Literatura

Mi viaje de mil

Tiempo estimado de lectura: 6 min
2021-07-23 por Tatiana Acevedo

Montar en bus es tan cotidiano para muchos, pero siempre es diferente e inesperado. Es como una terapia, muchos la toman a diario, otros con ansias, otros en extrema necesidad, algunos por gusto y el resto no lo sé; pero, la mayoría de veces tienen una experiencia trascendental. Eran las ocho de la noche y tenía que salir en media hora. No alcanzo a pasar más de un minuto y yo ya había visto el reloj tres veces mientras mi pie pegaba contra el piso y llevaba el ritmo de los segundos. Necesitaba salir a la hora exacta o se me haría tarde. Yo solo pensaba la tortura que era esperar un bus y más si venía a paso de tortuga, ya tenía los pelos de punta y nada que llegaba la hora. ¡Por fin! A las 8:30 marcó mi reloj, agarré mi bolso y salí corriendo cómo si estuviera espantada. En un minuto ya estuve en el paradero y la verdad, coger bus, no es mi parte favorita a la hora de salir y menos de noche.

En el paradero miré hacia un lado y hacia el otro, algo dentro de mí, en las noches siente miedo de esperar el bus. En los pocos segundos que gasté esperando, hice la película del siglo con miedo. Me imaginé un robo, el man que llega de la nada con su pistola y su actitud ruda, no necesita nada más para cumplir su fechoría solo apuntar; Y luego, llegó a mi cabeza un robo sin arma, un poco más complicado de llevar con una búsqueda de palabras perfectas por parte del ladrón para persuadir a su víctima; la adrenalina en mi escena fue bajando, ya me imaginé algo casual, el saludito de alguien que va pasando y la sonrisa que se escapa con amor o por hipocresía. Al mismo tiempo que pensaba como loca me preguntaba ¿Para dónde va ese bus? y ahí esforzaba mi vista para leer el letrero y preparar mi mano para tomarlo en el punto exacto. Si el conductor paraba y la puerta quedaba frente a mí podría subirme de una, antes que todos los que estaban esperando conmigo y por supuesto cogería un puesto libre o sino debería esperar que todos se subieran a su paso al bus y mínimo me tocaría de pie.

Llegó el momento deseado y ya estaba yo subida en el bus sentada muy cómoda, poco empática, la verdad. Acomode mi chaqueta para que nadie se fuera a sentar sobre ella por equivocación, solo pensar que tenía que jalarla debajo de esa persona o decirle a alguien que se quitará y eso todo caliente, me repugnaba. Saqué mis audífonos de la maleta, puse música en inglés a todo volumen, sí para que el que iba a mi lado escuchara y pensara que soy cool. Sin embargo, a pesar del volumen de vez en cuando había ráfagas de voces que me inquietaban, pero no me quitaba los audífonos para disimular que quería escuchar conversaciones ajenas, nada más bueno que el drama del otro porque me encanta el sufrimiento. Y para completar el juego esquivaba miradas, no faltaba la viejita que quisiera mi puesto o el vendedor ambulante que se subiera por una monedita. Cerraba los ojos una que otra vez y después enfoque mis ojos en mi celular y luego en el del vecino. Pese a estar fisgoneando el celular de otro, los ojos son traicioneros, ellos saltan a mirar fijamente a otros ojos como si tuvieran un imán. Y los míos cruzaron miradas con el tipo que se estaba subiendo al bus, fijo pensó que estaba coqueteándole.

Para rematarla, mis miradas son potentes cuando no las controlo. Visto y desvisto a quien miro. De pies a cabeza o de cabeza a pies, como me sea más conveniente. Puede ser un acto casi erótico o un poco más banal. Esa noche despellejé a más de uno, digo noche, pero fueron minutos candentes para mi imaginación. Frente a mí estaba el típico man de gimnasio con sus buenos músculos y la carita un poco regular, pero lleno de actitud y creyéndose el putas. Lo miré de arriba a abajo y luego al centro, se dio la vuelta mientras agarró la barra para no caerse y la cola quedó justo frente a mis ojos. Un deleite por un momento, sin embargo, la mano que tenía libre estaba muy temblorosa y se veía a lo lejos sudorosa. Ahí pensé que de eso tan bueno no dan tanto y fijo en el acto bien malo era.

Después mis oídos fueron útiles, el volumen de la música empezó a subir y bajar. Mientras, escuchaba voces que me emocionaban y otras que me asqueaban. Era la combinación perfecta para explotar mi mente. Entre tanto, la charla típica entre dos amigas y los cachos que le pegaron a la otra, la que estaba ausente. Las chicas eran tan detallistas que yo les seguía el chismón en mi mente, me imaginaba paso a paso lo que contaban. Todo mundo, hasta el bus completo, sabía cómo el novio de su amiga se comía a otras, y ella no sabía, porque cómo reaccionaría, pobre la boba. Ahí pensé, amigo el ratón del queso.

En este punto, tuve otro pensamiento fugaz, pero no superficial. Vi con otros ojos el estar viajando en bus. Como aquí pensamos y repensamos lo que muchas veces no queremos pensar o estamos evadiendo. Nos surgen ideas que nunca imaginamos pero que necesitábamos, nos florecen sentimientos que queremos dejar en el olvido o nos da pena aceptar que sentimos eso. Pensé cómo en algunos casos, puedo ser esa amiga que calla frente a quien no debe y habla donde no corresponde. Como una palabra en el momento indicado puede cambiar el rumbo.

Y, como si fuera poco lo que sucedió, hubo un trancón con un muerto incluido. Nadie quería ver porque en este bus nadie es chismoso, pero todos estaban pegados a la ventana con sus ojos saltones. Ya no era excitante el chisme, era penetrante. Ver el charco de sangre, la policía, la ambulancia, el mundo revolotear te achicharra el corazón, sin embargo, tú ahí estabas, morboso, por saber qué pasó. No te quitaste los audífonos, pero bajaste el volumen totalmente y escuchas -lo mataron a cuchillo. ¡Fuerte!, te sentiste completo al saber qué pasó con ese cuerpo. No es solo un viaje en bus, va más allá de ir sentando con desconocidos o parado intentando no dejarse caer. Es un instante que nos sacude desde el cuerpo hasta el corazón.

Mi juego mental iba en decadencia, se acercaba mi destino y ahora solo hacía cuentas cuánto tiempo me quedaba de viaje y lo mejor, me he bajado incontables veces de un bus y sigo desperdiciando tiempo en pensar como levantarme de la silla y qué debo decirle al conductor. Por desgracia, en estos buses no hay paradas fijas ni timbre como en los de la ciudad, hay que gritarle al conductor que pare y rogar que frené donde necesito y no en un charco. A la par, busqué en mi bolso una moneda de mil, lo que me vale el pasaje de mi casa al centro; por fortuna, en el pueblo es barato hasta el bus. Con moneda en mano, me levanté sujetándome fuerte, no quería caerme y sentía que todos estaban pendientes de mí, cuando en realidad nadie se había fijado en mí, ni siquiera se habían percatado que existía por estar pendiente del chisme o del muerto. Terminó mi viaje de mil pesos, miradas incómodas y pensamientos fugaces, Sin más, me bajé del bus.



Sobre la autora

Tatiana Acevedo

Escritora

Antropóloga. Amiga del vino y la comida. Amante de la escritura y la poesía. Inspirada en la luna y la vida. Segura que las letras pueden cautivar a alguien sin rumbo. Me gusta escribir sobre lo que me hace vibrar y escapar un poco de lo académico.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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