Literatura

Relato de un desertor

Tiempo estimado de lectura: 10 min
2020-09-23 por Simón Fajardo

Soy Ernesto Robles. Trabajo en una empresa de mudanza. No me muero de hambre. Tengo 47 años: he de vivir de este modo en lo que me queda de vida. No me arrepiento, y sí.

Cuando era joven, 18 o 19 años, empecé a leer poesía, ya saben: Neruda, etc. Hice mi primer poema inspirado en una novia que tenía en esos días. Le dije que sus senos eran dos montañas blancas, entonces yo era un alpinista fetichista o algo por el estilo. A ella le gustó.

Empecé a frecuentar un club de lectura en la universidad, dirigido por un ancianito más bien gracioso, pero sabio. Leímos a Dos Passos. Importantísimo. Todo un universo serio se gestó en mi cerebro más bien inocente. La literatura se me presentó así: seria. Yo era un niño y debo reconocer que me ardía el pecho de pasión por cualquier cosa. Dije, Ernesto, esto es lo tuyo, así que con amor ¡adelante! ¡adelante!.

Lo malo es que ya había empezado la carrera de Derecho.

No volví a clases. Bueno, a las mías. Me dirigía a la facultad de Artes y me colaban en “Descubriendo los tesoros de Crusoe” o “Ritmología en Virginia Wolf”, que eran los nombres de las clases (juzguen ustedes) de la carrera de Literatura. Hice nuevos amigos. Me invitaron a recitales de poesía – casi todos de ellos mismo y ellos mismos como público-, y nos emborrachábamos, caminábamos la ciudad gris de noche; mi modo de vestir cambió, mi forma de andar cambió, mi cabello era un matorral negro informe y grasiento.

En las tertulias, ya ebrio, nos miraba y decía: "somos poetas". No siempre, claro, pero lo hacía. Por supuesto yo también escribía mis poemas, que ya eran inmundicia y fealdad.

Repartimos papelitos con poesías oscuras por toda la universidad firmados por LOS HIJOS BASTARDOS (o LOS HIJOS ABORTADOS) DE BAUDELAIRE. Alguna niñada de ese estilo que a nosotros nos parecía real y escandaloso. Pero nadie nos hizo caso, y dejamos de insistir.

Entre tanto entusiasmo que producía hacer parte de un grupo de jóvenes poetas universitarios, un día caminando solo, me dije que esa camaradería era buena, pero que no iba a durar siempre. Así que, Ernesto te pones serio: vas a escribir mínimo tres poemas diarios, leer, por lo menos, un poeta nuevo diario; De ahora en adelante curiosito siempre siempre; si tienes algún dinero para pernicia mejor compra libros, tus amigos te embriagan y tú les llevas poesía. Sí, señor, muy bien. Y me fui para la librería Búho, (o así le decíamos porque tenía un búho pintado en toda la fachada) compré poetas franceses o italianos, pero seguro eran europeos.

Me dediqué seriamente a leer y escribir, y muy pronto comencé a ser unos de los mejores poetas del grupo. A los dos meses, con la misma rutina, ya era el mejor. Algo innegable por decisión unánime, y también que era hora de empezar a mandar poemas a los concursos distritales o universitarios, cualesquiera, y que dieran dinero. Lo hice y me gané dos. En el primero me dieron 500 mil pesos, en el segundo 100 mil. Me gané el respeto como poeta -y la envidia- de todos mis amigos. Compré muchos libros, esta vez colombianos, también latinoamericanos, pero sobre todo colombianos. Y me sentí responsable por esa decisión de leer poetas paisanos (¿no?) Sufrí el flechazo ineludible que Gonzalo Arango le ha clavado a -casi- todos los jóvenes con el entusiasmo palpitante de la literatura y la búsqueda constante de una identidad. En fin, me ilusioné muchísimo.

Pasó un año. Me puse a trabajar como portero de un edificio viejo y deprimente por el norte de la ciudad. Hace más de 20 años debió ser muy lujoso y apetecido, como todo, me dije en mi primer día. Ahora no recuerdo cómo conseguí el empleo, quiero decir, quién me recomendó, pero sí recuerdo que leí mucho y ahorré dinero. Me fui a España, a la casa de un amigo de un amigo. Lo hice por la poesía o eso era lo que me intentaba meter en la cabeza. Pero cuando llegué a Barcelona todo me indicaba que estaba hecho para el arte. Escribía como loco. No, como un tren, como un loco no, son muy dispersos, y la verdad es que estaba muy dedicado con los nuevos estilos, la vanguardia, etc.

Pero llegó la vida dura o real, el sustento ¡el pan!

