Literatura

Noa

Tiempo estimado de lectura: 8 min
2021-03-26 por Alex Noa

Esta ha sido una lucha de años.

Son las 2:22 de la mañana, y siento que ya fue suficiente por hoy. Empieza a consumirme la ansiedad, de nuevo, como un torbellino de vibraciones involuntarias que inician desde mis pies y progresivamente van inestabilizando todo mi cuerpo. Llevo días sin poder pensar con claridad, sin dormir ni soñar. ¿Acaso estaré perdiendo el juicio? o ¿me estará él perdiendo a mí?

Mis pies, mis pobres y cansados pies; me duelen, estoy a medio camino, pero quiero rendirme, lo confieso vergonzosamente; desde el profundo abismo de mi corazón admito que me siento cansada de esta corporalidad. Los años pasan y pesan, recolectan los residuos de las heridas que afectan el constante fluir de la consciencia y me convierten en llaga; una llaga en el alma que me habita.

Este es el registro de mi condición.
No puedo escribir bien, lo intento y tengo que corregir toda palabra que va naciendo, pues mis manos actúan torpe e individualmente, como si no me fuesen propias.

Alucino.

Me sitúo frente a un horizonte imaginario y me siento total y definitivamente sola. Mi cuerpo no ha dejado de temblar, y entonces intento atender a las recomendaciones, "no le permitas, que no te gane, hazle frente." Pero, ¿qué puede hacer tan mísero personaje ante tan vasta alucinación?

Ya no estoy aquí.

Tengo que subir a mi canoa (siempre me espera una), tomar mis remos y rendirme a la mar y sin dirección. No sé qué es lo que necesito, sin embargo, en mis maletas, que son pequeñas, traigo un sombrero de copa, y un bastón perfecto con un cuervo tallado que mira con los ojos de dios; vanidad y codicia.

Vicios.

Ahora reconozco que he bebido en demasía y odio beber. En dicha condición, es decir la mía, los episodios pueden llegar a durar días enteros. Leo Dostoievski con sus memorias del subsuelo, lo leo pero leerlo es quebrarme; inocentemente intento salir de mi pesadilla, sin embargo, es difícil leer y más difícil aún es escribir. Nunca he sabido cómo controlar nada en mi desfase.

Esto me avería despiadadamente, soy joven y me encuentro terriblemente exhausta; más toda esta ansiedad, que es colosal y se adhiere a mi triste corporalidad, debilita mi piel, mi carne, y hasta mis huesos. Luego se atisba el deseo de no ser un caso perdido, de haber acogido y por consiguiente dolido, por ejemplo, la carta del lobo estepario, o las razones de Mersault. Entonces releo y edito con manos torpes, y sé que en el fondo no sé ni qué es lo que quiero decir, pues ya ni siquiera sé cómo ni en qué pensar.

He alucinado en medio de las personas sin poder pedir ayuda, y eso es quizás porque siento pena por ellos. Me aterra pensar que no son conscientes de lo solos que están. Aunque puede que en realidad todo ésto se trate (y se trate imperativamente) de que ya es tiempo de darme cuenta que la pena en realidad ha de sentirse es por mí, que desde hace mucho sé de la mentira que guarda el apego y que por ello fue que me resigné terminantemente a permanecer en mi solitariedad. Las gentes me ven y les parezco un demonio que carga la sapiencia de la descomposición humana. "Analízame, anda, averigua en mis ojos lo que mi voz no profesa." No puedo. No puedo ver a nadie a los ojos en esos instantes. Mis instrumentos se encuentran perdidos en el mar de mis alucinaciones.

Necedad.

Qué disparate resultar disparándome a mí misma, que en ese ideal de profeta fui recorriendo caminos que no llegaban a ningún sitio, y ahora, ya no sé por dónde volver. El problema de mi condición es simple de descifrar, mas no de soportar; una vez doy un paso las huellas se borran y el camino hacia atrás se transforma en escaleras en espiral. Parezco incapaz de terminar mis ideas, como si nada aquí adentro fuese razonable.

El desenfreno, la putrefacción, la degradación. Todo ello hay en mí, que ya me han calificado de artista y de bohemia, de profeta y hasta de hechicera. Sin embargo, un ser humano soy y me rindo a mi condición con la humildad herida. No tengo a quién proteger, me deshice en los intentos de conocerme y terminé por fragmentar mi vida en un Franco alucinado, maníaco, depresivo, excéntrico y talentoso que nada de sí le convence. Y un Pablo inocente que sólo busca refugio. Ya no hay canoa sino arena, camino y no sé a dónde ir, entonces me devuelvo y bajo, bajo, y sigo bajando. Escaleras en espiral que se pierden en oscuridad y silencio.

Olor a muerte.

Deseo morir, no puedo fingir que no; estoy hecha polvo.

Franco alucina conmigo.

Ahora estoy en la cabeza de Franco y siento que atravieso un estanque que canta. Él canta.
Me ahogo triste y sin defenderme del agua que se incorpora en mis órganos. Exijo morir, pero no puedo dejar de quejarme, la vida aún me agarra en sus manos y mis brazos no dejan de temblar.

No intento darle sentido a lo que digo, así lo vivo, así ha sido por años. Me retuerzo. Siento que me habla una voz y ya no es agua sino viento, y entonces un dios nace y sólo yo puedo verlo morir. El viento no calla, el mar no se aquieta y yo no puedo dejar de alucinar.

Sensación de vértigo.

Deseo caer y deshacerme en medio de la caída. Mis brazos siguen desmoronándose, caen granos de la arena de mi piel y no dejan de caer, no dejan de caer, no dejan de caer.

Odio.

