Literatura

Sobre la ingenuidad

Tiempo estimado de lectura: 7 min
2020-12-11 por Noa Alekei

Era la media mañana del martes, Pablo dictaba su clase en el grado 11° mientras Franco hacía válida la venta de una pintura que pensó jamás llegaría a vender. Se trataba de un hombrecillo de no más de 1.55 m de alto que se disponía a satisfacer los caprichos de su esposa, una mujer 20 centímetros más alta que él. Aquella mujer tenía un gusto excéntrico y obsesivo por el arte, desatino que Franco celebró internamente al deshacerse de una de las pinturas que más le dolieron al momento de su creación.

Por su parte, Pablo interactuaba con sus estudiantes acerca de Édgar Allan Poe. Mientras los demás estudiantes repasaban la obra del autor, Luciana se acercó al escritorio de Pablo y le propuso una charla.

- Édgar Allan Poe se enamoró de una joven bastante menor que él, ¿no es así? y eso de ninguna manera impidió a sus letras seguir siendo arte invaluable. - Le dijo la joven.

- Es verdad que se enamoró de una joven menor, sin embargo existen varios detalles macabros que están escondidos tras esa idea romántica. Además, él no vivió la época en que su arte se convirtió en algo invaluable, en vida nunca llegó a saberlo. - le respondió.

- ¡Qué destino más trágico! - dijo Luciana. - ¿Usted cree que un gran artista solitario y herido, de verdad podría bajar la guardia y entregarse ciegamente al amor? - lo miró fijamente a los ojos.

Pablo titubeó - Esa es una pregunta muy amplia, artistas solitarios y heridos hay muchos, y todos tienen carácter distinto. - respondió.

- ¿Qué me dice de Franco? - lo acechó - ya sabe, su amigo el pintor.

- ¿¿Franco?? - preguntó confuso. - ¿por qué me preguntas por Franco? ¿Por qué lo conoces?

- Mi padre ha comprado varias de sus pinturas, lo he visto con usted, y… puedo decir que es un gran artista, además de ser un hombre interesante y…

- Y bastante mayor que tú… - la interrumpió.

- No veo en eso un problema - dijo enojada. - Usted cree que Franco es su propiedad, ¿verdad?

- ¿Y yo qué tengo que ver? Además no tengo porqué responder algo tan absurdo.

- Ah… ¿Ahora ya no quiere hablar de Franco? - preguntó

- ¿Qué? pero si tú fuiste la que nombró a Franco. - respondió.

El salón de clase detuvo sus actividades cuando la conversación entre Pablo y Luciana se tornó electrizante. Al notarlo, Pablo le sugirió a la joven retirarse de su escritorio y atender a las actividades como el resto de sus compañeros.

Cuando las clases terminaron Pablo salió del complejo educativo hacia su compromiso, había quedado de almorzar con Franco cerca al estudio de arte; se dirigió al transporte pero antes de llegar fue abordado por Luciana una última vez.

- ¿Franco no le ha hablado de mí? - preguntó.

- Jamás, ni siquiera sabía que se conocían. - respondió sin mirarla.

- Él sabe quién soy, dijo que era una muchacha radiante.

- ¿Y no pensaste que pudo haber sido simple cortesía? - la miró - Lo que sea que estés maquinando en esa cabecita, por favor detenlo - apresuró el paso - Nos vemos el jueves en clase. - y se alejó de su vista.

Se encontraron en el restaurante D' Marie, Franco le comentó la venta de la pintura y Pablo sólo se limitó a escuchar. Franco pensó que en su normalidad, Pablo habría soltado risas ante la descripción de la pareja que compró la pintura, y, aunque le parecía extraño que el jovial y charlatán profesor no se encontrara en su estado habitual, decidió no arrinconar con demasiadas preguntas.

- Vamos por un cigarrillo - dijo Pablo luego de terminar su almuerzo.

- Puedo notar que no te encuentras en la tranquilidad de siempre, ¿tuviste un mal día de clases? - Preguntó Franco en calma.

- ¿Por qué conoces a Luciana? - Lo abordó en seguida.

- ¿Quién diablos es Luciana? - preguntó confundido.

- Hoy una niña de mi clase me inició en una conversación incómoda acerca del amor y los artistas heridos y solitarios.

- ¿Cómo que te inició?

- Sí, logró hacerme sentir muy confundido e incómodo en una conversación sobre el amor y los artistas heridos, a mí, que todo el tiempo estoy hablando del amor y los artistas heridos. No pensé que estar tan cerca de ello me haría sentir trastornado.

