Literatura

El hermano

Tiempo estimado de lectura: 3 min
2020-11-20 por Simón Fajardo

Las encías destrozadas, fibromucosa que se infla, se hincha hasta estallarse. Morder el río de sangre que corre por las muelas. Boca enferma, lengua enferma.

Tú: tu verdadera enfermedad se llama Artaud, entregar el cuerpo.
Con los brazos en jarra, como una mamá.

El humo penetra en garganta que no para de engordar. Poemas que aprietan los dientes, las muelas chuzan las encías gordas. Porque estoy dejando el cuerpo a los 20 años. El poema se refleja en algo que parece un cuchillo, brilla y corta. Con 20 años el poema del poeta es la carne.

A mí se me cayó la cadena de la bicicleta entonces tú la pusiste boca arriba. Encajaste la cadena y pedaleaste con las manos. Mi bicicleta que rodaba en el éter la montaba el pasto, luego la tierra. Yo metí el índice derecho justo cuando la cadena casaba con los dientes del plato. Rojo. Mi dedo goteaba sangre en el pasto y dije ush.

Tú: riega la yerba con tu cuerpo. No pasa nada, juntos.

Buches. Agua tibia. Sal. Maremoto. Boca enferma, mucho sarro, mucha mugre del mundo en los dientes y en la lengua. ¡Para llenar los poemas de mundo! Dejar la boca y hacer versos ¡uy!

Soltar lo blanco, los dientes con el color de las colillas viejas. Poeta sucio. Las encías pura poesía callejera. El andén, los buses, la noche es sucia. La calle es sucia. El poeta un niño callejero medio perro, con las encías infectadas.

Jugábamos trepados en un árbol y yo tenía una cabuya verde fosforescente en las manos, para ser Tarzán y lanzarse al mundo. Amarré la cuerda con las manos de niño en una rama gruesa. Cosas de la vida que ¡qué?: quedó un hueco para meter la cabeza y la metí y me lancé y quedé colgando.
Cuerpo de un niño de seis años colgado. Sobresaltándose. Jugando en un árbol -sus ojos se respingan, brillantes-, se va a morir, suspendido en el aire, al frente de su hermano, que arruga la cara de angustia de niño. Los niños se estrellan la vida seria en todo el cuerpo: salvaguardar la sangre. Sin edad

Tú: Te alzo con los brazos y te entra oxígeno. Pero la cabuya te quemó el cuello ahora tienes un círculo morado que brilla en el cuello. La vida de diablo rápido. Precoz.

Un niño de seis años, otro de ocho.

Con tu uña de niño te levantaste el cuerito del labio superior, en la mitad, y dijiste que era un piquito, que así reconocías tu cuerpo. Yo dije que ese piquito era la poesía, entonces comenzó a brillar para los dos.
Por el cuerpo.
Ver la poesía temprano en el cuerpo, sufrir con el pecho y las piernas, los brazos con cicatrices. Y al lado el hermano.
Yo un niño que se peló las encías, entonces chao dientes, la boca vacía con la lengua de poeta, como un pico.



Sobre el autor

Simón Fajardo

Editor, Escritor

Poeta por necesidad y las vísceras. Escarbando la contemporaneidad, aficionado de los viejos estilos. Escribo porque no sé cantar y no canto porque no sé pintar.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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