Literatura

El tazo de oro

Tiempo estimado de lectura: 8 min
2021-02-12 por Daniel Zárate

Primero de primaria es un grado trascendental. Es entonces cuando se crea en el humano la memoria retentiva y se determinan algunos de los grandes rasgos de la personalidad, según lo que cada quien experimente. Primero de primaria o, a decir verdad, los 7 años, edad en la que yo estaba en dicho curso. El día de hoy, casi por casualidad, recordé una de las anécdotas de aquel tiempo que se mantienen intactas en mis pensamientos.

Mientras salía de la oficina para dirigirme a almorzar, en el horario de 2 a 4 de la tarde que es el que me corresponde, me topé con un grupo de compañeros de mi oficina que regresaban al trabajo. -Unos vienen otros van - dije en un susurro - todos conducidos por el hambre. De pronto, escuché que Camila, una de las compañeras, me llamaba:

- ¡Cristian! ¿Vas a almorzar? - preguntó con voz chillona.

- ¿A dónde más? - le respondí con algo de ironía, pero divertido.

- Ish, pues perdón por preguntar - dijo con leve sonrisa y antes de que yo pudiese decir algo, prosiguió - venimos de un nuevo restaurante, se llama MÜY. Es cerquita, en la cuadra que queda detrás del local donde tomamos tinto - y terminó, como arrojando una tentativa - y no es caro.

- ¿Y sí es rico?

- Pues mejor que toda esa mano de restaurantes de por aquí, sí es - dijo lanzando un chillido despectivo y, cortándome la palabra añadió - bueno, ahí te dejo el dato. ¿Nos vemos a la salida?

- ¿A qué hora?, le dije.

- ¿Seis treinta? - preguntó alejándose.

- Seis treinta, confirmé mirándome la muñeca aunque no tenía reloj.

En una cosa Camila tenía razón, la comida de los locales era tan barata como desagradable. Pollos, carnes o pescados que, por el afán de despachar clientes, llegaban a la mesa semicrudos, aunque uno rogase porque quedara bien asado. Guisos con olor a manteca y ají con sabor a mortecino, cocinados por una familia maloliente. Sin embargo, era lo único que había, aparte de los centros comerciales y restaurantes exclusivos. Además, yo siempre digo que es mejor malo conocido que bueno por conocer.

Cómo el estómago me gruñía insistentemente y yo seguía caminando aún sin rumbo, decidí ir a observar el aspecto del restaurante y, si me era posible, el plato de alguno de los comensales. En caso de que la comida me resultase una porquería o fuera demasiado costoso, saldría mientras hacía fila con el pretexto de contestar una llamada telefónica. Doblé por la esquina de local de tintos y llegué a MÜY.

Me sorprendió encontrar un local de aspecto asiático, pues recuerdo haberle comentado a Camila, alguna vez, el desagrado que me producen sus comidas y cultura. Los almuerzos se servían en cocas de plástico con pequeños compartimentos. Los cocineros estaban vestidos con una especie de kimono blanco y un gorrito negro como los japoneses en las películas gringas, eso me repugnaba. Aún así, los precios no eran altos, iba desde los 10 mil hasta los 40 mil pesos, pero como las mesas se encontraban en un segundo piso, no pude ver la comida.

Cuando sacaba el celular para fingir lo de la llamada, en una de las pantallas donde se mostraban fotos de algunos platos, asomó el anuncio de una promoción de 2x1 en MÜY paisa, MÜY cubano y MÜY Teriyaki. Eso me hizo vacilar, siempre es bueno ahorrarse una comida, y yo guardaría la otra bandeja para la cena.

Empecé a leer el menú con atención, cosa que no había hecho antes, y me di cuenta que parecía más un restaurante donde se alteraban platos conocidos con algún aderezo o compañía que algo asiático,así que terminé por quedarme. Guardé el celular y articulé en voz baja que, cuando me preguntaran qué deseaba ordenar, diría sin vacilar: Una promoción de MÜY paisa.

Al llegar frente al mostrador, reconocí en el cajero una cara familiar. Sus dientes ratonescos me transportaron a otra época, a los años de infancia, a la primaria. Adiviné en su rostro estirado la misma impresión, lo cual me hizo perder la concentración, así que ante la esperada pregunta de ¿Qué desea ordenar? Respondí con otra: ¿Juan David?.

- ¡Sí! - respondió, como emocionado y continúo con el juego - ¿Cristian?

- Sí - proseguí - ¿Sí se acuerda de mí?

- Claro, claro, de Mi Pequeño Reino, el colegio ¿verdad? - y agregó - ¿Cómo ha estado?

- Sí, sí. Bien hermano, ¿usted qué tal?

