Literatura

De los hijos de los dioses

Tiempo estimado de lectura: 8 min
2021-02-19 por Noa Alekei

Venían entonces los hijos de los dioses, eran sabios y elegantes; así bajaban y cruzaban el mundo de los hombres y las mujeres mortales.

Algunos héroes, reguladores y profetas, dotados de valentía y esperanza, caminaban entre los humanos como sanadores de espíritu, como hijos de potentes dualidades; del sol y la luna nacieron dos antropomorfas esencias sintientes, primero en categoría de hombres, que luego alcanzaron su inmortalidad.

Haruk, hermano menor de Kaef, tenía largos cabellos negros que caían hasta sus tobillos; largos, lacios y elegantes cabellos que daban a su rostro una ilusión de madurez asombrosa.

Kaef, el sanador de almas, el de reluciente intelecto se paseaba por las veredas en busca de su hermano, a media noche, con la única luz de su madre.

Sereno, con sus manos en la espalda iba silbando tres notas esperando respuesta de aquel portador de juventud eterna.

Arriesgado, pícaro y audaz salió de entre las ramas más altas de los árboles Haruk, de blanca tez y rostro de ángeles, envuelto en un gabán y una camisa gris, que, casi como enfrentando a su hermano, y aferrado a un tronco a 3 metros del suelo, mirándolo y sonriendo dijo:

“No temas, hermano querido, que aunque mi sangre escurra, la tuya quedará intacta, y de ella nacerán las buenas cosas que sólo tú, respetado Kaef, podrías cuidar”.

No hubo respuesta de Kaef más que su potente e inexpresiva mirada, fija en los ojos de Haruk.

“Que me castigue el infierno por desearte el cielo, sanador de hombres. Entérate, gran portador de luz, que de ti no espero respuesta alguna, Kaef de sabios consejos, que aunque a mi existencia insististe bienaventuranza, no he sabido recorrer más que hollín”.

Kaef permaneció en silencio mientras el joven bajaba del árbol.

“¿Dirás entonces que no es por mí qué has venido hasta aquí?” preguntó Haruk acercándose a Kaef con pasos torpes, dejándose caer sobre su pecho en busca de un irónico abrazo.

“Si es por ti que he venido, sombra de héroe, te veo lúcido, pero también lunático… Estás perdiendo la razón, joven Haruk; yo puedo ver cómo empiezan a embriagarte los olores de tu propia sangre”.

Haruk se desprendió de su hermano con dolor y con burla. “Me traicionas al perder tu fe en mí, Kaef de blancos cabellos, ¿son tus largos y lacios cabellos de perla los lazos que amarren mi alma en la desesperanza?” preguntó irónicamente.

Kaef ignoró la insolencia de su hermano y éste se acercó al árbol para recostarse sobre su corteza; desapuntó los primeros botones de su camisa y sacó su brazo izquierdo dejando notar una venda ensangrentada que cubría su pecho. Se retiró la venda y una herida abierta que atravesaba su pectoral izquierdo se reveló emanando un olor a azufre por el que Kaef tuvo que cubrir su nariz.

“Está empeorando” dijo Kaef mientras sacaba de su mochila un ungüento de la gran fuente para aplicar sobre la herida.

“¡Arrgh! Duele… sanar.” Haruk miraba a su hermano, y se alejó al sentir el dolor de su mano impregnada de luz.

“Sabes bien que no podrás protegerme para siempre, benévola incandescencia; son las sombras, me llaman, no puedo serte más leal de lo que puedo serle a ellas.” Retiraba constantemente su mirada Haruk, envenenado de dolor y alucinaciones.

Kaef se rindió de curar al joven mientras éste se volvía a amarrar otra venda, que cruzaba su hombro y cubría todo su pecho. La venda se empapaba rápidamente de rojo mientras Haruk soltaba ligeras carcajadas irónicas.

“Será pronto que te deje descansar, hermano mío; esa es mi promesa.” dijo Haruk penetrando su mirada oscura en la verdosidad de los ojos de su hermano.

Se levantó alucinado, y, medio psicótico y eufórico se dispuso a trepar el árbol mientras terminaba de ponerse la camisa.

“Esa herida no sanará si no sueltas ese peso” dijo Kaef con la única intención de socorrerle. “Nunca un hombre fue mordido por un espíritu más maligno, Haruk, que ya siendo un dios insistes en retarle; hijo de la noche que guardas en tus cabellos, por tu misión primaria, detén ese destino que creas con tu veneno y deja de buscarla.”

“Yo no soy un hombre” respondió totalmente ebrio del veneno de su herida Haruk.

