Literatura

Lápiz

Tiempo estimado de lectura: 5 min
2023-01-13 por Alex Noa

Embutido en la incomodidad de una camilla, me sufro a mí mismo. Encierro y medicación. El silencio en mi hombro, cual centinela del diablo. Abstinencia. Las piernas heridas, la lluvia afuera. Depresión. Una mujer entra en mi habitación y me llama por un nombre por mí mismo ya olvidado. Al dolor terco me levanto y descubro dos heridas que atraviesan mi hombro derecho. La mujer se sitúa suavemente a mi lado y extiende mi brazo. Jeringa. La sangre no sale y la aguja me hiere; la sangre se esconde y no drena. Ahora no quiere drenar. Me duele el brazo, pero me niego a moverlo. Ella lo intenta una vez más, pero ahora parece exasperar…, ha de ser nueva.

Suavemente se desliza una voz en mi oído. Odio. Miserable, voz miserable. Hiere mis brazos, mis hombros; y todavía se atreve a acariciar mi cuello. ¿Qué fue lo que hizo conmigo, con mis propias manos? Negación; medicamentos. Me estoy arrancando el cabello. Los brazos tiemblan desde los codos y sin darme cuenta las lágrimas han dibujado su recorrido por mis mejillas. No hay espejos aquí. No hay nada aquí; apenas blanco, fármacos y sollozos en las habitaciones contiguas. Otras voces aterrorizan otros silencios que no son los míos.

Sangre en la boca; medicamentos. Arañas recorren mi carne por debajo de la piel; alucinación y abstinencia. Levanto la copa con píldoras y brindo a una Sémele ilusoria que ríe en mi hombro. Voz de mujer; lamento de piano. No hay música. Alucinación tras alucinación.

一 ¿Qué sientes?

一 Olor a sangre.

Salgo de la habitación. Mis rodillas duelen, los pasillos son recorridos por mujeres errantes que ríen, otras que lloran y otras que rasgan sus pieles y tienen que cortarles las uñas. Con el ímpetu de sus trastornos se acercan a hablarme y yo…, yo las imagino muertas. Dolor de cabeza; medicamentos. Medicina sintomática para mi huidiza condición.

一 ¿Qué sientes?

一 No tengo idea.

Maxence Van Der Meersch bajo mi brazo, cosquilleo en las manos. Mi sensación de encierro enfurece al saberme en esta otra cárcel para los desequilibrados; llanto, narcisismo, histeria, religión. Alrededor: ojos féminos trastornados, siempre en la nada, brazos atestados del mordisco de la ansiedad mientras yo…, yo vago con Maxence bajo el mío. «El sufrimiento es el gran educador del hombre, Doutreval. La medicina clásica ignora hasta qué punto esto es verdad, incluso en el plano fisiológico. Nos ha enseñado a odiar la enfermedad, y, sin embargo, la enfermedad aclara, previene y purifica.» Me pregunto si en verdad lo hace. Mi conclusión es risa, ergo, no sé aterrizar en otra isla que el absurdo. ¡Qué torpe! Y saber que busqué maestros en todos los rincones, huyendo de la enfermedad, para que la definitiva resultase siendo ella… Maldita ironía; anodino de psiquiátrico.

Las miro. Reclusas o enfermas, da lo mismo. Encierro y ansiedad, carceleros o enfermeros que se desquitan o se resarcen con sus labores; labores hipócritas. Salvar el mundo de los suicidas encerrándolos en la docilidad del fármaco, ¿para qué? Para qué, maldita sea… para qué.

一 ¿Qué sientes?

一 Nada.

Silencio adentro. Se ha ido, por fin se ha ido. Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Seré tan absurdo que llegaré a extrañarlo? El silencio se parece al frío y a su vez a la nada. Ya no hay nadie que hable aquí adentro. Y el lápiz no ayuda, pues dibuja quemando. Traicionero; lápiz traicionero arrebatado de mis manos. Puñal de grafito y madera. Me lo han quitado, me lo han quitado todo aquí: lápices, voces, sangre; han dejado vacío este frasco llamado identidad. Pero en su falsa consideración me dejaron la hoja. Papiroflexia insípida, literatura contrasentido.

Para ellos tiene sentido. ¿A cuántos no he marchitado con el desdén de mi escritura? ¿Es por ello que me la arrebatan? No puedo sino contraponer mi egoísmo. Un lápiz será el mejor de mis secuestros. Un lápiz para herir, escribir, llorar y sangrar… Psicosis; medicamentos. En un segundo al mundo entero se le ocurrió caber en un lápiz. Deseo de niño, necedad. Con las uñas rasgo la piel que cubre mi cuello y miro de soslayo a una mujer que va y viene por el pasillo. Camina y no mira a nadie. Qué hermosa. Con ella oscila mi anhelo. Dibujarla, escribirla, traspasar sus ojos de gitana al papel, y su cabello negro, su rastro hipnotizante; solo eso deseo. Su mirada electrizante se encuentra con la mía y me pregunta algo sin abrir los labios. Silencio. Se desconecta de mí y continúa con su ir y venir.

Pasan los días, la ansiedad incrementa, la dosis también. Ventana, lluvia, relámpagos. Bogotá. Una silueta me sigue y yo quiero que me descubra, pues sé lo que quiere, lo sé. Se escabulle y me evita cuando la miro, tiene pena porque sabe lo que quiero. La sigo, se asusta. Quietud. Escalofrío; medicamentos. La agarro por el brazo con fuerza; lo lamento. Ella me amenaza con su mirada oscura y me apunta con un lápiz en el abdomen. Por fin. Suavemente, recorro el brazo hasta su mano sin dejar de mirar sus ojos zíngaros. Me aterroriza y me fascina. Lentamente suelta el arma y sus lunas, como dos eclipses malditos, se pierden enseguida en su mundo esquizoide. Se va, se instala de nuevo en su bamboleo magnético y se olvida de mí. Éxtasis. Risa; medicamentos.

Vaya secreto absurdo. Me refugio con disimulo bajo una mesa, en el punto ciego de la inexpresiva vigilancia instalada en el rincón superior del salón de terapia, y saco la ya desgastada hoja; única compañera en mis días de silencio. Rasgo su triste y arrugada virginidad con el grafito, dejando que ante mí se revelen dos ojos negros, dos ojos de hembra roma, dos ojos que parecen vivos, entrañados a quién sabe qué horizontes. Hipnotizado, profundizo en sus pupilas para que parezca que me miran a mí. Pero algo en mi pecho parece dañarse al contacto de su enfoque. Entre risa y miedo presiono cada vez más fuerte sobre la hoja con la punta que de pronto se quiebra en minúsculas partículas de grafito en el papel. Sensación de impotencia, similar a la del telón bajando antes de terminado el acto. Maldito lápiz desleal. Maldito, traicionero, esquivo, ponzoñoso y frágil instrumento del que dependo. Ha muerto en mis manos como quien se ríe de la soledad de un condenado, con el único propósito de reafirmarla.

Cadáver de madera, inútil y absurdo, con la vida sepultada en el interior de sí mismo; al igual que yo.



Sobre el autor

Alex Noa

Escritor

Mimetizado con la lluvia, me habita la convergencia constante entre la literatura y el dibujo. Me decidí por ser buceador profesional en el mar de mis incógnitas. No tengo nada que perder, porque no hay nada que haya sido mío; ni siquiera mis letras, que aunque salgan de mí, siempre eligen crecer en los otros.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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