Odio profundo e irracional.

Podría matarme a mí misma por odio y luego todo será tarde, en efecto, pues para mí nunca ha sido temprano. ¿O cómo concebir la temporalidad cuando todos los relojes son de arena, y lo único que puedo ver es que se acaba, que se acaba trágica y lentamente ante mis ojos?

Piedad de mi alma, el dios de los insensatos ha herido su propia cabeza al pensarme a mí. Ahora tengo la sensación de no saber de lo que hablo, entonces me salgo de Franco, pero lo traigo conmigo.

Recuerdos; hay todo un oasis de ellos aquí.

Veo una niña y ella juega, ella sólo juega con su amigo.

Y así era, en la infancia sólo tuve un amigo, era largo, muy delgado y su piel era gris. No hablaba, no respondía, apenas sabía sonreír con la sonrisa del que es sabio y no desea nada. Por supuesto que sólo mis ojos podían percibirlo. ¿Cuándo fue que le vi por última vez? La ansiedad vuelve, la siento en mis hombros, empieza el contrapeso y ya siento lo que es estar en mi propia cabeza. Siento miedo, me arrepiento de desear la muerte, de querer rendirme.

Intento hablar, pero desisto, no puedo, se me atrofia el léxico, se me olvidan las palabras, no pienso, no pienso y no pienso; intento, pero intentar no es alcanzar, no sé cómo controlarlo, ya nada sirve y soy torpe y soy torpe y soy torpe.

Soy torpe.

Me consume, estoy enferma y mi enfermedad me reduce hasta deshacerme en la nada, hasta verme agonizar y suplicar no más, no más; dios dame tu mano y suéltame enseguida. Los delirios suben, suben hasta lo más alto de mi pensar. Veo gente, y siempre es así, veo gente que va y viene, no hay rostros, sólo gente que se desdibuja y cae en forma de cenizas que el viento arrastra. No sé lo que es tener una vida normal.

Mi cuerpo vibra solo, exaspera de agonía, le duele no saberse propio. Los movimientos son ajenos a mí, esta corporalidad suplica mientras mi cabeza alucina; estoy en mi canoa, de nuevo y sin previo aviso, con mi sombrero de copa y mi bastón de cuervo y el cielo es índigo y arriba, bien arriba se asoma un sol. Un sol que tiene dos pupilas enormes y se pelean en el mismo ojo por enfocar.

Las estrellas brillan magenta, mi canoa flota, está quieta, pero flota. El mar no es cristalino, es oscuro, pero brilla, tocarlo es tocar el aceite y entonces dan ganas de no tocarlo más. Así que me lanzo y el mundo da vuelta, el mar no es negro, sino que es cielo y se cae, se cae como arena, y noto que mis brazos aún no se desmoronan del todo, pero me queda poco.
Me retuerzo y suplico por ayuda, a Franco, que no me mira.

Qué fácil morir, qué fácil morir. Hay ángeles que se caen en mi desierto, vienen aquí a morir, como las gaviotas.

¿Siempre han sido gaviotas? Mi canoa está a la inversa y yo estoy navegando por el cielo, de cabeza. Mi cuervo sonríe y me asusto, lo lanzo y cae hacia arriba. El cuervo observa y yo tengo que enfrentarlo. Mátame de una buena vez y no me dejes aquí así. Me duele. Me mira, me mira y no parpadea.

Ahora camino en el desierto, de nuevo y sin previo aviso, y me encuentro dos espejos que están de frente, reflejan la incalculable locura de tenerse uno frente al otro y se ve una interminable puerta que es verde, me instalo en la mitad y me veo hacia adelante y hacia atrás, en un infinito vis a vis.

Hola, mi nombre es Noa y estoy aquí porque no puedo estar en otro lado. Por favor, cuando todo salga de control apuntar a la cabeza.

Me despierto, pero todavía no del todo. Mis amigos han venido por mí y todos cargan un sombrero de copa, pero entonces me doy cuenta de que es imposible porque aún no son ni las 4 am, y, sin embargo, el sol me mira.

Recaída.

No quiero vivir, no quiero reconocer a nadie, nadie está cerca y nadie es mi amigo. La distorsión es vasta, me duelen los pulmones, el estómago, las vísceras… Mi condición humana es detestable, no nací como los bienaventurados, pues alucino contra mi voluntad.
¿Que si lo había mencionado antes? No. De haberlo hecho de seguro nadie me habría tomado en serio.

Franco alucina con Pablo.

Distorsión.

Suenan voces, siempre ha sido así. Suenan voces que no hablan conmigo pero que nadie más escucha. Deseo morir. Siempre deseo morir cuando mi canoa se da vuelta y me quedo estática; puedo ver, pero no enfocar. Soy también el gran ojo de dos pupilas. Descubro que mi realidad aparenta ser un monstruo invariable, persistente y enorme, que me respira en la nuca.

Agotamiento.

Me doy por vencida, maldita barra de taberna de esquina. Nunca hubo amigos con sombreros de copa, ni soles que observen, ni mares que lluevan arena a la inversa.
Entonces, en el viaje se desplaza mi locura, y yo remo hacia el horizonte. Y así, atendiendo al vacío y la excesiva soledad, y en consuelo inútil, vivo mi larga agonía como un breve resumen.



Sobre el autor

Alex Noa

Escritor

Mimetizado con la lluvia, me habita la convergencia constante entre la literatura y el dibujo. Me decidí por ser buceador profesional en el mar de mis incógnitas. No tengo nada que perder, porque no hay nada que haya sido mío; ni siquiera mis letras, que aunque salgan de mí, siempre eligen crecer en los otros.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



Cargando comentarios...
Scroll to Top