Literatura

Notas de Pablo

Tiempo estimado de lectura: 7 min
2021-01-29 por Noa Alekei

Nada de esto tiene sentido básicamente porque estoy intentando quitárselo.

Hay una vastedad incomprensible en ese color; me atrapa, pero, tengo que dejar de mirarlo, por si acaso me ahogo allí y se me convierte en esos macabros recordatorios dignos del "nadie te obligó a sumergirte en estos ojos" y luego tenga que tragarme el "te dije que lo mejor era no involucrar sentimientos"; entonces concluyo que Sara tiene un color de ojos letal básicamente porque me recuerda la profundidad de mi caída.

Ella es macabra porque tiene los ojos del mismo color del jade, guarda un misterio, un secreto tentador, una paz voluble, un caos inminente, un enigma grato. Y me cabrea, Sara me cabrea, lo hace más veces de las que tiene planeadas sólo porque veo que disfruta volverme loco, y entonces yo tengo que encogerme y mirarla de reojo para "no ser tan evidente" mientras ella me mira con ojos de "vaya lío de tipo".

Llevo noches soñando con ella y cargando el castigo de no recordar exactamente qué. Y tengo luego que salir de mi casa y toparme con sus ojos y no saber si preguntarle por su día o por sus sueños, o si acaso recuerda más de lo que yo, o si acaso merezco que me diga de nuevo "usted está loquito" y entonces no preguntarle nada y sólo pedirle "Sara pegue otro bareto y cuénteme cuál era el nombre de la película que no se acordó ayer".

Pero entonces por otro lado tengo a Franco diciendo "son sólo ilusiones disfrazadas, bájate del viaje y date cuenta que unos ojos no sacian la sed del alma" y yo le digo "no tengo sed en el alma" y él se ríe amablemente como quien lanza atisbos de lástima.

El problema es que Franco no es capaz de ver nada con el corazón, entonces intento mostrarle otra forma de comprender unos ojos y él me dice "hay exactamente lo mismo que en cualquier otra mirada", yo intento descifrarlo y me dice "soledad", así que yo tengo que explicarle que eso es entonces lo que me mueve y él me detiene con un "eres inenarrable, Pablo, no haces más que provocarte heridas tú solo".

Lo comprendo y me prometo no naufragar en mares imaginarios, pero llega Sara a decirme "¿un vino el viernes?" y cuando me doy cuenta ya estoy a kilómetros del muelle.
Remo hacia la sensatez donde por supuesto está Franco que me espera con ojos de "si no me hubieses salvado la vida ya te habría estrangulado por necio" pero luego me dice "nada de lo que asumes tiene que ver con la realidad" y con eso sé que no sólo se refiere a su gesto sino que también se refiere a Sara, y entonces me dejo caer nuevamente al mar.

Me dejo flotar alucinando con ruidos de gaviotas, siento cómo millones de pececitos besan mi espalda mientras se multiplican entre sí para convertirse en una masilla que se incrusta en mi piel; siento que cosquillea y me retuerzo gradualmente hasta que abro mis ojos y me doy cuenta de que nunca salí de mi habitación, que Franco me mira como si nada nunca fuera tan grave y yo respiro agitado como si no supiera que es posible flotar en un mar y despertarse luego en una habitación gris de la ciudad.
La única respuesta siempre es "estaba soñando con Sara" y su única opinión siempre es pregunta y me retumba su voz con "¿cuántos locos no habrán naufragado ya en los ojos de Sara?"
Luego recuerdo que igual de nada me habría servido ser el primero en el remoto caso siquiera de ser alguno, pues irremediablemente tendrán que llegar a su mar tantos locos como ella decida recibir, y entonces le quitaré el primer disfraz a la primera ilusión; Franco tendrá razón como de costumbre y yo por necio o por obstinado querré quitar otro disfraz sólo por atardecer en ese mar, por, incluso, creer que es posible atardecer en primera persona.

"Hablas como imbécil" dice Franco sin mirarme y tiene razón, de nuevo. Admiro la ciudad y consumo trenes de tabaco mientras él observa a propósito "El arte de amar" repasando sus páginas sin leerlas, sosteniendo que "entre más la idealizo más evidencio la dimensión de mi soledad", me habla de sadismo y sumisión y tengo que arrancarle el libro y lanzarlo por la ventana, deseando que no caiga en las manos de alguien que cree que ama sinceramente. Franco, imperturbable como es habitual sólo se limita a mirarme mientras yo me arrepiento de haber lanzado un libro desde el séptimo piso, con las manos sobre el alféizar mirando hacia abajo y sintiendo el mismo vértigo y necesidad de recuperar lo que lancé, exactamente igual que cuando miro los ojos de Sara.

