Literatura

Los mediocres

2020-10-23 por Andrés Camacho

Yo provengo de dos familias. La familia de mi papá, los Rodriguez: buenos para hacerse pajas mentales con la plata, pero nunca para trabajar. Luego, la familia de mi mamá, los Martinez: supuestamente paisa, pero todos sabemos que nacieron en Boyacá. En otras palabras, provengo de 500 años de constantes y rigurosos mediocres, aunque no me crean, se esforzaban por vivir a medias.

Me pusieron Inés, como mi abuela materna. Ni para ponerme el nombre se esforzaron los hijueputas. Como buena familia católica colombiana, creían en las supersticiones. Mi mamá me decía todo el tiempo: - aquí no se compran espejos porque el diablo se roba el alma por ellos -. Nunca me pude ir bien peinada al colegio, ni para las fotos del carné me dejaban peinarme en la ventana del carro.

Vivir con esa gente fue muy aburrido, eran tan mediocres que ni se esforzaban por pelear. Nunca tuve un chisme que llegar a contar el colegio, y siempre comíamos la mierda de pasta con carne que hacía mi mamá. El mismo puto almuerzo todos los domingos. Yo me cansé de eso, quería hacer algo que me diera historias para contar. Me volví escritora.

Romanticé la vida de los escritores: día y noche, sin que les importara la pobreza, se sentaban a imaginar personas y hasta lugares. Vivían en París, donde solo comen pan y beben vino, pero escribían, se harían famosos en esta vida o la otra. Tenían sexo con otros artistas y estos se convertían en sus musas. Muchos salieron del país de la ausencia, como lo llamaría Elvira Hernández, para encontrar la gloria en la Florencia del siglo XX.

En el colegio había un concurso anual de poesía, era el momento de mostrar mi talento. El primer lugar se llevaba un bono de 200.000 de la Lerner, apenas lo supe, pensé en venderlo para comprarme un espejo y esconderlo debajo de la cama. Al cabo que en mi casa ni siquiera barren bien.

Pero pasaron semanas sin que se me ocurriera algo, no sabía ni por dónde empezar. Llegó el último día de plazo y me postulé con cinco líneas que se me ocurrieron en la ducha:

Cuando aceche la noche
El viento también sopla
La mañana no se asoma
Y tu mirada me desacopla
Cuando la noche aceche

Lo anoté en la primera hoja de papel que encontré para que no se me olvidará. No tuve tiempo de escribirlo en el computador y menos de imprimirlo. Cuando llegué al colegio se lo entregué a la profesora de lenguas, su expresión de asco se hizo evidente cuando vio que eran solo cinco líneas, volteó la hoja con rapidez para ver si había algo escrito atrás. Después de leerlo en voz alta, a la cuarta vez me preguntó: ¿Es esto no más? Le respondí que sí y me fui corriendo al salón.

No se tardaron más de cinco días en escoger el poema ganador. De las diez niñas que nos presentamos, solo mencionaron el gran trabajo de las primeras siete. Yo no fui una de esas. Sentí ira cuando entendí que había sido de los peores poemas de todo el colegio. Ese mismo día tenía clase con la profesora de lenguas y la increpé en el momento en que entró.

Le grité enfrente de todas: - ¿Quién es usted para venir a decirme si mi poema está bien o no?. Sepa que cuando lo escribí lloré de la emoción. El resto son una mierda, yo misma los leí y le puedo decir que esta es la injusticia más grande de este país -. Ella solo miraba en silencio hasta que me dijo por fin: - deje de pensar que el mundo gira entorno a usted, no porque lo haya hecho quiere decir que sea el mejor, entonces cállese y siéntese, que hasta va perdiendo la materia porque no se leyó el libro para el último ensayo -.

No me importó, supe que tenía talento y ninguna vieja marica me lo iba a negar. Por algo ella estaba enseñando en ese colegio de mierda, porque no sabía hacer nada. Yo sería una famosa poetisa y viviría en París, así como en la Belle Époque de Albert Camus y sería tan vanguardista como su esposa, Simone de Beauvoir. Ya verán esos hijueputas que no confiaron en mí, luego cuando sea famosa y rica se darán cuenta de su error.

Después del colegio me metí a estudiar literatura, pero todos los días tenía que leer más de cien páginas, no me daba tiempo para escribir mis poemas. No necesitaba leer otra gente, yo sola podía crear mi propio estilo. En un mes escribí más de cinco poemas, y se los mostraba a mis amigos. Siempre les gustó mi forma de escribir, estaba feliz, encontré lo que quería hacer de mi vida.

Pero ninguna revista me quería publicar, parece que a nadie le gustó los poemas de cinco líneas; maricas que no entienden la poesía vanguardista. Ya no vivía con mis papás, necesitaba la plata del arriendo y no quería volver a la casa de esos mediocres. Conseguí trabajo de secretaría con un salario mínimo, no me alcanza para el desayuno y la cena, solo puedo almorzar.

Nunca pude volver a escribir, se les va la más grande poetisa que tendrá ese país de mierda, donde los únicos que escriben bien son los de izquierda, como Roberto Bolaño, que tuvo que vivir exiliado para saber cómo escribir. Así vivo yo, una miserable que solo puede pagar por lápiz y papel, en fin, el sueño de mi vida.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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