Literatura

Arturo se mató

Tiempo estimado de lectura: 7 min
2020-12-04 por Daniel Zárate

En memoria de Sergio García.

Creo que nadie sabe dar la noticia de una muerte, mucho menos recibirla. Estaba de pie a unos metros de la puerta del patio trasero fumándome un cigarrillo antes de acostarme. De pronto, vi asomarse a Carolina, mi roomie, a través del vidrio de la puerta, parecía que estaba a punto de llorar. Su aspecto era realmente repulsivo, es una nena bonita, y cuando las bonitas están a punto de llorar se ven espantosas.

Caro, además de linda, es un poco melodramática, así que cuando la vi cruzar la puerta dirigiéndose hacia mí, abrazando su celular como si se aferrase a un último aliento, pensé que venía a mostrarme uno de esos videos de animales, afortunados o desafortunados, que nos enternecen a ambos. Sin embargo, su labio inferior curvado hacia abajo de manera teatral y sus ojos chinos cubiertos de arrugas, que no podían contener un segundo más las lágrimas, delataban en el aire un matiz de importancia y seriedad.

Mientras se acercaba, su expresión me produjo una sensación extraña, tenía cierto carácter solemne, pero lamentable.

- ¿Qué pasó? – le pregunté un tanto irritado por su cara de tragedia. A pesar de que su voz casi que se sobrepuso a la mía, el pequeño interludio diagnosticaba una fatalidad y alargaba el tiempo. Abrí los ojos en espera de una respuesta que no llegaba, la atmósfera se volvió pesada y oscura.

-Arturo se mató- respondió con un chillido de voz quebrada. No hubiese podido pronunciar una palabra más, pues un llanto lúgubre y punzante la obligó a acurrucarse y enroscar la cabeza sobre sus rodillas. Su comportamiento sólo podía ser causa de una ausencia definitiva.

Ante la contundente vaguedad de la respuesta se me crisparon los nervios, me faltaban explicaciones, mi mente revoloteaba. En un principio pensé en mi hermano, que se llama Arturo, y a fuerza de costumbre, cada que escucho ese nombre pienso inmediatamente en él. No puedo describirlo con exactitud, pero sentí que los músculos y tendones de mi pecho se diluían, era como si me rasgasen con alguna cuchilla líquida los músculos y arterias del corazón.

Una rabia infinita contra Carolina se apoderó de mí al contemplarla postrada de cuclillas, débil ante el dolor de una sentencia ineludible. Se apoderaba de un dolor que me pertenecía y lo sufría de manera intensa, quién se creía para actuar así, ante mí, que había perdido a mi hermano. Se me antojó una mujer patética, quise agarrarla por el cabello y obligarla a que me diera la cara. Sinceramente no sé cómo me contuve, o si mi lengua fue más ágil que mis manos, pero le pregunté:

- ¿Mi hermano? - Mi voz temblorosa se entrecortó y subió de tono debido al pánico, fue deplorable y hasta burlesco.

- ¡No! – exclamó con un tono de reproche desde su coraza de lamentos, y mi rabia se convirtió en sorpresa, mi asco en comprensión. Un sentimiento de felicidad que albergó mi mente apareció como el ojo del huracán, pero en seguida entendería su regaño disminuido.

Me reprochaba a mí por no comprender al instante sus pensamientos y su dolor, y al azar, por la muerte de Arturo. En aquel momento, la pregunta acerca de mi hermano se me hizo irónica, y me causó un poco de gracia. Hace no más de una hora lo había telefoneado para preguntarle el nombre de una película, no sé cuál, porque me mandó al carajo y me colgó, era tarde. Entonces las conexiones en la cabeza se alinearon y se esfumó la alegría momentánea.

La expresión de Caro, sus contorsiones quietas de dolor, el aire pesado que calaba en los huesos, todo apuntaba a una conclusión que alumbró por fin sin duda: El novio de Carolina estaba muerto. Está muerto*.

- ¿En la moto? – continúe con mi interrogatorio. Ella movió su cabello rubio afirmando con resignación. Su gesto estaba cargado de una melancolía seductora que me obligó a acurrucarme para abrazarla. Aún así, la sensación no fue menos terrible, mi cabeza no podía procesar el acontecimiento ¿era real? Aún no lo creía, tuve ganas de preguntarle: ¿En serio? Pero me contuve. En mis pensamientos aparecían titulares de noticieros amarillistas: “Joven pierde el control de su moto y cambia de vida”. “Hombre de 29 años fallece tras aparatoso accidente, la moto quedó irreconocible, algo menos que él”. Pero no.

- ¿Cómo? – susurré para mí mismo, buscando el detonante, alguna causa que diera respuesta de la muerte repentina de Arturo. No creo que ella me escuchara, parecía ausente en su propio desgarro, pero como adivinando o coordinando con mis pensamientos, respondió con la voz desgarrada:

- Se estrelló de frente contra un separador en la autopista.

