Literatura

Don Carlos y Alma

Tiempo estimado de lectura: 5 min
2021-01-15 por Andrés Camacho

Después de que su esposa Alma muriera, Don Carlos no pudo seguir viviendo en la casa donde estuvieron juntos por más de 30 años. En el primer minuto en que se sentó en la sala, solo, supo que ya no podía seguir viviendo ahí. Sin decirle a sus hijos, reservó una habitación de hotel en Bogotá, por unos días, mientras pensaba qué hacer. Pensó en cambiarse de ciudad, pero le gustaba el frío de la capital y el aroma particular de las noches bogotanas. Tal vez sus dos hijas menores no le dejarían vender la casa, el sentimentalismo de una muerte que recién ocurría. Esa casa representa todos los recuerdos de una niñez con su mamá. Don Carlos pensó que lo mejor sería no venderla, pero ¿dónde viviría él? Lo ideal sería buscar un lugar donde recordar a Alma fuera un motivo de alegría. Acostado en la habitación del hotel, revisando el periódico, encontró un lugar donde algunos viejos pasan sus últimos días rodeados de naturaleza, buena alimentación, ejercicios y enfermeros 24 horas.

Aunque para algunas personas el silencio es sinónimo de calma, para Don Carlos significa una avalancha de recuerdos y sentimientos sobre Alma. El silencio le dolía físicamente en el estómago, le hacía pensar en lo que perdió, en el dolor de vivir, al menos unos pocos años, sin quien era su soporte en la vida. Se apegó sin miedo, sin pensar que nunca le faltaría. Le pareció que la soledad se curaba con otros corazones rotos, personas que lo habían perdido todo excepto la vida. Miró los precios por mes y concluyó que podía pagarlo con su pensión, nunca le gustó depender de los demás. Llamó a cada uno de sus hijos y le dijo: -no me quiero morir en esa casa, no creo que a Alma le hubiera gustado verme así-.

Sus hijos lo entendieron y lo acompañaron a realizar toda la documentación necesaria para la admisión. La mayor, Luciana, le ofreció su casa por unos días, pero él prefirió quedarse en el hotel. Durante estos momentos, sólo podía recordar en cortos vistazos algunos eventos que había vivido con Alma. Evocó su cara de concentración al leer o ver una película, siempre con dos dedos sosteniendo su nariz y con la boca levemente abierta. Siempre le gustó cómo ella tenía manías que, según su suegra (que murió justo el mismo día que Alma, pero hace 10 años), adquirió desde niña. Tenía una manta que siempre llevaba a todo lado, era su bien más preciado. En cada mudanza era lo primero que llevaban con ellos. Cuando veían televisión en la cama, ella tenía su cobija con la que acariciaba suavemente sus labios, podía durar horas en esta actividad, parecía una suerte de meditación zen. Esa manta estuvo hasta en la concepción de sus hijos.

Don Carlos llegó en la mañana a la casa hogar Mater Cor, por un pueblito que quedaba a 30 kilómetros de Bogotá. Después de escoger su habitación, se sentó en una mesa en la sala de juegos. Solo pudo ver cinco octogenarios dormidos, cada uno con una cobija a pesar de que el sol era muy intenso. Junto con el calor, se percibía un olor que impregnaba toda la sala, donde Don Carlos no pudo contener el asco. Alma se hubiera reído de su cara de asco y le hubiera dicho: - ¿Y es que tú crees que hueles muy rico? A esta edad todos olemos a cajón guardado -. Soltó una pequeña carcajada que solo él pudo escuchar. Mater Cor era uno de los lugares más silenciosos en los que había estado. Los enfermeros trataban de no despertar a los ancianos para así evitar trabajar. En el almuerzo vio por primera vez los ojos de sus nuevos compañeros. Pero el interior del ancianato parecía muerto y a la hora comer, nadie hablaba con nadie. Casi parecía prohibido romper el silencio que imperaba en la mesa. Ni siquiera se podía escuchar a las personas en la cocina trabajando, o a las personas que hacían el aseo dentro de las habitaciones. Todos tenían un cuidado extremo en evitar que sonaran los cubiertos sobre la mesa.

Después del almuerzo, Don Carlos se sentó para recibir algo de sol, muy cerca de un muro, para poder escuchar el ruido de la calle, o al menos, para asegurarse de que no se había quedado sordo. Justo al lado pasaban carros en una vía llena de huecos, con los golpes de las llantas contra la carretera logró contar cuatro. El silencio lo hacía poner cada vez más ansioso, y sin ninguna distracción solo podía pensar en Alma. No se despegaba de la manta de Alma. Recordó que odiaba cómo esta recogía el calor humano en la noche. Cuando era necesario, en un acto, con el tiempo, casi inconsciente, ponía la manta en el piso para que volviera a enfriarse. Luego la recogía y la ponía alrededor de su cara. Siempre ocupó más espacio en la cama del que ocupaba Don Carlos.

Se le acercó un enfermero y le preguntó sobre su manta vieja y rota. Este le ofreció una más cómoda y caliente para el frío de la sabana de Bogotá, asegurándole que la otra sería llevada a su habitación. Pero no dejó que se la llevaran, y se vio así mismo como un viejo terco y loco al cual nadie entendía. ¿A estas horas de la vida para qué se iba a apegar a una manta? Olivia, su hija menor, lo iba a visitar cada fin de semana, pero no podía creer en lo que se había convertido su papá. Parecía diez años más viejo con tan solo un mes viviendo allá. En un momento miró a los otros ancianos y pensó que la vejez era contagiosa. Don Carlos, repetía las anécdotas una y otra vez, le preguntaba por las mismas personas como si nunca le hubieran contado, y hasta se le olvidaba que había almorzado. Lo estaban matando de hambre, según él.

Don Carlos se tornó cada vez más intratable y solo su hija Olivia lo visitaba. Además era la única persona que podía reconocer. Ya no podía comer por sí mismo, los enfermeros tenían que ayudarle hasta para pasar el bocado. Se cagaba estando en la silla de ruedas o en la cama, y la mierda se la lanzaba a quien trataba de limpiarlo. Se murió de un mal de estómago, o eso creen sus hijas, que ningún médico supo identificar, se quejaba día y noche, y suspiraba del dolor. Tosía mucha sangre que nadie pudo notar, y no se paró de la cama en los últimos dos meses. Se ahogó en su propia sangre una noche antes de cenar y cuando fueron a buscarlo ya no iba a despertar.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top