Literatura

Sombras

Tiempo estimado de lectura: 2 min
2020-11-27 por Daniel Zárate

Las sombras se desprenden, pero no se separan. Su parto es una división indolora que se desliza entre la materia y crece hacia el útero oscuro de la tierra.

Las sombras son felinas, pero trepan sin garras, cazan en sigilo aunque no se esconden, también son infalibles. Se posan bajo su presa y no sueltan, pero no pueden matar porque son muecas, se lanzan desde cualquier altura y el aire no lo tocan durante su caída.

La sombra tiene un depredador y se alimenta de una condena. El ciego se la traga porque ya no la reconoce; ella siempre imita, se nutre mediante mutualismo de los objetos a los que copia, la sombra no tiene libertad. Su ciclo natural es incierto: se esfuma cuando no es vista puesto que es muy vanidosa, pero no se va aún cuando no la necesitan, casi que muere cuando renace con el mundo a oscuras.

Sombra no duerme nunca, así que permanece adormecida pero alerta. Como mecanismo de defensa sombra engaña sin palabra, es la única expresión propia que posee la esclava muda, aunque depende, en cierto grado, de factores externos, de un capricho de amante, ya que sólo lo utiliza durante el sexo.

Sombra entonces se reproduce de manera sexual. No hay sombra que exista sin su luz. El cortejo comienza cuando luz ejerce una presión intangible sobre algún cuerpo, y sombra se asoma o se aleja. Luego luz le indica los ángulos que debe tomar, las veces que debe repetirse o cuando debe ausentarse, la densidad de los azotes, la profundidad de la penetración, la altura de los miembros, la intensidad sutil del manoseo; sombra se calla y se acuesta rebelde.

En el coito las sombras bailan trémulas al son de los objetos y la luz, después se cortan para pertenecerse, a veces se quedan quietas, su orgasmo son las figuras inconclusas que sus orgías contornean. Las sombras también se cruzan entre ellas, copulan en manada, se mezclan pero suelen distanciarse, es imposible determinar que en realidad se junten o se abandonen. A pesar del ruido que producen, todo el acto lo ejecutan meciéndose silentes.

Al terminar, exhaustas de juventud, yacen vaporosas revelando un enigma: Una sombra pesa un alma -¡Casi nada!- puesto que ambas son un reflejo, a la par propio y ajeno, de lo que se hace recuerdo.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top