Literatura

En la canoa

Tiempo estimado de lectura: 11 min
2021-07-16 por Alex Noa

-¿A dónde vamos?

Shh, hermosa, no preguntes. No te esfuerces demasiado, por favor intenta mantener el equilibrio, la canoa podría voltearse, y, no es buena idea intentar nadar en la nada. Deja que nos lleve, te prometo que no será un viaje largo. Levántate, aún conservas tu forma… eso es maravilloso; por favor, no mires hacia afuera de la canoa, mira mis ojos. ¿Me reconoces? Por favor, déjame bailar contigo este vals, ¿lo escuchas? ¿Ves los pequeños destellos de luz que nos rodean? Es arena, granos finos de arena que revolotean a nuestro alrededor y se van convirtiendo poco a poco en cristales de música; quieren vernos bailar.

Baila, baila princesa.

-¿Qué es lo que ha pasado?

No hables, preciosa.

-¿Quién… eres tú? Conozco tu voz.

Somos la misma psique, princesa.

-¿Por qué puedo verte?

Bailad.

Intentas hacerme enojar, princesa, no seas necia.

-Solo respóndeme una pregunta.

¿Bailarás si te respondo?

-Sí. ¿Por qué estamos aquí?

Bien, vamos, dame tu mano y no dejes de mirarme mientras bailamos. Nos centellean tantos cristales, ¿no es hermoso…? Mírame, te contaré que tú, mi princesa blanca, llorabas anoche; todos los cristales de música huían de tus profundos ojos como lágrimas de sal.

¿Qué hacéis?

Anoche… los gritos de la fragilidad llamaron a nuestra puerta, porque querían sanar. La música se transforma, este vals es nuestro escenario ahora. Oh, princesa, ¿no lo ves? me exigiste tregua y yo te entregué música, sólo supe convertir los hilos de tu sangre en violines. Oh sí, sí, preciosa, cuánto disfrutaste aquella pieza; porque no me detuviste, me compartiste tu vulnerabilidad, y comprendimos que no sabías lo delicioso que suena un alma cuando se quiebra. Te enviciaste de música ferrosa y escarlata. Ah, sí, déjame tocar tus brazos, tienes una piel tan frágil y tan pálida, como la fina arena de los desiertos. Oh, esta canoa está inundada, no la mires, te la puedo describir… somos dos cuerpos que antes fueron uno, danzamos sobre una canoa de madera que se dirige a algún lugar, sin embargo, parece que no se mueve. Pero, muñequita mía, se mueve, como tu cuerpo con el mío... Tenemos agua hasta los tobillos ¿puedes sentirla? No te diluyas, ni te atrevas a mirarla, mírame a mí. Aquella agua es tan rojiza, rojiza en verdad. Mi niña, puedo ver, por tus ojos, que no sabes de lo que hablo…

-Sigo sin entender…

Estamos de viaje.

-Este vals dura una eternidad.

No, no lo hagas, hermosa. No profeses más palabras. Danza conmigo.

Quiero tocarla…

Shh… Mi sangre suena, suena. ¿Puedes oírla? Acércate, dulce piel… mi música te llama o la tuya me llama a mí. Estamos haciendo un eco rojizo. ¿Habías visto el color del eco?

No hay colores en el eco.

¿Puedes vernos? ¿Reconoces algo de ti? Qué difícil es la muerte, nos ha descompuesto.

-¿La… muerte?

Dime, princesa ¿lo has notado ya? No duele, muñeca, muñequita; te lo dije, yo te prometí que dejaría de doler.

Falta poco, ya casi puedo sentiros.

Cierra tus ojos por un momento y encuéntrate, ¿te ves? oh, nuestro cuerpo yace en la habitación, ahí es donde ahora permanecen tus dolores. ¿Puedes ver cómo devoran lo que fuiste, muñequita? Ahora eres libre y estás danzando conmigo.

-No puedo ver nada más que tus ojos. Me hacen sentir sed.