“Lo eras, hermano, eras tú un hombre hijo de dioses, pero la gran madre te convirtió en uno, y ahora gozas de tu inmortalidad” afirmó Kaef deteniéndole, posando la mano sobre su hombro.

No hubo respuesta de Haruk.

La gran madre era brillante y alumbraba perfectamente sus rostros; tez ceniza heredada al mayor, como recinto inmortal de la luz de la luna, y cabello oscuro al menor, como el vasto éter, que ahora sólo era melanina herida de muerte.

Se miraron mutuamente bajo la cobija de la gran madre que les abrazaba cálida en medio de la noche.

“No tuve antes propósito más desacertado que el que me ha dado mi madre aquella madrugada, tú no puedes interceder en mi destino, así como yo no debo hacerlo con el tuyo, hijo del sol.” dijo Haruk al fin.

“No habrás olvidado tu destino, Haruk, puro entre los hombres.” vaciló Kaef.

“Dime, hijo de dioses, ¿por qué no he de morir?” preguntó juguetón Haruk.

“La muerte no nos es inalcanzable, Haruk, hijo de la luna. Muchos dioses han caminado sobre los terrenos de la muerte, como muertos, sin embargo, han regresado todos.”

“Entonces, ¿no morimos del todo?”

“No lo sé, pero, asumo que podemos decidirlo.”

“Entonces, si yo decido morir y no tener voluntad de revivir, ¿estoy traicionando la omnipotencia de los dioses?”

“Eso ya sería problema de la muerte, joven Haruk. ¿Quieres conocer la muerte como hombre?”

Se miraron fijamente.

“La consciencia de los hombres es arrebatada por la diosa muerte, y tú, que eres un dios, hijo de dioses, podrás conservarla una vez ella te deje entrar.” continuó Kaef.

“Entonces no morimos nunca.”

“Serás envenenado, manipulado por ella, pero no morirás.”

“Entonces, no podemos morir, aún cuando atravesemos la muerte.” tambaleó.

“Imagino que no, los dioses no mueren, naturalmente.” respondió Kaef intentando llegar al punto de Haruk.

“¡Exacto! pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que se nos prohíbe entonces?” Preguntaba alucinado el joven dios.

La luna empezó a tornarse verduzca.

“Deja de enfadarles” le pidió Kaef.

“Piénsalo, dioses somos aunque parezcamos hombres, sin embargo, no podemos caer al vasto océano de la muerte. Es la muerte diosa entre las diosas, pero ¿Puede ella caer en sí misma y desaparecer para siempre?”

Preguntaba Haruk mientras la herida en su pecho se hacía cada vez más grande.

“¡Arrgh!” gruñía con placer.

“No lo sé, Haruk, fragmento de noche, ¿qué ganas cuestionando esto? te destrozará… hermano, hermano mío.” Suplicaba Kaef.

Haruk miraba a su hermano con expresión agitada y continuó: “Pero si aquella muerte al igual que los dos es diosa ¿Es ella la más grande y la más pura? ¿Puede ella matar otro dios que al igual que ella es portador de inmortalidad? ¿Y si no puede, es en realidad diosa?”

La oscuridad soltaba olor a azufre y la luna se tornaba cada vez más venenosa.

“¿Puede un dios suicidarse?” Preguntó Haruk disparando la tensión en una carcajada.

“Harás que te hiera, mas no morirás, sólo agonizarás el resto de la eternidad. Dime, hermano, ¿qué esperas cuestionando a la muerte?” Preguntó indignado Kaef, que notaba cómo la herida de su pecho aumentaba su tamaño y le empapaba las prendas de rojo.

Haruk pensó la pregunta de su hermano, y, mirando a su madre verde de cólera, confesó su respuesta al fin:

“He estado aburrido, y no tolero la inmortalidad; bien lo has dicho tú mismo, hermano querido, que éste es un problema de la muerte.' decía completamente alucinado '¿no quisieras ver de qué manera lo soluciona?”

Se volvió hacia Kaef y le sonrió de forma pícara.

La luna expandía cada vez más su iracunda toxicidad mientras la herida escupía destellos de luz verduzca convergida con la sangre de aquel necio dios de la noche, que al caer al suelo se consumían quemando tierra y césped.

“Déjame ayudarte” propuso Kaef.

“No, tus manos no pueden salvarme más de lo que pueden herirme, luz de sol.” respondió el nocturno desquiciado.

“He sanado miles de hombres, déjame intentarlo una vez más” le pidió.

“Yo no soy un hombre, soy el dios que desafió la supremacía absoluta de la parca” dijo alucinado.