Antes de que Juan D, cómo yo solía llamarlo, me respondiera, una señora que hacía fila tras de mí se impacientó un poco y lanzó un ¡Jum! que ambos percibimos con claridad. Ese quejido le recordó a Juan D. que estaba en el trabajo, así que se inclinó un poco hacia mí y en voz baja me preguntó:

- ¿Qué va a pedir?

- Una promoción de MÜY paisa - dije al fin.

- Espéreme en el segundo piso ya se lo llevo, y aprovecho para almorzar yo también. Cuando quise pagarle dijo con voz brusca - Siguiente - y volteando la cara hacia mí me dijo con voz queda - Ahorita, ahorita me paga.

Por su voz pensé que quería quedarse con el dinero de la bandeja. ¿Por qué no? me dije, después de todo son 12 mil pesos. Le sirven más a él que a MÜY, y yo me los voy a gastar. Subí, y me dediqué a observar las bandejas de los que comían. No lucían desagradables.

A los pocos minutos lo vi subir con dos bandejas abiertas, y una para llevar. ¿Puedo? - me interrogó mostrando sus grandes dientes en una sonrisa confianzuda mientras hacía el ademán de tomar asiento.

- Hágale, le concedo el honor - chisté correspondiendo la confianza, al tiempo que él se sentaba - ¿Cómo ha estado?

- Pues ahí, ya ve, trabajando en un MÜY - y después de reír corta e irónicamente, agregó - Me despidieron del trabajo por un lío de faldas, y no he conseguido trabajo. Pero bien, sigo buscando ¿usted qué?

Le conté que trabajo hace 5 años como asistente de community manager en Fedex, él me dijo que era contador público, pero hace dos meses estaba trabajando con la cadena de restaurantes MÜY, que efectivamente es asiática.

Me contó también que hace pocos días habían reubicado el local anterior donde trabajaba, pues el punto de ubicación no era bueno y la inversión mostraba resultados negativos. A mí, el nuevo punto tampoco me parecía bueno, pero no se lo dije. Luego, empezamos a hablar de nuestros recuerdos en común.

Juan David había sido mi compañero durante el jardín infantil, y mi “mejor amigo” durante los tres años que estudiamos juntos en la primaria, antes de que sus padres, nunca supe por qué razón, lo cambiaran a no sé cuál colegio. Así que compartía gran parte de mis experiencias de la primaria.

Mientras comíamos, hablamos de los compañeros, profesores, directivos, juegos y hazañas que nuestras mentes infantiles compartieron e inventaron. Vinieron después entretenimientos de la infancia que habíamos disfrutado, los juguetes que ambos comprábamos iguales, los mismos programas favoritos, las colecciones en común que nos ayudábamos a completar el uno al otro; conversábamos soltando risas fáciles y nostálgicas.

De repente, pareció iluminarse algo en la mente de Juan D, y cambió el tono fresco y alegre que había mantenido durante la conversación. Puso expresión seria y encorvandose sobre la mesa me preguntó: ¿Se acuerda del tazo de oro?

Las imágenes se me agolparon en la cabeza, y se torcieron mis labios, con expresión entre irónica y nauseabunda. Sí, sí, ¿por qué? - le dije.

- Yo creo que la profesora se lo robó. ¿Usted?

- ¿Luego? Le pregunté.

- ¿Se acuerda que ella me lo decomisó el día que me salió en el paquete de papas? - Ajá, dije para no interrumpirlo - Seguro se lo debió dar al hijo ¿Estaba en nuestro mismo curso, verdad? - Ajá, repetí - Esa se lo debió dar al niño.

- Claro, claro. Además después el chino llegó con un tazo de oro que le gané apostando ¿Se acuerda? - Ajá,me imitó - Se lo hubiera regalado ¿no? Igual, era el suyo - terminé con una risita casi imperceptible y di el último bocado a la bandeja, sin gruñidos.

- No, no, pues si se lo ganó con sus manos ¿ya que? - contestó y retribuyendo la sonrisa sentenció - Al menos se lo quedó usted y no ese chino marica.

- Pues sí - le dije, y cambiamos de conversación.

Después de un rato de charla miré el celular, eran las 3:36 y debía pasar al Oxxo por unos cigarrillos. Así que le dije:

- Bueno Juan D, tengo que irme. ¿Cuánto le debo? Él volvió a inclinarse sobre la mesa y me respondió:

- Nada, fresco. Tómelo como un regalo de encuentro, igual no hice el pedido en caja. En algunos restaurantes de cadena los empleados pueden comer lo que quieran, hay un montón de comida, pero termina uno por hastiarse.

- Bueno, gracias, voy a venir más seguido - dije y ambos reímos.

- Listo, listo. Déme su número y hablamos en estos días, trabaja cerca ¿verdad?

Asentí, le di mi número mientras bajamos las escaleras y cuando estaba en la puerta, su voz llamó:

- ¡Cristian! Que no se le olvide la promoción.