Calla, calla dulzura. Yo tengo un poco de tu sangre, es lo único que tengo. ¿Quieres saciar tu sed?

a
r
e
n
a

Han entrado diminutos cristales de arena a tus profundos ojos, es allí donde pertenecen; dibujan para mí un hermoso paisaje dentro de ellos, ¿no puedes ver? Porque yo veo en ellos el destino, muñequita, es desértico e imposible. Parece que está vivo. Qué ironía. Oh, hace tanto tiempo que esperaba por esto… tanto, tantísimo lo llamé. Y aquí estás… aquí… estamos, princesa de arena.

Me desangro por sus ojos.

Oh, no llores, ¿qué ha pasado?

-No quiero ir.

No le creas.

Por favor no llores, no hay necesidad de llorar, sabes bien que todo ha sido culpa tuya, solo tuya y de nadie más. Recuerda que tú misma lo has pedido. Ay, dulce, dulcísima piel, mira hacia adentro y date cuenta de lo sombría que ha quedado nuestra mirada.

-No puedo verme…

Le atemoriza verse de rojo.

Oh, por favor, déjame imaginar que tienes un hermoso y blanco vestido. Sí, ese… ese es el vestido perfecto. ¿Te gusta, muñequita?

¿Ya se ha desaparecido tu lengua?

Mentirosa.

-Tengo sed.

Sí, eso ya lo habías dicho. Oh, mira, mira esto pequeña y frágil princesa, tengo un poco de sangre en esta botella. El desierto es extenso, tendrás que hacerla rendir. Y si se acaba, alguno de los dos tendrá que volver a morir.

-No… espera. Aún no morimos. Déjame volver.

¿Estás buscando el latido de tu propio corazón?

Calla, calla y sigue bailando. ¿Escuchas la música? ¿No te recuerda cuando caminábamos por aquella calle vieja que lucía un empedrado desgastado, y, por primera vez vimos un pájaro muerto? Oh… cuánto nos dolió reconocer que así era el inevitable final, incluso para quienes poseen alas. Dime, muñequita, ¿te ha gustado el vestido? Casi pareces un pajarillo… anda y echa a volar… No, no, nena, no puedes volar. No manipules mis deseos con los tuyos, tú ya no puedes volar.

Los pájaros muertos no vuelan.

-Déjame volver a mí.

No seas ingenua, mi dulce, dulcísima niña, ¿acaso no puedes ver que si tú vuelves tendré que volver yo también?

Me desangro, no la dejes llorar.

-Sé que aún respiro. Puedo escuchar la voz del desierto al igual que tú, pero también puedo sentir el frío de mi cuerpo.

Dices tonterías. No hay ninguna voz en el desierto. Es sólo el castillo carente de su princesa, ese es el frío que sientes.

-¿Me… asesinó un castillo de arena? Tú me sumaste al carril de la locura. Quiero volver…

No llores, ven y baila conmigo; nos observan dos pupilas en el cielo, míralas, ¿no sientes cómo, al mirarlas, te puedes ver a ti misma? Oh, ya empieza a dibujarse todo el paisaje, nos queda poca sangre. Ya casi podremos atracar, princesa.

-No… por favor.

¡Deja ya de llorar! Si lloras, el gran ojo que nos observa también llorará. ¿Quieres hacer de éste nuestro infierno?

-¿Por qué tú estás lúcido y yo parezco desvanecerme?

No seas imprudente. Eso no va bien en tan frágil figura.

-No… haz silencio, por un momento haz silencio. Te veo, pero no te reconozco, sin embargo, te he escuchado toda mi vida. Me has reducido a tus caprichos y ahora me desangro. Tú… me asesinaste. Lo hiciste, ¿lo hiciste?, no, aún no del todo. Aún puedo volver. Aún estamos en la canoa, todavía no tocamos tierra.

¡No te atrevas a desestabilizar nuestro viaje! Princesa… oh, mi princesa, asesinar es una palabra muy complicada, yo… te liberé.