Él ya sabe que en situaciones así no debe decir nada, que la risa nos la aguantamos para otro momento en que no esté envenenado de Sara, que él mismo sería capaz de defender a un imbécil o simplemente permitirme transformarse en uno con tal de dar validez a mi capricho, que me quejo con desesperación infantil y que, además, me tendrá lamentándome por un libro que ni siquiera leía; me reprocho inútilmente ser ridículamente evidente al notar que Franco lo entiende primero que yo y se ríe, es obvio que se ríe, y yo no soy capaz de admitir "Sara me estás volviendo un ocho" para luego querer cambiar la palabra y luego la frase y luego querer no haber dicho nada, y sólo mirarla, y ya… dejar que los días se pasen solos y dejarla ir y venir sin que se entere de nada, sin que sepa que estoy hecho un ocho, que piense que sólo hay que vernos y fumar y no hablar de nada que nos resulte verdaderamente importante.

De igual manera ya hemos jugado a eso; pero, también he confundido sus gestos de simple cortesía y he tenido que vestirme de indiferencia para pasar desapercibido ante sus vastos y macabros ojos verdes. Y no sé si acaso Sara me mira con intención de ahogarme, o sólo me mira y yo que soy ingenuo me ahogo solo, sin embargo, tengo la firme convicción de que ella es consciente del pleno dominio que puede llegar a tener frente a la atmósfera que compartamos, incluso cuando tengo clarísimo que soy totalmente capaz de defenderme.

Pero no dejo de darle ventaja, quizás por la necedad de verla jugar, de verla ser una jugadora terrible en el desahogo de transformar una charla cualquiera en declaración perifrástica, y apostar mi turno al "gánese una vez más pero no se vaya, hablemos de Buñuel y explíqueme por qué aún con tales personajes sigo yo siendo el raro".

Pero entonces resuena el "y luego qué" de Franco, que me aterriza con su característica franqueza apática, "luego de eso qué" y tiene razón, ¿luego de eso qué, si ni siquiera sé para qué quiero que se quede? Y entonces empieza el cuestionario inútil y las reflexiones obvias como el "no sé qué podría darle o creer merecer de su parte y tampoco sé si soy capaz de sumarle responsabilidades imaginarias de lo que se supone que es la correspondencia" y ser robóticamente un imbécil. Y luego la pregunta asesina con su ¿y entonces para qué la quiero cerca, qué es lo que busco en ella pero que aún, al parecer, no sé? Empiezo a vagar por supersticiones y las escojo a capricho para engañar a tanta fiera en la cabeza, hasta que llega la inevitable caída, allá, al profundo centro de mi verdad donde sé lo que es deambular en el desierto de un alma herida que delata aquella innegable, triste y definitiva soledad que busca refugio. No sabía que lo había olvidado, ya no recordaba que sí es posible tener sed; entonces lo obvio reclama su honor y entiendo que esos ojos jade no son más que el espejismo clásico del oasis, y resulta que el misterio y mi papel de detective sólo son manifestaciones de la sed… de la maldita sed.

Franco tenía razón.

Y aún así no puedo ser como él, no puedo razonarlo todo hasta matarlo; he sentido el agua en ese desierto, aunque no esté, y eso es más de lo que puede razonar; él, que estando seguro se muere de sed.

Ah.
"Yo no puedo y no creo soportar ser como Franco".
¿Es esa mi respuesta? ¿En verdad? …

Vaya
lío
de tipo.



Sobre la autora

Noa Alekei

Escritora

Estudiante de Lic. en humanidades y lengua castellana de la Universidad La Gran Colombia, he viajado en búsqueda de mi propio camino, pintando y escribiendo mi historia en el papel y el lienzo. Me convertí en caminante, bohemia y solitaria a mi corta edad, decidí acompañarme a mí misma en este arduo ejercicio de la vida, entre letras, tinta y paisajes de ensueño. Yo soy la mujer detrás del sombrero.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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