- ¿De qué hablas? - preguntó confundido Franco.

- Ella dijo que te conoce. - continuó Pablo - que le has vendido cuadros a su padre.

- Bueno, he vendido cuadros a muchos padres.

- ¡Ya sé! - levantó el tono de su voz.

- Está bien, ya, por favor calma ¿qué es exactamente lo que te embarga de eso?

- No lo sabes… ¡Esa niña está enamorada de ti, Franco!

- ¿Qué? Eso es ridículo, ni siquiera sé quién es. - Lo calmó - Por favor no armes un lío donde no lo hay.

Franco pagó la comida y salieron del restaurante.

- Tengo una cajetilla nueva en el estudio, podría bajarla y pasamos por un café al Gato Gris. - propuso Franco - No tardaré nada.

Pablo se quedó esperando frente al edificio donde Franco alquilaba el estudio, se distrajo mirando flyers que estaban pegados en varios postes de la zona.
Mientras tanto, Franco se dirigía hacia el estudio por los cigarrillos sumergido en sus pensamientos, como era habitual, mientras iba ascendiendo por las escalas. La mirada la llevaba perdida con dirección hacia el suelo, hasta que despertó por encontrar en el cuadro de su vista unos zapatos vino colegiales. La recorrió con la mirada hasta magnetizar con sus ojos, la observó durante unos segundos, la reconoció, y, con empalago, retiró su mirada para continuar con su breve misión de recoger los cigarrillos. Abrió la puerta y entró, dejando a la joven fuera.
Nerviosa y con sus manos aferradas al correaje de su mochila tambaleó, abrió la puerta que se hallaba entrecerrada y caminó hacia el interior del estudio tras Franco, que ya tenía la cajetilla en su mano.

- ¿Usted me recuerda? - Preguntó la joven

- Supongo que tú debes ser Luciana. - respondió Franco.

- Sí, ya nos conocemos. - Se sonrojó.

Franco la miró con extrañeza.

- Bueno, fue un placer, ya puedes retirarte de mi estudio - dijo sin mirarla.

- Escribí algo para usted - sacó una hoja doblada del bolsillo de su falda colegial y extendió la mano sin mirarlo. - mire, es suya.

- No la quiero, puedes irte.

- ¿Qué? ¿Por qué? - preguntó confundida y con la voz entrecortada

- Porque no.

- Franco… para no tener que pasar por esto de nuevo, dígame qué tengo que hacer para que se salga de su cabeza y se dé cuenta que llevo mirándolo mucho tiempo. - preguntó la joven con firme sinceridad.

- ¿Qué lograría con eso? - preguntó inexpresivo y aún sin mirarla.

- Pues… yo podría hacer todo lo que usted me pida.

- ¿Qué? - Franco le correspondió la mirada con displicencia - Déjese de exageraciones, Luciana, yo no quiero que usted haga nada por mí; y si me permite ahorrarle enredos, usted tampoco, porque evidentemente no tiene idea de lo que quiere. - se detuvo un instante mientras reconsideraba el tono de su voz.

- … Luciana - continuó - usted me idealiza a mí porque soy todo lo contrario a lo que ya conoce. - Se dispuso a caminar hacia la salida cuando la joven le interrumpió.

- No... no, espere, ese día en que mi padre nos presentó… yo vi en sus ojos algo que querían comunicarme a mí, Franco, yo lo he leído y usted le teme a estar solo, y… creo que es por eso que no deja ir al profesor Pablo… porque lo necesita. Yo podría también ser otro pilar en su vida y…

- Luciana, no. Es necesario que deje de vivir en fantasías; o al menos si es su destino vivir en una, deje de involucrarme. No tengo tiempo para corresponder a esos juegos.

Hubo silencio por unos segundos.

- Me siento como una estúpida, venir hasta acá, serle sincera y confesarle mi fragilidad. - se cubrió el rostro con la mano - soy una estúpida e infantil.

Franco no quiso decir nada que la calmara y notó que en ese punto de la conversación la joven lloraba.

- No tengo tiempo para esto - dijo

- ¿Por qué no le gusto? - insistió la joven.

- Luciana, usted no sabe lo que está haciendo, cree que quiere darle su corazón a un tipo como yo, y ni siquiera sabe quién soy - aseveró sin mirarla.

- Pero yo a usted lo a...

- ... No, por favor, no haga eso - la detuvo -... no se atreva a decir tal desfachatez.

Estuvo introspectivo unos segundos mientras la joven le buscaba la mirada.