Dijiste que te dolía, preciosa.

-¿Lo escuchas?

Aún muerta puedes desvariar… ¿No es agradecimiento lo que deberías tener hacia mí? No intentes zafarte de mis brazos, recuerda que ahora yo tengo los míos.

Sigue bailando, princesa.

-Por favor haz que se calle.

¿Qué escuchas?

-Dijiste que éramos la misma psique, tú también lo escuchas, no intentes confundirme, o yo te confundiré de vuelta si lo haces.

Sois unos idiotas. Tenéis todo un desierto para los dos.

-Cobarde, desierto cobarde, me asesinas para poseerme.

Perdiste la razón, princesa.

-No es así, me estoy muriendo, así que cállate. Tú sólo eres una voz en mi cabeza. Sé que están confundiéndome porque aún estoy viva.

Si desestabilizas la canoa convertiré el mar en arena. No habrá horizonte. No habrá soles ni música.

-Entonces huiré, toda mi vida o mi muerte huiré de ti.

¿A dónde irás? Te he dicho que no tiene propósito alguno lanzarse a la nada. No hay nada más que la canoa.

-¿La… canoa? Yo la hice, yo creé la canoa. Yo tengo los remos en algún lugar.

Aquí… los tengo. Están justo a mis pies.

-Si te los pido, ¿me los darás?

No lo sé, estás muriendo. Puede que no nos recordemos después. Serás una sombra en la arena. Lo único que tenemos es esta canoa. Te recuerdo que no importa qué tanto remes, no cambiarás el destino.

-Mientes… tú quieres ir al desierto, pero yo no. Te propongo esto: te dejaré aquí si me ayudas a encontrar la manera de volver. Te juro que no te llevaré conmigo.

Si él muere tú morirás.

No sé cómo hacer tal cosa. Por favor baila conmigo, he estado encerrado en tu cabeza toda tu vida, y ahora que por fin tengo cuerpo, siento que quiero bailar. Siempre quise bailar un vals.

-No… Tú no quieres quedarte en el desierto. Quieres atraparme en él. ¿Qué pretendes? ¿Quién… eres?

No lo sé. ¿Quién eres tú?

-No… lo… sé.

Idiotas…

-Música, tú quieres música. ¿Quieres música? Haré música para ti. Dame los remos o ayúdame, y te daré lo que quieras.

No hay nada de ti en lo que yo pueda creer, princesa. Conozco tu cabeza, era mi cárcel. Oh, hermosa, tú no piensas en mí; sé perfectamente que no me darás aquello que prometes, porque me odias. Desde los recónditos y ya putrefactos recintos de tu pensamiento sé que no quieres un día más. ¿Para qué volverías?

-No conozco otra cosa que eso. No quiero dejarlo hasta ahí. ¿Qué hay de mis dibujos, mis pinturas, mis letras?

¿Y qué hay de mi música?

-Pero…

Princesa egoísta. Acabaste con los dos por no saber lo que querías.

¡Princesa! ¿Qué has hecho? Llueven los cristales, llueven y parecen no querer dejar de llover. La nada se cubre de arena y nuestra canoa se hunde. ¿Qué has hecho? Nos llora el gran ojo. ¿QUÉ HAS HECHO?

Princesa ingenua e idiota, huyes de tus dolores, pero te aferras a ellos en la puerta…

Oh, princesa, la escucho… ¿es la voz del desierto? Qué tragedia, tiene tu misma voz…

No tenéis a dónde ir…

-Yo sólo quería volver…

Me saboteaste, preciosa; odias al desierto porque es igual a ti. Princesa, ¿cuánto tiempo más me harás agonizar? Yo sólo quería un vals…

-Me lastimas…

No es cierto, princesa, no sientes dolor aquí.

Manipuladora egoísta.

-No quiero estar aquí. Tengo miedo.

