Literatura

Los mentalistas

Tiempo estimado de lectura: 17 min
2021-10-29 por Daniel Zárate

Hay días raros. Días en los que el propio espíritu parece hallarse fuera de lugar, fuera de sí, como en ligera descoordinación con sus pensamientos y obligaciones; es decir, con los pensamientos y obligaciones del cuerpo. Las calles, el aire, los árboles, la muchedumbre, incluso el mismo sol, parecen pertenecer a algún sitio extraño, a otra época, pero nunca al ahora, al aquí. Se ha trastocado sutilmente -cómo, no lo sé- la manera en la cual se perciben las sensaciones del mundo exterior; y de repente, el plato de arroz que tenemos frente a nosotros tiene algo de melancólico, de desencajado, a pesar de que se ha servido en la mesa como cualquier otro día.

Por lógica, o por necesidad, los días en los cuales nos encontramos en esta extraña predisposición de espíritu, vienen acompañados de una ruptura con la rutina que nos aleja de modo inconsciente, pero regular, uniforme, de los actos que conforman nuestra cotidianidad, y, por añadidura, de la realidad misma, o propia, más bien. Natural es que, si se troca un piñón, cambie el funcionamiento total del engranaje. Es todo tan impreciso, tan antinatural, a tal grado se ha retorcido el tuétano de las cosas (el mundo, lo que hacemos, lo que pasa, o pasó, qué sé yo) que llegamos al punto de decirnos “hoy no fui yo”.

Pues bien, hoy no fui yo, y tal vez todo haya comenzado ayer. A eso de las 11 de la noche me llegó un mensaje al celular que decía “¿A qué hora nos vemos mañana?”. Yo, poco acostumbrado a cargar con el peso de las decisiones, respondí con ligereza ¿A qué hora te queda bien? “A las 4 me desocupo” fue la respuesta que obtuve. No pude menos que sentirme ofendido, plato de segunda mesa.

¿A las 4 me desocupo? ¡Por favor! Era la primera vez que nos íbamos a ver, y sin más, parecía que yo no era lo más importante de su día. Además, me relegaba de nuevo la responsabilidad de tomar la decisión, qué cobarde. Como entendí las intenciones de su respuesta, y es en las primeras decisiones donde se establecen las dinámicas que han de gobernar una relación, aunque me tomó unos minutos ingeniarlo, y otros más decidir enviarlo, le contesté ¿Y qué hago con eso?

“Lo que quieras” contestó seca. Un golpe de suerte me indujo a quedarme callado, no sabía qué decirle. Ante mi mutismo, que se había prolongado unos 10 minutos, recibí su reacción, en otro mensaje me decía “A esa hora voy a estar en la salida de la clínica Palermo, tú verás”. Cualquier rastro de ofensa se esfumó de mi humor, e intentando retomar la ternura con que hasta el momento la había tratado, dije: “Allá estaré, bonita”.

No hablamos más en toda la noche. Sin embargo, a partir de entonces, sentí que lo que hacía se iba condicionando por el hecho que al día siguiente me vería con ella. Poco a poco me embargó una zozobra peculiar, entre la ansiedad por el encuentro y la rareza del asunto (pues no acostumbro a conocer gente de redes sociales) perdí la facultad de concentrarme, imposible fue culminar cualquier tarea que me hubiese propuesto para esa madrugada ociosa. Se mezclaban en mi cabeza la sensación de inseguridad con las probabilidades de la primera impresión.

No acierto a decir si creía tener algún pendiente importante por concluir, una tarea por entregar, un vigilante incorpóreo, puro mirada, inspeccionando mis actos, el movimiento de mis dedos, el encontrón entre mis cabellos, pero aún resignado a no hacer nada, la intranquilidad era dueña de mis sentidos. No sé a qué hora terminé por dormirme y desperté muy temprano. Aturdido, descolocado, como para el primer día en una nueva escuela.