- ¿Qué es lo que espera que yo le ofrezca? ¿en qué forma irracional me idealizó? - le preguntó Franco sin mirarla.

- ¿No le intereso, Franco…? es porque tengo 17, ¿no es así? míreme Franco…

- No, Luciana, no estoy interesado en usted - la miró - eso nada tiene que ver con su edad, y en honor a la verdad, ni siquiera se trata de usted... tiene que ver directamente conmigo. - continuó con el tono de voz brevemente alterado - No creo que leer a las personas sea exactamente su especialidad - caminó hacia uno de los escritorios, llenos de pintura y cenizas de cigarro - … yo elegí estar solo, Luciana.
Prefiero
estar
solo…
ahora, por favor, salga de aquí.

Cuando Luciana salió del estudio todo fuera de este pareció desdibujarse, el ruido se disipó, y Franco pudo disfrutar de su soledad.

Pablo, que esperaba fuera del edificio, se alarmó al ver a Luciana salir por la puerta de éste con un gesto afligido, quiso ir tras ella pero el peso del aprecio le obligó a ir por Franco.
Adentro, en el estudio, Franco se entregaba a un derroche de alucinaciones. En su cabeza sonaba el eco húmedo de un efecto de goteo, tambaleó hacia uno de los escritorios donde cogió una botella de Ron Santafé que ya había iniciado la noche anterior, ingirió varios sorbos y se dejó caer sobre el escritorio de espaldas, en un golpe seco y con la botella aún en la mano, y se quedó imaginando formas en la irregularidad del techo.
Temía salir y encontrarse de nuevo con Luciana. Aquella joven no le producía nada en particular, le parecía ingenua y además caprichosa, le resultaba que la aparición de ella suponía para su vida una línea todavía más absurda y sin sentido. Cerró sus ojos entregándose a un sueño profundo.

Pablo entró silencioso, y, sin pretender despertarlo se resguardó en el estudio, bebió de la botella que Franco tenía entre sus manos, se sentó frente a la ventana que daba hacia la ciudad, y esperó.

Al abrir los ojos notó que ya atardecía; la silueta de Pablo observaba las últimas ráfagas del sol desde la ventana del estudio, Franco quiso levantarse del escritorio en que practicó su siesta y se acercó a la silueta. Se intercambiaron cigarrillos y candela mientras ambos admiraban el espectáculo.

- Vino hasta aquí, ¿verdad? - preguntó Pablo sabiendo la respuesta y sin retirar la vista del atardecer.

- Sí… - miró su cigarrillo - cree que eres el puente para llegar a mí.

- ¿Por qué crees que quiere llegar a ti?

- Porque cree que somos parecidos.

- Yo no creo que lo sean.

- ¡Yo tampoco, Pablo! - se frotó el ceño - Analiza esa vida: su padre no tiene tiempo para nada, ni siquiera para ella, es obvio que solo quiere que alguien piense que es extraordinaria y que merece la pena… piensa en todas esas frasecillas de cajón que los padres les dicen a sus hijos para fortalecer su autoestima, bueno, ella no las tiene y cree que eso es un gran tormento. No sé qué tipo de óptica tendrá exactamente del mundo, pero parece que para ella tiene sentido que alguien como yo pueda caber entre ese espacio vacío que su padre nunca ha querido llenar.

- Entonces sí sabías quién era.

- La reconocí cuando la vi, es la hija mayor de Carlos Montenegro, mi cliente predilecto.

- De todas formas, no creo que Luciana piense que tú podrías ser básicamente la antítesis de su padre.

- Evidentemente no, pero inconscientemente es lo que busca.

- ¿Por qué estás tan seguro?

- Porque es irracional y obsesivo.

- ¿Qué te dijo acaso?

- Estupideces, Pablo…

Pablo soltó una carcajada irónica.

- ¿Te parece gracioso? - lo reta Franco

- No… no, resulta que siempre suelo hablar sobre el amor y los artistas heridos.

- ¿Y?

- Pues, nunca me escuchas cuando hablo de eso… y, mírate, un artista que va por ahí hiriendo amores. - Se ríe Pablo.

- ... Eres patético.



Sobre la autora

Noa Alekei

Escritora

Estudiante de Lic. en humanidades y lengua castellana de la Universidad La Gran Colombia, he viajado en búsqueda de mi propio camino, pintando y escribiendo mi historia en el papel y el lienzo. Me convertí en caminante, bohemia y solitaria a mi corta edad, decidí acompañarme a mí misma en este arduo ejercicio de la vida, entre letras, tinta y paisajes de ensueño. Yo soy la mujer detrás del sombrero.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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