Te propuse bailar, te propuse mirarme a mí, te propuse contemplar la arena, te propuse apagar el dolor… Dime, princesa, ¿Qué es lo que quieres? No eres feliz en vida y ahora estropeas tu muerte. ¿Qué diablos es lo que deseas? Querías una canoa, la construí acorde a tus dibujos, a tus ideas. Soñabas en un desierto, lo acerqué a tus pies. Quisiste tregua, te di música. ¿Qué más esperas de mí, princesa?

-Yo… no sé.

¡Maldita sea tu indecisión!

-Esto es un sueño, el desierto… es simplemente un sueño y nada más… Es eso lo que has dicho… ¿no? Entonces ya he estado aquí, la canoa no navega sobre nada… Puedes darle la vuelta. Aquí no hay derecho ni revés.

¿Por qué sabes eso?

-... Creo que fue Franco quien me lo dijo.

Yo no soy uno de tus dibujos princesa… Aquí no está Franco.

-No sé quién eres, pero sabes cómo funciona mi cabeza, ¿no? Mírame a mí, no mires la arena. Cuando corres hacia el horizonte parece que no te mueves, pero si le das la espalda él se acerca a ti.

¿Quién?

-El ojo, él es lo único que hay aquí. ¿No lo ves?

Estamos navegando en arena, el ojo llora arena. Nuestra canoa… ¿Está sobre las lágrimas de un dios?

-No, porque no somos un dios.

Entonces…

-Somos un bucle, porque estamos muriendo.

Un bucle… sí, princesa, el eco es rojizo porque nuestro bucle tiene sangre…

-El ojo… tiene dos pupilas ¿no?

Así que somos el mismo ojo… pero, si somos el ojo ¿Quién habla entonces?

Sí, princesa, ¿quién habla?

-Es obvio que agonizamos, estamos delirando. Hay que darle la vuelta. Tienes ojos ahora, los tuyos propios. Ciérralos y dime, ¿qué ves?

Tus manos, princesa, están llenas de sangre.

-Bien, me encontraste. Levántanos.

Ingenua… Es un despropósito.

¿Quién habla entonces?

-Creo que soy yo misma delirando allá afuera. Desvarío porque aún no muero ¡No abras tus ojos! En realidad, no has salido de mi cuerpo. Recuerda… estamos en la canoa.

Si tú estás allá, ¿Quién está aquí conmigo?

-Eres mi ventaja… puedes estar allá y acá con sólo cerrar los ojos. Dime, ¿qué más puedes ver?

Princesa, oh, mi princesa estamos bailando solos… El suelo está enlagunado de rojo. Estamos bailando en la insania, solos, nuestro cuerpo baila un vals… es hermoso, princesa.

-Hiciste de las tuyas… Haznos reaccionar… estamos perdiendo sangre.

Oh, mi hermosa e inocente princesa, dime ¿por qué haría tal cosa? Es la escena más hermosa que jamás vi.

No puedes contra él. Está enamorado de tu sangre.

Shh, princesa no escuches.

-No… no voy a dejar que me mates. Mantén cerrados tus ojos y hazme reaccionar.

Morirás de la forma más romántica… ¿No es espléndida nuestra última danza, princesa?

Sí.

-No.

Dime, preciosa, ¿estamos al derecho, o al revés?

-Tú… sabes perfectamente lo que estás haciendo.

Qué lenta, princesa.

-Te… odio.

Yo también…

-¿Qué me hiciste? Me seguiste el juego para darte tiempo… La persona que baila contigo es el resultado de lo que hiciste con mi cabeza.

Oh… mi niña, ahora estamos al derecho.

-¡¡¿Qué es lo que me hiciste?!!

… Ahora tú eres la voz en mi cabeza.



Sobre el autor

Alex Noa

Escritor

Mimetizado con la lluvia, me habita la convergencia constante entre la literatura y el dibujo. Me decidí por ser buceador profesional en el mar de mis incógnitas. No tengo nada que perder, porque no hay nada que haya sido mío; ni siquiera mis letras, que aunque salgan de mí, siempre eligen crecer en los otros.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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