Literatura

Cada quien se muere a su manera

Tiempo estimado de lectura: 4 min
2021-01-22 por Andrés Camacho

Triste, por no poder practicar mi carrera, pensé que sería algo temporal. Lo necesario para un mesecito o dos. Conseguí este trabajo en un desespero, porque la necesidad tiene cara de hambre. Le huí por mucho tiempo a estos lugares donde le dan trabajo a quién sea que vaya a buscarlo y las jornadas son muy extensas. Lo acepté porque podía trabajar desde la casa, pero a la semana me pidieron ir a la oficina.

Los turnos en la madrugada son una mierda. Mis compañeros de trabajo me decían que dejara mis sueños y aspiraciones en casa, que aquí se venía a dejar de ser uno mismo. No entendí esto la primera semana, pero después de verlos entre dormidos y despiertos, aprendí que cada minuto que pasaba, se perdía un poco más de eso que a uno le gusta hacer en la vida y por lo cual vale la pena verdaderamente pasar la noche sin dormir.

En los recesos, sentado siempre en el mismo sofá, trataba de no pensar en mí, no quería ser consciente de que se me estaba pasando la vida por un sueldo que en realidad no alcanza para nada. Al menos podía tomar todo el tinto que quisiera, pero no bastaba para acabar con las ganas de desfallecer que sentía, en el momento en que entraba a ese cubículo.

Una enfermera pasaba cada veinte minutos para tomarle la temperatura a todos en el cuello. No le importaba si no marcaba más de 37 grados. Siempre que se acercaba podía distinguirse que estaba escuchando la misma canción: Sin medir distancias de Diomedes Díaz. En ocasiones la tarareaba y suspiraba como si pensara en la letra o la situación por la que estaba atravesando. Vi en su mano la marca de un anillo de matrimonio ausente, pensé que tal vez tenía que ver con eso. Cada quién se mata a su manera.

A la una de la mañana pasó la enfermera con el termómetro, pero esta vez yo sentía que estaba por enfermarme. Sentí frío en los huesos, dolor en el vientre y debilidad en los brazos. Me tomó por sorpresa el hecho de que ni los dedos podía mover, solo lograba parpadear y con gran dificultad. El termómetro marcó 33 grados. Aunque sentía en mi mirada el miedo y el desespero, la enfermera continuó con el siguiente, como si nada estuviera pasando.

Pasaron otros 40 minutos, ya no sabía si estaba viendo realmente o todo era una imagen en mi cabeza, nada cambiaba a mi alrededor. Pero pasó la enfermera: 31 grados marcó esta vez. Me estaba muriendo y solo yo lo sabía. No podía hablar, traté de gritar. Cada segundo que pasaba lo sentía como el último, estaba impaciente por dejar de respirar, por dejar de pensar y quería sentir la tranquilidad de una muerte instantánea.

Nadie notó que no estaba haciendo mi trabajo, ni siquiera mi compañero de al lado pudo ver que yo no me estaba moviendo. Inerte, perdiendo la vida, me sentía un mobiliario más de la oficina, así como mis compañeros. Perdí todas mis fuerzas y pude cerrar los ojos para, por fin, descansar un poco.

De pronto sentí cómo me tocaban el hombro, abrí los ojos en súbito y vi a la enfermera mirándome con desprecio. Me gritó: - a dormir donde lo trasnocharon -. Todos se rieron con ella, no pude decirle que ahí mismo era donde me había desvelado anoche. No me importaron las risas, al fin y al cabo yo estoy aquí temporalmente, esta no es mi vida. Me tomé otro tinto, me senté y seguí trabajando sin pensar en lo que recién había pasado.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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