Si en ese momento la impresión me permitió articular alguna idea, se desvaneció al instante. La película tras mis ojos se nubló por una bruma que escupía el fantasma de Arturo de la moto y lo estrellaba contra el suelo, o la pared, u otro carro, otra moto. Los escenarios se repetían con distintas variantes, pero siempre era el mismo final. Arturo ensangrentado y estampado contra el asfalto como un ratón que acaba de recibir varios escobazos. Inerte, sin voz, sin capacidad de producir algún ruido por él mismo. Esa seguidilla de lo que me atrevo a llamar recuerdos me desesperaba.

- No lo puedo creer – masculló entre dientes con tal rabia que quise apartarme de ella, pero no pude. El aliento fúnebre de Caro embriagaba nuestra respiración compartida y me sometía a desvanecerme junto a ella, compartíamos algo más que el mareo producto de la noticia. Yo tampoco lo podía creer ¿en serio estaba muerto Arturo, nada que hacer, ninguna posibilidad de volverlo a ver?

Hace tres días, creo, había conversado con él. Estaba cenando en el apartamento con Carolina, y cosa rara, me invitó a unirme. Lo que no cambió fue su tema de conversación habitual: habló de los animales que cuidaba en el centro de fauna silvestre, de los accidentes que le ocurrían, los percances que vivía con ellos, en fin, de cuánto los quería. Ellos se retiraron antes de que yo terminara y me pidieron que lavara la loza; no lo hice. Al salir del baño, luego de una hora, lo vi lavando los platos. Así que lo último que había hecho por él era recibirle una comida y hacerle limpiar el desorden. Vaya manera de despedirse.

- ¿Segura? – Nada qué hacer. Volvimos al mutismo.

Pensé fugazmente en sus animales, lo iban a extrañar más que yo, seguramente. Sin embargo, no abandonaba mi imaginación el momento en que salía disparado hacia su muerte. ¿Habría sido un accidente, algún descuido? ¿Iría acelerado porque iba solo ese loco? No tenía respuesta, inútil habría sido preguntarle a Carolina el por qué. ¿Por qué justamente fue él el que murió y mañana será otro el que morirá? Nunca lo sabremos.

El suceso de su muerte se reconstruía lentamente tras mis párpados, ahora cerrados. Carolina, a punto de perder el control, clavaba sus uñas sobre mi cadera de manera violenta, yo no sentía nada bajo la camiseta que uso de pijama. No puedo comprobarlo, pero estoy seguro de que la luz amarilla de la bombilla, por un momento se volvió naranja, como la de los faros que alumbran las calles de la ciudad.

La pulsión de los dedos de Caro me obligó a abrir los ojos, y en aquel instante nos encontré atrapados en medio de la autopista, a punto de presenciar el papel de Arturo dejando el mundo, sin despedirse de nadie, enfocando vagamente la última luz que, colgando de los postes indolentes, alumbró sus ojos.

A diferencia de Carolina, que continuaba hundiendo sus dedos hasta hacer huecos en mi piel, más que su pérdida, lo que me atormentaba era divagar por la serie infinita de pensamientos que pudo tener mientras estaba en el aire ¿Habría pensado en Carolina, en su familia? Me surge la idea de que se le haya ocurrido: “¡Agh! Soy un huevón, la cagué, me maté”. Algo así, nada importante. No podría atinar jamás a las palabras exactas, eso terminó por descompensarme.

No entendía qué estaba sucediendo, realmente no conocía mucho a Arturo, pero una angustia febril empezaba a sofocarme. Es verdad que era un buen tipo, amaba los animales, no era asesino, ni psicópata, ni siquiera machista. Además, según parecía, quería con sinceridad a Carolina, y con que se quiera de verdad en el mundo a una sola persona, basta.

Sin embargo, el aprecio que tenía por él no podía producir por sí solo una impresión tan profunda, era evidente que Carolina me conducía con ella a un remolino desesperado que me arrebataba la voluntad.

Por fin la expectativa llegó a su cumbre y estalló, la muerte de Arturo se presentó eterna para nosotros, su último segundo era un retorno macabro y entristecedor. Carolina lloraba de manera convulsiva. Me parecía que el sonido de fondo del accidente, palabra quizá demasiado ligera para el acontecimiento, eran las lamentaciones de Caro disfrazada de reina de luto. Mi mente quedó en blanco, únicamente pedía piedad al tiempo para que trajera su paso consolador, por el descanso de Arturo, porque por fin estuviera muerto o terminara de morirse.

Nunca escuché a la muerte susurrar tan cerca, acechándome a mí y a los míos, nunca su soplo irreversible había sido tan real como lo fue en ese momento. Creí que iba a enloquecer, la impresión que me ahogaba era violenta, mi garganta se cerraba y no sentía circular el aire por las fosas nasales, cuando, de repente, Carolina se puso de pie. Seguramente se había cansado de la posición, y en cuanto me vi libre de sus uñas, el delirio compartido terminó. Fumamos y hablamos de Arturo hasta la madrugada. No iremos a trabajar.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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