Literatura

Como si tuviera otra opción

2020-10-16 por Andrés Camacho

Una mañana de febrero, Daniel estaba tomando cerveza en un andén cerca a su casa, entre risas miró hacia la esquina de la calle, cuando apareció un camión. De inmediato supo lo que sucedía: el Ejército venía a recoger muchachos para que prestaran servicio militar.

El tiempo no le dio para correr, aceptó dentro de sí que debía entrar al Ejército por solo año y medio, ese fue su plan, admitió que no tenía cómo pagar la libreta militar y menos para sobornar a los que venían a reclutarlo. Tomó el último trago de cerveza con rapidez y se paró casi con entusiasmo. Una persona uniformada se bajó del camión y les gritó: - buenas tardes a los señores, sus papeles por favor -. El resto de sus amigos se levantó con pereza, mientras la mirada de desdén se hacía más evidente entre los uniformados. Encontraron lo que buscaban: ninguno tenía libreta militar.

Algunos les ofrecieron lo que traían consigo para que no se los llevaran, Daniel simplemente le dijo: - no tengo nada que ofrecerle y necesito trabajo -. Se quedó de pie al lado del uniformado y esperó a que terminarán con sus amigos. Paco le dijo: - no se meta en eso güevon, que lo van es a poner a comer mierda -. Daniel solo pensó: “como si tuviera opción”.

Ese día tres de sus amigos también fueron reclutados: Chucho, Camilo y Germán. Cuando subieron al camión vieron otros cinco muchachos. Sus caras mostraban miedo y rabia. Uno tenía el rostro envuelto en ira, rompiendo el silencio, les dijo a los otros: - desde que empezó el proceso de paz, estas maricadas son ilegales -. Daniel soltó una carcajada y dijo: - ahorita llamamos al presidente y le contamos -. El silencio que imperaba volvió.

Los tres primeros meses Daniel estuvo en la Escuela Militar de Cadetes en Bogotá. No era un lugar para hacer amigos, todo el tiempo sentía un agotamiento extremo y la comida no era muy buena. Sin embargo, sus superiores vieron cierto potencial en él, lo recomendaron para un traslado en el sur del país. Los domingos, mientras estaba en Bogotá, veía a su mamá y un día mientras almorzaban arroz chino, este le dijo: - el Coronel me dijo que me iba a mandar para el Cauca, allá la Brigada es mucho más selecta y me pagarían mejor -.

La mamá lo tomó por sorpresa y le dijo: - nunca me gustó que se metiera en eso, pero aquí no hay más que hacer. Con tal de que no salgan con esas cosas como el caso de doña Rosita, mi comadre que vive en Soacha. ¡Ay pobre mujer, perder a su hijito así! -. Daniel le contó que el ambiente no era tan pesado por el proceso de paz, pero que había que estar patrullando porque los cultivos de coca estaban aumentando cada mes.

A las dos semanas, Daniel se encontraba en el aeropuerto militar de Catam, eran las 3 de la mañana y fue la primera vez que se subía a un avión. No sintió temor alguno, tuvo nervios sobre lo que había escuchado de la zona, allá había de todo: narcotráfico, guerrilla y paras. Llegaron al municipio de Caloto, donde estaba una de las bases más grandes del Cauca, queda a unas horas de Cali.

Caloto es un pueblo de pocas calles, aunque de aspecto colonial, con un pequeño hospital en la zona del casco urbano. Disfrutaba de la soledad, cada vez que tenía su día de descanso, destinaba una hora para ir a la panadería del pueblo a comerse un liberal. Extrañaba mucho los dulces en general, en la base no había forma de conseguirlos.

Las tres primeras veces, no notó la existencia de una mesera que siempre lo miraba desde el mostrador. Daniel siempre estuvo tan ensimismado que a pesar de tener los ojos abiertos, no pudo ver que una veinteañera se lo quería comer con la mirada. Para la cuarta visita, ella le sirvió su pedido de siempre, se lo dejó sobre la mesa y le dijo: - mi nombre es Flor, ¿y el suyo? –. Sin dejar de mirar la mesa, le contestó: - Daniel, soy de Bogotá -.

Flor se sentó con él y empezó a preguntarle sobre Bogotá: ¿Cuántas calles tenía? ¿Cuántas panaderías conocía? ¿Cómo era el barrio más lindo? ¿Cómo era subirse en Transmilenio? Daniel se enterneció con todas estas preguntas, Flor tenía los ojos brillantes cuando le respondía y hasta le mostró fotos en su celular. La visita duró más de lo pensado y Daniel se disculpó por la prisa, sin antes decirle que, volvería en una semana.