De por sí, eso bastaba para hacer de hoy algo insólito, detesto madrugar. Aún con ello, estaba de buen humor, taciturno y lento, pero alegre, inofensivo. He dicho ya que con reemplazar una pieza cambia la máquina, al quitar un ladrillo se mueve la torre, al halar un hilo a veces se va toda la costura, etc. De modo que también desayuné, comida que no suelo tomar por la hora en que me despierto, pues a mi parecer, más prudente es almorzar temprano. Hoy eran las tres de la tarde y yo hasta el momento estaba embutiéndome el almuerzo, tenía que llegar a las 4, iba tarde.

Verdad es que siempre fui tarde, desde la noche anterior, cuando decidí llegar a las 4, iba tarde. Lo sabía, este fue uno de los aspectos que se mantuvo invariable. Lo contrario a otras veces, es que hoy relegaría a otros la facultad de transportarme, tendría otro en sus manos la decisión del rumbo que habría de conducirme al lugar esperado. Acostumbro a moverme en bicicleta, pero como no quería llegar sudado, maloliente, tomé bus.

Este último pasó rápido y vacío, cosa rara. Durante el viaje, que fue breve, experimenté un momento de lucidez infinita. Sobre el vehículo destartalado devoraba impío las calles de una Bogotá medio soleada medio encapotada, arrasaba con montones de paredes repletas de grafitis que claman por la memoria de las cosas olvidadas, lo mismo que los edificios, me consumía el cielo, era el mundo el que quedaba atrás, y yo, avanzando, no pude menos que palpar con los ojos el paso del tiempo.

La lucidez llegó pronto a su fin. Al bajar del bus me entraron los nervios, y mientras caminaba las dos cuadras que hay de la 45 a la clínica Palermo sentí unas ganas horrendas de cagar. Afortunadamente, en cuanto la vi -estaba comprando un pedazo de coco a un vendedor ambulante- los nervios se transformaron en un pasmo de calma.

La tarde con ella fue el ojo del huracán. Nos saludamos, caminamos entre calles fumando un porro, hablando, limando con palabras la pena que se presenta como capa ineludible en los primeros encuentros; una vez terminamos, fuimos a comer a un centro comercial, en Crepes & Waffles. He de confesar que la cita presentaba el carácter de un reencuentro entre dos viejos conocidos: una extraña confianza se cola bajo cuerda, mientras que, por encima, en los cruces espontáneos de miradas de variable duración, una indescriptible tensión entrechoca, explotando en la imagen de una persona de la cual no se sabe absolutamente nada, lo que obliga a bajar la mirada.

Eventualmente, esta tensión se desvanece, y al momento de pagar la cuenta, ya no existía. Ella sabe que no tengo trabajo, también ella decidió ir a Crepes & Waffles, lo lógico es que se encargase del asunto, pienso yo. Cuando la camarera nos trajo la carta con una larga factura, que se me antojó como un completo desperdicio de papel en comparación a cuanto habíamos comido, empezó a buscar dinero en su bolso y sin mirarme preguntó sencilla, hablando con nadie “¿Cuánto tienes?” ¡Qué gesto tan encantador! parecía consentirme, y más aún, aliviarme, comprenderme… Es una posición ventajosa si es la dinámica que se ha de sostener en nuestra relación.

14, contesté. Abrió sus ojos en señal de aprobación, soltó una risita, como indicando ¡Más que bien! Y puso lo que faltaba para completar la deuda. Seguramente no volverá a salir con un tipo que no tiene para pagar su mitad de Crepes & Waffles, pero no negará que los porros que fumamos estuvieron bien pegados, que los parques que caminamos eran seguros y que la conversación fue interesante, de lo más amena. Para mí, era sumamente natural seguir los pasos de esa pequeña presencia (es bajita, mide poco más de metro y medio), que se había decidido a protegerme, a acunarme, como si fuese yo un infante, o una presencia débil, en comparación.

Cuando al final de la cita me dijo “Acompáñame a transmi, plis” realmente no me estaba pidiendo un favor. Su tono correspondía al de una madre que le dice a su hijo: Acompáñame a la tienda, por favor, que en lugar de pedir da una orden, pues el niño y la madre saben que no hay modo de que el pequeño se quede solo en la casa. Así pues, llegamos a la estación, y yo, que no había tenido tiempo de pensar cómo volvería a casa, decidí también tomar Transmilenio.

