatía, es un toque de raíces. Somos todos siendo uno, somos uno siendo el otro.

Termina el llamado y con él el fuego. El gordito con gafas de sol es el vocalista del próximo grupo, la nena de rastas la trompetista, empiezan el toque y yo palmeo a mi socio en el hombro. Le pido que me acompañe hasta la 80, porque tengo que devolverme, estoy trastornado, embadurnado de sensaciones tristes, y no aguanto las ganas de orinar. Tomo la cicla y salgo como puedo del tumulto que tengo al lado. Mi socio hace lo propio.

Volteando una cuadra debajo de la 80 le pido que me tenga la cicla para orinar. Sostiene el manubrio y a la par pregunta: “¿Qué, unos pases?” “Ush, bueno”, le digo. Me pasa un bolsón de perico. “Écheselos mientras orina” comenta, yo obedezco. Me arrimo a una esquina, destapo la bolsa y con las llaves como palas me abro las fosas. Guardo el p y saco el pajarito. Sin darme cuenta, me rodea un pelotón de manifestantes, que también se disponen a disparar chorros. Miran al suelo o al frente, nadie se ve el chimbo, ningún morboso, cero problema, todos callados, dignos, comprensivos con la necesidad humana. Es un acto de guerra. El hombre desnudo. La mujer agachada.

Salgo con ganas de vomitar, convulso, no del asco sino de la claridad, del miedo. Es viernes, viernes 28 de Mayo, un mes de Paro Nacional en Colombia. Cierta emoción que no tengo la capacidad de nombrar me impide manejar la bici, a pesar de que soy buen piloto. Paro, prendo un cigarro, siento un estallido que se avecina, pero no llega. Es la pura tensión del acercarse, el repiqueteo en la espalda, la aguja de las 12, las raíces, volver a casa, los que se quedan. Un pasmo de realidad me recuerda que, si alguno muere, es guerra.

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Podcast

De caras e historias

T1 E5 - De caras e historias delirantes
- Cristian Reyes, Daniel Zárate y Alex Noa

La memoria de un 28 de mayo en la Bogotá que protesta, los delirios inevitables de un hombre con la conciencia rota y palabras que fluyen sin reglas de la boca de un poeta; los textos de nuestros escritores nuevamente toman vida en este capítulo de De Caras e Historias.
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2022-04-02 con los locutores Juan David Díaz Molina y Daniela López un producto Cara & Sello



Sobre el autor

Daniel Zárate

Editor, Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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