“¿En verdad estarías dispuesto a renunciar a tu inmortalidad por fuerza de tu codicia?” Preguntó Kaef estupefacto.

La sangre brotaba de su pecho envenenada, se desprendía de su rojiza metálica el hedor del tiempo, que agonizaba perturbado de dotar inmortalidad a un necio.

“Eso es justamente lo que significa el suicidio, hermano mío. Avaricia e incógnita.” Respondió Haruk, a quien las palabras le empezaban a oler a veneno.

“Condenarás millares de hombres, sus noches estarán agrietadas desde el centro que eres, sentirán el veneno en sus veladas, les dolerás por tu herida.” Intentó hacerle concienciar.

“Lo prefiero; prefiero tentar la ira de la paradoja de la muerte antes que ver miles de generaciones de hombres florecer y sumarse irremediablemente al declive. Yo no soy la solución de los hombres, ni ellos la mía, hermano querido; aunque bien, es cierto que de alguna forma tanto ellos como yo exigimos algo de esa sombra.” Dijo Haruk.

“Tambaleas como hombre, Haruk, estás ebrio de veneno. Ya has tentado a la muerte antes, te ha dejado una herida que ahora te desquicia”.

La potente oscuridad, en forma de sombra caminó hacia los pies del joven y se posó en él, ennegreciendo su piel de luna hasta tornar toda su divinidad en gris, cual ceniza. El joven se rindió ante ella y se dejó tumbar; la luna, herida de rabia empezó a sangrar toda su toxicidad, que se derramaba en finos granos de arena plateada.

Haruk convergió la noche con la muerte, el firmamento fue gris por unos minutos, y, grano tras grano la gran madre iba deshaciéndose, integrándose al necio espectáculo de su hijo.

La brillante arena cayó sobre su cuerpo quemado de muerte, entonces la sombra eterna lo abrazó, haciendo frente a la luz de luna.

Las dos diosas peleaban por el joven desde su pecho, que no reaccionaba al estar ebrio de veneno, entonces Kaef, sanador de almas, tomó a su hermano y encapsuló a la muerte entre la luz del sol y la luna.

Haruk gritó, y en ese momento fue visible una figura delgada que no dejaba de ser sombra, que portaba un sombrero de ala larga tiznado de hollín, y se desprendía bruscamente de la herida del joven.

Se escuchaba el grito de dolor intenso de Haruk en tanto la figura luchaba por contraer el corazón de la noche. Kaef y la luna forzaban la luz, evitando a la muerte arrebatarle la divinidad a Haruk, sin embargo, la muerte aumentaba su tamaño según su ira incrementaba al sentirse retada por los nietos de los dioses del tiempo.

Cuando la muerte alcanzó su desmesurada monstruosidad se apropió del corazón de la noche, se contrajo en un líquido oscuro que bailó por el aire y luego se disparó hacia el pecho de Kaef, hijo del sol. Los dos dioses, despojados de inmortalidad, agonizaron en el suelo escarchado de Luna.

“Me has retado, hija de dioses que conviertes hombres en hijos y les envenenas de esperanza. Saqueas la mortalidad de los hombres que ya como dioses se atreven a cuestionarme, y mantienes la osadía de defenderles.” Aseveró la muerte, que se desprendía del pecho de Kaef.

La luna, rendida, se congregó en el firmamento menguando su brillo.

“Desquiciaste a mis hijos, los manipulaste y luego robaste la inmortalidad que les otorgué”.

“Ahora estamos a mano” respondió la sombra “exijo a los hijos del tiempo no robar mortalidades, así los hijos de la muerte no tendrán que venir a reclamar lo que les pertenece.”

La potente sombra se perdió entre los árboles caminando serena, el firmamento se quebró y lloraron los dioses del tiempo y el espacio. Se ejecutaron guerras entre mortales que regaron su sangre en búsqueda de perdón y se recordó que las batallas de los dioses son letales a los hombres.

Así entonces, tiznados de sombra en el corazón perecieron los hijos de la luna y del sol, y fueron recordados hombres malditos, Kaef, el que eclipsó a la muerte, y Haruk, el indigno, el condenador de dioses.



Sobre la autora

Noa Alekei

Escritora

Estudiante de Lic. en humanidades y lengua castellana de la Universidad La Gran Colombia, he viajado en búsqueda de mi propio camino, pintando y escribiendo mi historia en el papel y el lienzo. Me convertí en caminante, bohemia y solitaria a mi corta edad, decidí acompañarme a mí misma en este arduo ejercicio de la vida, entre letras, tinta y paisajes de ensueño. Yo soy la mujer detrás del sombrero.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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