Literatura

Me dicen el idiota, pero es solo un apodo

Tiempo estimado de lectura: 4 min
2020-09-23 por Andrés Camacho

Desde que tenía unos 5 años, me decían el idiota por alguna torpeza que cometía o por romper, sin querer, los juguetes que me daban. Mi papá me decía: - deja de ser tan idiota y compórtate con la edad que tienes -. Nunca tuve hermanos con quien comparar qué tan idiota era respecto a otros niños de mi edad, mientras que en el colegio, siempre estuve tan pendiente de no cometer estupideces, que ni me fijaba en qué hacían los otros.

Con el pasar de los años comprendí que soy una persona torpe, y encontré varias razones por las que me llamaban el idiota. Tanto así que un día me enredé con un balón de fútbol, fui a dar al piso, y del golpe me rompí la nariz. La tengo deforme desde ahí. Mi papá me levantó del piso y después de llegar a casa me dijo por fin: - te advertí que dejaras de ser un idiota -.

Nunca entendí del todo a mi papá y sus constantes regaños. Luchó durante toda su vida para que yo fuera igual a él, pero con la idiotez se nace. No me podía despertar un día y decir: - me curé -. Él no lo entendía. Trataba de pensar que mi papá estaba equivocado, y solo me presionaba para que fuera mejor.

Me decía constantemente: - no puede ser que seas tan idiota como dicen -. Creía que era un apodo que usaban conmigo. Lo personalicé tanto que cuando gritan en la calle: - idiota - pensé que me hablaban. Con el tiempo podrían decirme cualquier insulto y no lo sentía en mi ego, al menos eso me enseñó mi papá.

No soy el hombre que fue mi papá. No sé arreglar el motor de un carro y menos manejarlo. Si se daña la nevera en mi casa lo único que puedo hacer es llamar al ferretero, y es un hijueputa porque siempre me cobra de más. Si aparece un animal o insecto en la casa, no tengo mujer que me ayude a espantarlo. Aparte de idiota, inútil.

Mi primer trabajo fue como mesero en un restaurante en el centro de Bogotá, al lado de una universidad de solo gomelos. El cocinero siempre me gritaba porque no les entendía el acento a los estudiantes, yo tomaba mal las órdenes o confundía las mesas. En las noches se convertía el espacio en un bar, pero no me dejaban trabajar ya que decían que yo me dejaba engatusar de las viejas que llegaban. A mi jefe le susurraba cada vez que me gritaba: me dicen el idiota, pero es solo un apodo.

Ese trabajo me duró apenas 4 meses, no se aguantaron que me comiera el queso a escondidas en el baño. En el tercer mes me levanté una estudiante que iba todos los días al restaurante. Ella venía de una familia de plata y el papá había sido como ministro hace una década. Con el tiempo empezamos a salir, yo buscaba la plata vendiendo minutos, así podía invitarla una vez a la semana, aunque a veces tocaba pagar por mitades.

Guardaba algo de plata para salir con mis amigos, pero a ella no podía invitarla al ambiente del sur, a cuadra picha. Siempre fue muy caro invitarla a un tinto cerca a su casa, una vez me tocó irme caminando a la una de la mañana porque ningún bus me llevó por menos de mil pesos. Me daba mucha pena pedirle plata para el transporte, pero una vez me tocó.

Me dejó cuando le conté que no había acabado el colegio, luego la vi a la semana en el carro de un gomelo cerca de la universidad.

Sigo buscando qué hacer, me la paso viendo trabajos en el periódico. Me dedico a escribir y a atender a mi mamá en la casa (no sabe hacer nada). Siempre que rompo algún plato o vaso, me dice: - ¡qué idiota! -. Yo solo le puedo susurrar: - me dicen el idiota, pero es tan solo un apodo -.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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