Nos despedimos y quedé desorientado, perdido dentro de una larga estación que, pese a la poca gente que aún transitaba por ella, presentaba aspecto de total abandono. Leí los letreros, y según eso debía tomar el número 8, hasta la estación de la 22, desde donde parten dos buses que toman la calle 26. Esperé entonces a que llegara el bus, cavilando pensamientos alrededor de ella, del encuentro, de si había sido, o no, un éxito.

Al fin pasó el Transmilenio y me subí en el último vagón. Representé, sin duda, un objeto curioso para los ocupantes de este; sus miradas impacientes me escudriñaron de arriba abajo con la velocidad de quien no quiere perderse algo insólito, en cuestión de segundos. Por mi parte, respondí el lance con una mirada panorámica, sin reparar detenidamente en ninguno de ellos, y quise volver a mis pensamientos, pero, inmediatamente, como quien cae en cuenta de que ha descubierto algo escondido que siempre ha estado allí, volví a mirar de nuevo, más detenidamente, con ojo avizor. Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que era la única, la única persona de tez blanca, y no tan blanca, en aquel vagón.

Los otros ocupantes, vestidos con ropa de remate, chaquetas desteñidas, hechas de tela muy fina, y cargados todos ellos con grandes paquetes o maletas, presentaban en sus cuerpos el color de tez del indígena. Sin embargo, lejos de semejarse a la lozanía del cuerpo unido a la tierra, estos parecían despreciarla, alejarse de ella, hundirse entre arrugas y suciedad, secarse en medio de las corrientes de sus tristezas, a las que buscaban solución con sus miradas gachas o sus conversaciones llenas de confidencias. Volvía a mí la lucidez que horas antes tuve en el bus.

Era palpable el rastro de baba con que nos untaba la historia. El Transmilenio se dirigía al sur, tan al sur que ni recuerdo dónde, y así los destinos de la ciudad y el color de piel se correspondían, se daban enemistados un flácido apretón de manos. Otra vez los indios, esta vez por haber sido indios, expulsados hacia las fronteras, hacia la ciudad olvidada, desconocida, intrépida, mientras el blanco, cómodo, cerca, en lo civilizado. En la siguiente parada, que también correspondía a la próxima estación, se bajó del Transmilenio la única persona, aparte de mí, que pude reconocer, era de tez blanca, nadie más bajó aparte de ella. En su lugar se subió una señorita, de blancura y pecas campesinas, que corría por los altos años de los 20. Junto a ella, un hombre de unos 35 años, barbado, de ojos muy saltones, y que, a pesar de llevar gorra, reconocí calvo.

- Buenas noches, señoras y señores – comenzó el hombre, con acento venezolano – no venimos aquí con historias trágicas, ni a vender dulces. Venimos a compartirles el don que Dios nos ha dado – continúo, mientras la señorita sacaba de su bolsillo un pañuelo, una bayetilla roja, que doblaba meticulosamente – porque Dios nos ha dado un don a cada uno de nosotros y debemos aprovecharlo, compartirlo – ella dio una última mirada y la espalda al público del último vagón.

- Me presento, soy ***** – he olvidado su nombre, y el de ella – de la ciudad de Caracas, y ella es mi esposa **** de aquí, de la ciudad de Bogotá. Ella y yo tenemos una conexión especial ¡Somos los mentalistas! – fue así como se presentaron a sí mismos, a la par que la señorita **** ataba el pañuelo alrededor de sus ojos – y vamos a demostrarles por qué somos los mentalistas. ¡Mujer! – exclamó de nuevo, después de caminar unos pasos por el vagón – ¿alcanza a llegar hasta la marca de los tenis de esta señora que va sentada aquí?

- Sí señor – contestó vivamente, como respondiendo una orden militar.

