Literatura

Jesús no va a resucitar

2020-10-09 por Simón Fajardo

2 o 3 a.m. del alba. Vivía con mis papás, al norte de la capital. Un país X. Por esas épocas me fumaba dos paquetes de cigarrillos diarios, por decirlo de alguna manera: compro un paquete a las 3 de la madrugada. Estoy despierto, es decir, fumo hasta las 8 o 9 a.m. y me despierto en un rango de 2 a 4 de la tarde. A las 5 tengo que ir a la tienda para abastecerme. Generalmente no compraba los 2 paquetes de una sola vez porque mi papá es quien me da el dinero, y así, uno por uno, compra él.

Era de madrugada en todo caso. Tomé el ascensor. En menos de un minuto estoy en la portería: ni una luz encendida. Tan oscuro. El portero no estaba en su lugar de trabajo. Dije, esto es usual, pero aquí va a pasar algo malo y quién sabe cómo. Estuve alrededor de 10 segundos de pie, quieto. Antes de concluir lo que estaba reflexionando, cómo interrumpiéndome, llamé por su nombre al celador: - Jesús, ¡Jesús, Jesús!. Silencio. Vacío, inestabilidad al cien por cien. Otra vez, más fuerte: ¡Jesús, Jesús!... ¡Jeeeesúús! ¡Jeeesúúús!. No por decirlo con ritmo logré mi objetivo. Aunque ahora pienso: No era ritmo ni musicalidad ni sus parecidos. Más bien como una extensión de mi voz intentando rellenar la inmensidad de un edificio con el vacío del Universo o los ataúdes o parecido a cuando uno bota la ceniza de su cigarro al viento de la calle y esta, frágil, sin peso, se esparce antes de tocar el suelo. El caso es que Jesús no aparecía y yo empecé a imaginar lo peor.

Llamé con los nudillos a la puerta de un cuartico, a menos de 5 metros de la portería, donde el celador de turno puede dejar su chaqueta, su maleta o calentar su almuerzo y preparar café de olleta, pues hay una estufa eléctrica. Toqué tres veces y nadie respondió. Pensé: si no hablo este mundo se va a rellenar de sonidos que no me pertenecen. Una aguja, finísima, se lanzó por el tobogán de mis vértebras como enhebrándolas y casi que me pongo a llorar.

-¡JESÚS!- grité. Nada. Literal. (con lo de la aguja me refiero a que me estremecí).
Con lo de la aguja, mi voz gritando y la nada, se me ocurrió, sabrá Dios cómo, que Jesús estaba muerto. Es decir, que se había suicidado y su cuerpo estaba en algún lugar del primer piso del edificio y la vida quiso que yo lo encontrara.
-Dios mío, Jesús, yo solo quiero veinte cigarrillos-. Esto lo dije en voz alta, inconsciente. Y sentí vergüenza: quizás el portero no se había suicidado y ya había escuchado mi llamado, que al acercarse a mí voz escuchaba que yo pedía a Dios y a él. Solo en ese momento quise que sí estuviera muerto. Pero también pensé que yo nunca he visto un cadáver fuera de su ataúd. Ni en ese momento ni ahora, y reculé mis deseos.

Llevaba 30 minutos en la recepción del edificio, de pie. No podía devolverme: restaban por lo menos cuatros horas sin conciliar el sueño.

¿Por qué, en ese momento, no se me ocurrió la idea de que habían franqueado la puerta principal una especie de ladrones (o seres sin peso, negros, que suelen robar en edificios del Tercer Mundo), doblegado al portero con armas virginales, hechizas, para luego asesinarlo? Pienso ahora. Me respondo ahora: pues la situación hubiese sido de caos y no de inopia, como lo fue, efectivamente. Aunque estas dos cosas se parezcan entre sí. Igual: en ese momento Jesús se había suicidado y ya.

La necesidad forja al ser humano. Yo necesitaba un paquete de cigarros. Tenía 4 o 5 horas, como ya advertí, de vigilia por delante. No recuerdo que haya sido un ejercicio de recordar, sino de buscar en mi información cerebral: mi tía, hermana de mi papá, vivió con nosotros o nosotros vivimos con ella. No sé. El apartamento perteneció a mis abuelos paternos, ellos ya murieron, ya estaban muertos cuando sucedió esta (esa) historia. El caso es que mi tía era administradora del edificio: estuve, acompañándola, muchas veces en el puesto de trabajo del celador, adentro. Y he jugado con mis hermanos cuando niños: yo en el citófono de la recepción, ellos desde nuestro apartamento y viceversa. Así que sabía el lugar donde guardaban o colgaban, mejor, las llaves para abrir la puerta principal, el garaje, los contadores del agua o el parque infantil.

La necesidad valida al ser humano. Comencé a probar todas las llaves para poder salir y gastar el dinero de mi papá en humo. No debí gastar más de un minuto en dar con la llave correcta. Salí. Cerré. Fui a la tienda (24/7). Volví. Abrí. Entré. Cerré. Dejé las cosas en su sitio y subí a mi apartamento. Si Jesús se suicidó, si lo terrible sí había sucedido ya sería otro ser humano quien lo encontrase; la angustia y no saber qué hacer con un cadáver, ajeno. Yo me dormí a eso de las 10 de la mañana.

Me desperté 5 o 6 horas más tarde y una hora u hora y media más tarde salí al abastecimiento. Pero antes de acabar mi último cigarro del primer o segundo paquete, (el eterno retorno je,je) llegué a una reflexión estupenda: quizás ya no había celador en la madrugada, que solo dejaban las llaves para aquel que quisiera, o por menester, salir. Y ya. Una nueva normalidad. Me sentí satisfecho.

Bajé en ascensor y le comenté mi experiencia y lo que pensaba de ella a Campo Elías, el otro celador. Este dijo que no, que le había recibido turno a Jesús a las 6 a.m.

Cuando pedí los cigarrillos en la tienda me dijeron que se les habían acabado los paquetes, pero que si quería podía llevar dos medios y yo dije que no había problema, que la cuestión era de fumar.



Sobre el autor

Simón Fajardo

Editor, Escritor

Poeta por necesidad y las vísceras. Escarbando la contemporaneidad, aficionado de los viejos estilos. Escribo porque no sé cantar y no canto porque no sé pintar.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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