Daniel le contó a Flor que tenía un fin de semana libre, y que quería invitarla a Cali. Ninguno de los dos había estado en esa ciudad. Después de este viaje, Daniel sintió que estaba enamorado de Flor, con tan solo 20 años se había enamorado de una muchacha del Cauca de 23 años, siempre había querido estar con una mujer mayor que él. Llamó a su mamá a contarle que había conocido a alguien en Caloto, y que quería quedarse allá después de terminar el servicio.

Pasaron seis meses, Daniel no tuvo la posibilidad de ir a Caloto y a pesar de insistir, no le dieron el tiempo para poder visitar a su nueva familia. Flor estaba de un humor terrible, no quería vivir en Bogotá ya que esperaba que su mamá la ayudara con el bebé. Antes de lo planeado, Flor dio a luz. Daniel consiguió el permiso para ir a visitarlos, pero duró muy poco tiempo. La semana anterior había comprado un anillo para pedir la mano de Flor, pero se arrepintió. Apenas llegó ella le dijo: -no sé para qué vino, acá no lo necesitamos, a la próxima manda la plata y ya -.

Se terminó el permiso de Daniel, volvió triste a Bogotá sabiendo que Flor no quería saber de él, ni siquiera le dejó poner su apellido en el nombre del niño. La mamá de Flor, doña María, sentía algo de aprecio por él, y hasta regañó a su hija por la forma en que trataba al padre de su hijo. Pero Flor siempre fue enfática en decir: - ese tipo es solo un aparecido que me quiere llevar a Bogotá, la cagué metiéndome con él, eso es todo -.

Daniel, en Bogotá, aún vivía con su mamá. Cuando llegó de Caloto se sentó en la sala y le dijo: -No hubo nada que hacer, esa vieja piensa que fue mi culpa, como si yo la hubiera violado. Ah, pero cuando estábamos en Cali, ahí si estaba contenta conmigo, no me dijo que no a nada -.

Un domingo de descanso, estaba con un amigo, Paco, le contó todo lo que había pasado, y le preguntó: - ¿Usted le va a seguir mandando plata a esa vieja? -. Daniel le dijo que no tenía otra opción. Paco pensó que tal vez conseguirle una puta era lo mejor que podía hacer por su amigo, pero Daniel no tenía ánimo para ir hasta el centro. Se emborracharon a punta de cerveza, al final Daniel se animó a pasar la noche en la 22.

Llegaron al putiadero “Paisitas”, no era la primera vez que iban. Daniel le gritó a Paco al oído: - esto está hasta el culo de lleno-. Paco le respondió que los veteranos no se demoraban nada en ocupar a las viejas. Salieron de allí a las cuatro de la mañana, cuando estaban cerca al barrio, Paco se dio cuenta que una puta le había robado el celular, Daniel no pudo si no reírse.

Después de dos meses recibió una llamada de doña María, le dijo que Flor estaba embarazada. Daniel se quedó mudo por cinco segundos y contestó: - no fui yo, entonces debe ser alguien de allá -. La mamá de Flor lloró durante toda la llamada, no sabía porqué su hija se había convertido en una mujer que tenía hijos de distintos hombres.

Le confesó a Daniel que desde hace muchos años estaba viéndose con un muchacho del pueblo que cada que tenía la oportunidad, la invitaba a bailar a pesar de que ya estuviera embarazada. Daniel no pudo dejar de pensar que tal vez el bebé no era suyo, Flor nunca le fue fiel y Nicolás pensaba que era su bebé también.

Daniel llamó a Flor, le pidió una prueba de paternidad, era capaz de enfrentar una sanción en el Batallón e ir a Caloto para acabar con las dudas. Le dijo que llegaría en dos días para llevarlos a Cali y hacer la prueba. Le colgó sin decir más y corrió a la casa de Paco, donde le pidió dinero para el viaje y la prueba. Este accedió.

Antes de salir para el terminal, Flor llamó y le dijo: - no venga, no lo quiero ver, no es suyo, quédese allá y no vuelva a llamar -. Daniel le preguntó si estaba segura. Flor sólo pudo decir: - no quiero más problemas con Nicolás, quédese allá que aquí nada se le perdió -. Llamó a su mamá y le dijo: - voy para la casa, no es mío -.

Paco lo acompañó el resto del día. Mientras se tomaban una cerveza entendió que Daniel no estaba triste, estaba cansado porque desde que salió del colegio, no pudo decidir algo por sí mismo. Le quedaba un mes de servicio militar, pero no le gustaba la vida militar, Paco tenía razón, se come mucha mierda. ¿Qué iba a hacer ahora? No le importaba, ni siquiera podía escoger.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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