- ¿Cuál es la marca? – gritó el hombre que continuaba caminando alrededor del vagón, para quien era realmente su escenario.

- ¡New Balance!

- Bien. ¿Alcanza a llegar hasta la marca de la sudadera de este caballero?

- ¡Adidas!

- Bien. ¿Alcanza a llegar hasta el objeto que tiene en sus pies este caballero?

- Sí.

- ¿Qué es? Rápido, rápido.

- ¡Un maletín! – voceó la señorita ****, que bamboleaba sus dedos inquietos sobre la baranda de que se sostenía y parecía hacer esfuerzos inauditos por concentrarse.

- Bien, muy bien. Ahora usted, señorita – dijo el hombre, dirigiéndose a una mujer que iba de pie a pocos pasos de donde yo me encontraba, y sacando de sus bolsillos libreta y lápiz – sería tan amable de escribir aquí su fecha de nacimiento – en la libreta había marcadas tres columnas por líneas irregulares, correspondientes a día, mes y año.

Mientras la mujer escribía, fijé mis ojos en la señorita ****, quien respiraba profundamente, con la cabeza gacha, extendiendo los labios hacia el frente y repitiendo el movimiento de los dedos, uno a uno, sobre la varilla, como si fuese un piano delicado el que tocase. En la libreta estaban escritos los números 08/03/1978.

- ¡Mujer! – retomó el hombre venezolano – ¿puede llegar hasta el día de nacimiento de la señorita?

- ¡Ocho! – Bien. ¿hasta el mes? - ¡Tres! – Bien. ¿hasta el año? - ¡Uno-nueve-siete-ocho! – Bien. ¿Alcanza a llegar hasta la fecha de nacimiento de la señorita? - ¡Ocho de Marzo de mil novecientos setenta y ocho!

- Bien. En aquel momento, yo examinaba a la señorita **** procurando encontrar algún indicio del mecanismo que usarían para facilitar la visión, o la comunicación, de los objetos. Intentaba calcular si le era posible ver a través de los reflejos de la puerta o las ventanas, más esto, pese a ser probable, era poco verosímil, y no alcanzaba a explicar el acierto en la fecha de nacimiento de la señora. Pensé que quizá las frases tendrían algún mensaje codificado, pero el tono de formular las preguntas era tan regular, y era tan poco lo que de ellas se podía deducir, que terminé por abandonar estos pensamientos. ¿Qué era, entonces, lo que le permitía adivinar a la señorita **** la respuesta correcta a las preguntas que le formulaba su marido?

- No se les olvide que esto no es más que un don que Dios nos ha dado y que venimos a compartirles – añadió el hombre, que pasando por mi lado pareció adivinar mis pensamientos. Repitió los ejercicios, esta vez en orden inverso. En primer lugar, la fecha de nacimiento de un señor de edad, y posteriormente, preguntó la marca de la vestimenta completa de una señora que iba sentada atrás de este. En todo el acto, el hombre venezolano pareció no parpadear.

- Bien. ¿Alcanza, si no es mucha imprudencia, llegar hasta la marca de la ropa interior de la señora? – la señora en cuestión negó con la cabeza.

- ¡Love Army! – gritó a su vez la señorita ****.

La señora se ruborizó sobre su piel canela y mugre e hizo un gesto afirmativo. No existía modo alguno en que la señorita **** se percatase de aquella mueca, pese a esto, alcancé a notar que, de sus labios, los cuales dejó de extender por un breve segundo, se escapó una pícara sonrisita. Desde entonces no pude quitarle la mirada de encima.

El acto que presentaban ante nosotros, los ocupantes del último vagón, acaparaba las miradas y la atención de todos, nadie miraba por la ventana, ninguno tenía en las manos el celular, había una cantidad cuantiosa de cuellos torcidos, y quién sabe si el conductor no miraba a través del retrovisor. Podía sentir las miradas que, desde los otros vagones, se alargaban a través del espacio vacío y seguían los pasos y palabras del hombre venezolano, quien, como en un frenesí, caminaba de un lado a otro del vagón sin parpadear, lanzando violenta ráfaga de preguntas a su esposa, quién contestaba con la misma velocidad furiosa con que le eran formuladas.

