Literatura

El que muere como poeta, pero no lo es

Tiempo estimado de lectura: 3 min
2020-12-18 por Simón Fajardo

Lo llamaremos M porque no estoy seguro si se llamaba Martín o Manuel o Mauricio… Es decir, no recuerdo su nombre. No recuerdo su cara ni el color de sus ojos ni su voz. En realidad, es poco lo que guardo en mi memoria acerca de M. Lo conocí en mi infancia. Más o menos yo tenía seis años o siete, y él entre los siete y los nueve. Solo dos cosas sé con certeza: la forma en que murió y que, en los recreos cuando uno sacaba su lonchera y comía, él no tenía nada qué comer (era más bien pobre, su familia). Entonces M se acercaba a uno y pedía una galleta, un trozo de chocoramo, lo que fuese, y si uno dudaba un segundo, si él veía que uno se tardaba más de un segundo en ofrecerle dicha merienda, atacaba con esta solemnidad: “no sea mierda conmigo que yo nunca he sido mierda con usted”. Yo, o cualquiera que recibiese esta sentencia, quedaba inerme. No sé si M realmente nunca le negó comida o un favor a alguien, no puedo asegurar que fuese un buen compañero, pero nunca nadie le protestó ni le sacó reproches ulteriores (de esto último tampoco estoy muy seguro: es lo que está en mi memoria), más bien, insisto, siempre estiramos nuestros bracitos de niño para que él alcanzara, sino la saciedad, la distracción del hambre, en los recreos, en los siete u ocho o nueve años de existencia.

Ahora tengo 23 años y soy poeta. Entonces sé quién fue Carlos Oliva o R. Gómez Jattin. También conozco a R. Bolaño, que por él conocemos a Mario Santiago. En realidad yo no conozco a M. Santiago, pero él también terminó muerto debajo de un bus. M no termina debajo de nada, termina su cabeza estallada en una carretera colombiana. Muere con los buses, a su manera, tan poeta maldito.

M trabaja en la línea de buses intermunicipales El Halcón. M, un ayudante de buseta: recolectaba el dinero de los pasajeros, los ayudaba a bajar/subir. Apenas pisaran con los dos pies en el primer escalón, los pasajeros, dentro del carro o fuera, en la calle, él gritaba “hágale” y el conductor aceleraba. Maniobras de entendidos. Porque si el pasajero ponía sus dos pies en el primer escalón y el conductor aceleraba, ¿cómo M se subía y podía gritar la aprobación de continuar la marcha? Encontraba un huequito donde poner un pie o de la asidera para ingresar al bus se aferraba y por unos segundos se izaba y su cuerpo era la bandera de El Halcón. No sé. Simultaneidad o coordinación. No sé. Igual no importa. No importa tampoco qué rutas hacía dicha línea de flotas. Lo que pasa es que tengo envidia de M que murió como un poeta, sin serlo, y yo soy poeta y no he muerto, evidentemente.

En el trayecto de un municipio a otro (municipios colombianos verdes y verdes y azules [por la flora y el cielo y el agua, me refiero]) era preciso bajar una montaña a la cual la carretera rodeaba por completo hasta descender como en un espiral. (¿conoces tú, las curvas de un espiral, poeta? M, sí) Le llaman las curvas del demonio. Curvas como una u. Ahí murió Mauricio o Marlon, Milton, o “no sea mierda conmigo que yo nunca he sido mierda con usted” en alguna u: El bus va descendiendo el espiral. El bus lleva la puerta abierta. M está en la puerta. No sé si alguien le advirtió. M es arriesgado. El conductor hace una maniobra más brusca de lo que M está condicionado a soportar en su vida extrema y por eso se sale del bus. Sin agarradero, izado. Oliva o Jattin.



Sobre el autor

Simón Fajardo

Editor, Escritor

Poeta por necesidad y las vísceras. Escarbando la contemporaneidad, aficionado de los viejos estilos. Escribo porque no sé cantar y no canto porque no sé pintar.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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