- ¡Ah, verdad! - exclamé - ahí nos vemos. Tomé la bandeja y salí al Oxxo.

Juan D, a pesar de haber crecido, seguía siendo un tonto, tal como lo recordaba. Nunca sospechó siquiera que aquel tazo yo me lo había robado, y nunca quiso quedarse con el dinero de la bandeja. Lo del tazo de oro fue así.

Mi Pequeño Reino, colegio donde cursé primaria, era una casa de dos pisos que fueron adaptando hasta convertirla en un edificio. Cuando estaba en primero, aún conservaba el comedor, la cocina y el patio; el espacio de la sala lo habían adecuado para la oficina de la directora. Los salones eran las habitaciones del segundo piso.

Durante el segundo descanso, que era también hora del almuerzo, me levanté con la excusa de ir al baño después de ver que mi profesora había entrado en el del primer piso. Lo utilicé como coartada para subir los escalones sin ninguna preocupación o sospecha, escondiéndome a la vez de la profesora. Me cercioré de que nadie me seguía, y en lugar de ir al baño, me encerré en mi salón.

Yo sabía que a Juan David le habían decomisado el tazo en la mañana, y desde entonces estaba planeando una forma de obtenerlo, pues una sorna envidiosa me hacía desear el objeto con desesperación, no podía creer que ese tonto tuviera el tazo.

Busqué en el primer cajón del escritorio, pero no había más que marcadores y unas gomas destapadas. Me comí dos. Cerré el cajón y quise abrir el segundo, pero algo lo estaba trancando. Jalé bruscamente, y a pesar de mi poca fuerza infantil, logré abrirlo. Allí estaba el bolso, pesado y repleto, de la profesora. Deslicé la cremallera del bolsillo principal con cierto deleite, mis ojos brillaban y mis pequeñas manos bribonas estaban empalagadas de triunfo.

No sólo encontré el tazo de oro, que era el más raro de la colección, sino algunos tazos de plata y ordinarios, que seguramente guardaba para su hijo o había decomisado. Los tomé todos y los puse debajo de la caneca de la basura del salón, para tomarlos antes de salir y no tenerlos conmigo en caso de que la profesora se diera cuenta del hurto.

Cerré el bolso tal como imaginé que estaba antes de tocarlo e hice lo propio con el cajón. Salí rápidamente y sin ir al baño volví al comedor, descompensado, asustado y expectante. Al sentarme me dieron unas ganas tremendas de orinar que aguanté bravío y quieto hasta que retornamos a clases.

La última hora, que se dedicaba a ética y valores, fue un suplicio lento. Me remordían la consciencia los chistes que me susurraba Juan D, me producían espanto, en lugar de gracia, eran unos quejidos de persona traicionada que me llegaban tras sus palabras alegres. La profesora me causaba molestia e intentaba distraer mi atención mirando el correr interminable del reloj que colgaba en la pared del salón..

Sudé y guardé silencio hasta el momento de la salida. Mientras guardaba los útiles en la maleta, la indecisión se apoderaba de mí, estuve tentado de dejarlos allí, bajo la caneca, y que otro se diera cuenta y decidiera qué hacer con los resultados de mi delito. Sin embargo, un egoísmo narcisista se apoderó de mí, y me preguntaba: ¿No me gané el tazo? ¿No quiero en realidad el tazo? ¿A Juan D. le saldrá otro tazo después? Seguro sí ¿o no?. La respuesta que di a todo fue ir a botar la viruta del tajalápiz y llevarme a casa el preciado tazo de oro.

Al llegar a la caja del Oxxo pedí los cigarrillos equivocados, hice devolver a la cajera, y mientras estaba distraída en un: “Ese no, el otro, el de la derecha, pero más abajo” tomé dos cajas de chicles del mostrador sin que nadie lo notara y las guardé en el bolsillo de donde saqué la billetera. Pagué y salí en un estado de tranquilidad sin igual. Satisfecho del estómago, de la garganta y de la cabeza, con la sonrisa de quien da cuerda a sus vicios.

Después del tazo de oro, seguí cometiendo robos esporádicamente, pero siempre pequeños, insignificantes, algo así como mentiras piadosas e inofensivas. Lo hago por esa sensación parecida al peligro que produce la culpa, el placebo de adrenalina que siento, como en una montaña rusa, pues siempre robo cosas que puedo pagar o devolver.

A las seis treinta Camila estaba esperándome fuera de la oficina y yo me acerqué a ella con una sonrisa que no podía ocultar. Al verme, me preguntó:

- ¿Por qué tan feliz?

- ¿Castigo? Ninguno, si nadie se da cuenta. Le dije riéndome.

- ¿Qué? me dijo desconcertada.

- Nada, nada. Que hoy almorcé por 5 mil pesos.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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