A mí nunca me ha gustado la incomodidad. Bueno, creo que a nadie, pero hay gente dispuesta a sobrellevarla, yo no. Estaba, a los tres meses de llegar, llamando a mi papá para que me ayudara, no tenía claro qué podía hacer él, pero algo tenía que hacer porque era mi progenitor, porque yo tenía miedo, por todo, que me ayudara y punto. Eso hizo. Me llamó a los dos días (dos días de solo tomar agua) y me dijo que un amigo de él tenía un trabajo para mí, y me dio la dirección, lo demás. Llegué a un bar. Horrible, la verdad. Yo esperaba que fuera algo decente o por lo menos limpio. No entiendo a mi papá. El caso es que me tocó esperar porque el bar solo lo abrían de noche. Esperé 7 horas. Así no más, con un librito de poemas romanticistas. ¡Vaya putada! Al fin llegó el tipo que estaba esperando, un viejo más bien cacorro y repugnante, qué asco. Siempre que lo recuerdo soy consciente de la mierda que cargo en mi cuerpo y que nunca va a salir. A menos que me someta a un lavado de tripa o intestinal, ¿cuál será el término correcto? Yo creo que la poesía es acumular desechos en la tripa, en la boca, en las muelas. Yo soy muy limpio con mis dientes, me gusta usar hilo dental… Estoy loco.

El trabajo lo pagaban muy bien, pero tocaba trabajar 16 horas al día (la mayoría haciendo aseo o cuentas). Al principio intenté leer en cualquier espacio que tuviera libre, pero era ridículo. Me amenazaron dos veces con despedirme por estar leyendo, y llegaba tan cansado a mi habitación (que pagaba sin ningún altercado, que tenía aire acondicionado, que tenía tv) que ni siquiera pensaba en poesía. Así pasaron tres años, y hacia uno que no tocaba un libro.

Conocí mujeres, muchas, sin relevancia, más bien como genéricas, como esas personas que solo pasan por nuestra vida con la misión de no dejar un espacio discontinuo de relaciones sociales a las que estamos sometidos por cualquier circunstancia de la vida: Encargados del orden terrenal.

Al cuarto año me ascendieron a administrador del bar “La Cuquita” -solo un cacorro como dueño pudo ponerle ese nombre-. Ahí sí que me olvidé para siempre de la literatura, del estar creando frases e hilándolas mentalmente para futuros poemas, futuros cuentos, lo que fuera. ¿Qué importaba? Todo se fue a la mierda. Así fue. Punto.

Viví 23 o 24 años en Barcelona. Cinco años antes de regresarme a Bogotá conocí a una chilena y nos enamoramos, ella era mesera del bar ese. Yo le propuse que dejáramos todo eso, el país ajeno, la gente ajena, el cacorro como jefe (soy homofóbico), ella dijo que sí. Con la plata que teníamos podíamos montar un negocio -quizá un bar- en Bogotá, ella dijo que sí. Y así fue.

Regresé. Ella no conocía Colombia. Pusimos un bar subterráneo con iluminación de prostíbulo. La primera semana se llenó al tope de universitarios, ganamos buen dinero. Todo indicaba una inteligente inversión. Pero yo no era feliz porque esos muchachos me recordaban la poesía que dejé, el amor que tuve y el agua que se había escapado entre mis dedos (puedo odiar a los homosexuales, pero soy cursi).

Lloré mucho, el bar me enfermaba, entonces mi esposa se encargaba de todo y yo apenas podía salir de la casa. Al regresar a Colombia me di cuenta del error que cometí al irme. Pero seguro mi amor no era tan intenso como yo imaginaba, quizá solo fuera un artista mientras mi papá me mantenía. En fin, reflexioné mucho.

Pasaron como tres meses sin que pusiera un pie en el susodicho bar, pero las ganancias eran notables. Lo que pasó después fue que la chilena se metió con uno de los meseros que ella misma había contratado, y me dijo que quería divorciarse y comprarme la parte del negocio correspondido. Lloré mucho y pensé en la Poesía que abandoné. Ya no tenía ganas de pelear, acepté todo lo que ella impuso y nunca nos volvimos a ver (o eso ruego). No sé, en realidad, si la amé o si mi amor siempre ha sido cosa pálida y sin fuerza que no soporta el tiempo. Soy endeble, corrosible. Con la plata que me dio, pagué por adelantado seis meses de arriendo en una habitación por Chapinero y compré libros. No soporté el dolor que me imprimieron esos libros, es decir, esos recuerdos. Los boté.

Muy pronto se me acabó el dinero ¡si hubiera seguido escribiendo! Pero acudí a mi papá (no es cosa prudente lamentarse tanto con el estómago chillando). Me consiguió un trabajo en una empresa de mudanza- la que ahora trabajo- y gano un salario mínimo. Me va bien…

Ya pasaron tres años desde que regresé a Colombia. Siempre pienso en lo que pude llegar a escribir, en los libros que hubiera leído, en una vida de fuego y huérfano. No fue así. Nunca dejo de pensar en la poesía, me tortura. Todo eso se fue a la mierda. No hay otra verdad ¡resignación, por Dios!.

Esto es lo último que escribo, soy un desertor, este es mi relato. Lo escribo para que descanse en paz lo que pude ser y no me atreví.



Sobre el autor

Simón Fajardo

Editor, Escritor

Poeta por necesidad y las vísceras. Escarbando la contemporaneidad, aficionado de los viejos estilos. Escribo porque no sé cantar y no canto porque no sé pintar.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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