Literatura

Relato de un atraco en Bogotá

Tiempo estimado de lectura: 6 min
2021-02-12 por Andrés Camacho

Prefiero quedarme en casa, no me gusta trasnochar. No entiendo por qué tengo que ir a estas fiestas del colegio, siempre hay más hombres que mujeres. Pero me obligan mis papás, dicen que tengo que “quemar etapas”, aunque no me dan plata para el trago. Me la paso hablando, hasta la una de la mañana, con un compañero sobre las profesoras que están buenas. Siempre afuera de la fiesta, en el jardín, el hombre fumaba toda la noche. La misma casa cada vez, a media hora en carro de la mía. Me ponía mi mejor pinta y la colonia de mi papá. En el trayecto él siempre me entregaba un condón. Nunca me atreví a decirle que no los usaba, se sentía orgulloso de que cada vez se los recibía, pero cuando llegaba a la fiesta se los regalaba al primero que encontraba en la puerta.

Un viernes mi papá no me pudo llevar a la fiesta, me tocó coger un taxi, pensé que era mi oportunidad para no ir. Cuando me subí le dije al taxista que me llevara a Iserra 100, iba a ver una película, esas que pasan hasta la madrugada, pero me llamó mi mamá y me dijo que pasarían por mí. Con vergüenza le dije al taxista: - lléveme por los lados de la 170 con la autopista - . Estaba muy cerca de la casa de la fiesta, pero no tenía intención de asistir. Por un minuto pensé en mi amigo, le tocaría entrar a la fiesta porque no tenía con quien hablar en el jardín. Pero yo no era su única compañía, solo que yo era de los que no entraba porque nunca podía bailar con las dos niñas que siempre iban a la fiesta.

Eran las nueve de la noche, estaba en el centro comercial Santafé, pero tenía solo diez mil pesos: una boleta de cine. Tendría que caminar hasta la fiesta, para que me recogieran allí mis papás. Decidí ver la película y luego, a pesar del cansancio, caminaría hasta la fiesta. La película se trataba de un general de la antigua Yugoslavia que trataba de escapar de la Policía del establecimiento democrático, pero por su obsesión con una veinteañera lo atraparon justo antes de que pudiera darse un balazo en la cabeza. Terminé sin saber si la historia era verdadera o no, tal vez demasiado romántica para serlo. Me puse en pie, me sentía demasiado bien vestido para ir al cine, solo, y un viernes por la noche.

Era la media noche, sentí un cansancio intenso cuando el frío de Bogotá se metió debajo de mi saco. Pensé en mi cama y la opción de ver una mejor película que esa. Una que yo ya conociera el final, donde me esperaba la muerte de un anciano como debe de ser: miserable y repulsiva. Pero me ganaba el miedo de que mis papás llegaran a la fiesta y yo no estuviera allí. Caminé lo más rápido que pude y sentía algo de molestar en el estómago, aunque no hubiera comido nada. Antes de subir un puente peatonal, se me acercó un habitante de calle o como les decían cuando yo era niño: un desechable. Me pidió unas monedas para un cigarrillo, por el miedo saqué todas las monedas que tenía y se las entregué. El hombre percibió mi miedo, me pidió un billete, pero le dije que no llevaba plata conmigo. Se dio cuenta de la cadena que yo tenía en el cuello, noté como la miraba con interés. Quiso verla más de cerca, traté de evitar que la sacara del cuello de mi camisa. Fue imposible. La miró con detenimiento en la luz de un poste. Le tenía más apego a mi celular que a la cadena. Le dije que se la quedara y traté de correr, pero me sostuvo con fuerza del antebrazo.

Jaloneamos. Apareció un cuchillo pequeño que lo sacó de no sé dónde con una velocidad que denotaba experiencia. Pensé que el celular aún lo seguía pagando mi papá a cuotas. Me buscó en los bolsillos y sacó todo lo que pudo, hasta las llaves de mi casa se llevó. Me gritó que me devolviera. Me escondí en un árbol y esperé a no verlo en el puente para tomar camino a la fiesta. Pensé que era muy tarde, el atraco en mi cabeza había durado 30 minutos. Por fin llegué a la fiesta. Me quedé esperando afuera por si mis papás llegaban. Llegaron por mí, pero no me vieron. Vi a mi papá tratando de llamarme, pero colgaba de inmediato: el desechable había apagado el celular.

Me paré y me saludaron con una sonrisa. Entré al carro y le conté que ya no tenía celular. Le dije que se me había perdido todo en la fiesta. No entendían nada, eran mis compañeros de colegio, ninguno se iba a robar mis cosas. Se bajó del carro y corrió a la casa, hizo parar la música y gritó: ¿quién se robó el celular de Carlitos? Todos se rieron por el nombre de cariño que me tiene mi papá. Mi amigo, el de los cigarrillos, se le acercó y le dijo: hoy no vino Carlitos (soltando una pequeña carcajada) a la fiesta.

Mi papá volvió al carro y sin mirarme, le contó todo a mi mamá. Ahí les confesé, despectivamente, que las fiestas llenas de hombres no me interesaban y que con la plata que me daban no me alcanzaba para la vaca (el trago). Me reprocho que al menos me dejaban salir y me daban plata, por último, me humilló haciéndome ver que él tenía las medias rotas y aún así me daba para comprar una cerveza: se quitó con violencia el zapato y la media del pie izquierda, prendió la luz interna del carro y metió dos dedos en los hoyos de las medias. No hablamos más sino hasta la semana siguiente.

En el desayuno del día siguiente, mi mamá me habló de nuevo sobre la importancia de valorar lo que ellos me daban. El típico discurso resentido que entiende el amor con la plata. Me castigó y ese año no tuve que ir a más fiestas. Al menos estuve durante muchos fines de semana en la comodidad de la cama, pero esto me costó una cadena y un celular, bueno, de hecho, a mi papá.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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