- ¡Under Armour! – Bien. ¿Alcanza a llegar hasta el color de medias de este señor? - ¡Cafés con rayas negras! – Bien. ¿Alcanza a llegar hasta lo que lleva en las manos esta señorita? – ¡Un estuche de maquillaje! – Bien. ¿Alcanza a llegar hasta el color de uñas de la señorita que va a su lado?... Era impresionante, el nivel de especificidad que se manejaba, y la rapidez con que se respondía, le daban al espectáculo un toque fantástico, irreal.

Sin poder apartar mi mirada de la señorita ****, y quizá por esta misma causa, fui sintiéndome embotado, como encantado por los gritos penetrantes de esta tierna campesina y empalagado por el acento en la voz del hombre venezolano; a cada sílaba que pronunciaban desaparecían un rostro, un sonido, un susurro, una imagen de las que se esparcían a mí alrededor hasta quedar los tres, abandonados en una burbuja acuosa y totalmente blanca.

En medio de mi encantamiento, me parecía conocer las respuestas, y aún las mismas preguntas, que estaba por hacer el señor *****, y sin saberlo, aunque luego logré darme cuenta de ello, repetía los gestos de los labios y el tamborileo de los dedos que realizaba la señorita ****. Puedo atreverme a decir, aunque no a dar fe, de que llevaba también los ojos cerrados. Perdí entonces mi voluntad, más nadie se la había robado, simplemente, no sabía en realidad dónde estaba o qué había sido de ella, no la traía conmigo.

Una voz robótica que anunciaba “Próximas paradas, calle 22 y calle 19” estalló la burbuja, y reaparecieron de golpe las sensaciones normales del mundo, el movimiento de los dedos, la gesticulación de los labios. Este retorno es algo que pasaré por algo, pues no puedo explicarlo.

- Bien. ¿Alcanza a llegar hasta lo que lleva encima este hombre? – volteé a mirar. El adverbio encima me hizo suponer que hablaba de algo puesto sobre el hombre, y como vestía una gorra, nada me pareció más lógico. Sin embargo, por primera vez, la señorita **** se demoraba en contestar. – Rápido, rápido mujer, que si no después no nos van a creer – dijo el venezolano mirando fijamente al suelo, aunque, a decir verdad, ya nadie dudaba de su conexión. La señorita **** movía sus dedos con cierta angustia.

El Transmilenio se acercaba a la parada de la calle 22, y como la señorita no respondía y alargaba cada vez más sus labios, yo apuraba insistentemente “Una gorra, una gorra”, procurando comunicar la respuesta por medio de mis pensamientos. - ¡Una gorra! – exclamó al fin, mientras el Transmilenio frenaba ante las puertas de la estación. - ¡No mujer! – clamó furioso el venezolano, pese a que había sido una proeza adivinar que llevaba una gorra - ¡Un celular! ¡Un celular! – la señorita **** retiró el pañuelo de sus ojos y volteó a mirarme fuerte y desdeñosamente. Me hacía un reproche, como si el yerro hubiese sido a causa mía.

Sorteé en mis bolsillos a ver si encontraba una moneda, pero nada, no tenía un solo peso. El hombre venezolano empezó a cerrar el espectáculo, y yo tuve que bajarme antes de darle, aunque fuese un aplauso. Pregunté a una policía que vigilaba la estación dónde paraba un k, pues la de la calle 22 no tiene letreros, se han robado las placas de aluminio sobre las cuales estos se colocan.

De regreso a casa, también en el último vagón, volví a presenciar una lámina de grafitis y edificios, regados a lo largo de la calle 26 como un montón de pastas cortadas. A medida que nos acercamos al aeropuerto cambia la fisionomía de la ciudad, los edificios se cargan de lujo, las casas de pintura, los andenes adquieren grosor, se limpian las paredes, disminuye la basura regada en las calles…



Sobre el autor

Daniel Zárate

Editor, Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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