Literatura

Un amigo perdido

Tiempo estimado de lectura: 15 min
2021-04-09 por Daniel Zárate

Para Diego Fajardo

Perder un amigo es perder una parte de uno mismo. Se quedan, o se van, con él, ciertas versiones antiquísimas de uno que es imposible seguir aparentando, por mucho que se precie la amistad y se realicen engaños para sostenerla. Ya no somos los mismos, y se han ido quedando clavados como estacas sobre el barro del recuerdo, los gustos, costumbres y afinidades comunes que inspiran el tiempo compartido y la crianza conjunta. Una vez se separan los caminos, lo cual ocurre siempre gradualmente, el contacto es una hazaña de genios, un verdadero milagro de las conexiones humanas.

En mi caso, no hubo milagro ni hazaña. Lo sucedido entre Tatiana y yo es irresoluble, y aunque me producía zozobra, luego de romperme la cabeza durante meses, comprendí que lo que nos separa ahora, es una distancia insalvable.

Hemos, o habíamos sido amigos desde que tengo memoria. Ella, al igual que mi hermano, mayores que yo 4 años, pertenecían al grupo A de niños de la cuadra que salían a jugar y enfrentarse contra los del grupo B. Las enemistades, los amores y las alianzas, estaban determinados por un callejón que dividía las dos hileras de casas construidas frente al parque de mi infancia, donde años después, sin saberlo, le di mi último adiós a Tatiana. Así que fue el vacío lo que nos unió desde un principio.

Cuando cumplí los 7 años, logré postularme para participar en los asuntos del grupo A. Me sometieron a una serie de pruebas que superé con destreza sin igual para mi edad, pues me preocupaba más que cualquier otra cosa no ser una molestia para ellos, y luego verme rechazado debido a mi ineptitud. Fui recibido entre oprobios y aprobaciones infantiles. Sin embargo, rápidamente me gané el reconocimiento de todos. Además, poseía la protección de mi hermano, uno de los más queridos y respetados porque la mayoría de las veces, salvaba la patria jugando a las escondidas.

En Yermis y congelados bajo tierra, dos de las tres competencias que definían el honor entre los grupos (la otra eran las escondidas), Tatiana y yo mostrábamos una coordinación perfecta. Yo tumbaba la torre con precisión quirúrgica y ella la reconstruía sin dejarse ponchar; pasaba entre sus piernas, veloces como las de ninguno, al verle congelada, y era la última víctima de sus persecuciones letales. Desde entonces nos quedó claro que debíamos entendernos.

Cuando llegó la adolescencia los grupos se disolvieron. Se definieron también algunas amistades y amores evidentes entre los integrantes de los grupos; ya no era necesario vivir en la misma cuadra para querer al otro, estábamos creciendo.

En mi caso, las divisiones se diluyeron, pero nunca terminaron. Si bien una chica del B le pidió el cuadre a mi hermano, y gracias a ello conocí a gran parte de los de su grupo, la amistad entre Tatiana y mi hermano se esfumó de la noche a la mañana. Dejaron de hablarse, de frecuentar la casa el uno del otro, se evitaban en la calle y cuando se encontraban, se miraban con recelo. Cosas de niños, o de amor, creo.

Yo, al igual que Tatiana, terminé por alejarme de mi hermano. Me vi seducido por las costumbres, planes, ideas y actitudes con las que ella expresaba las cosas que veía en el mundo, hasta convertirme en una versión precoz y masculina que la personificaba de manera tierna y ridícula.

Ya en bachillerato una sola sombra nos envolvía a ambos y nos escuchaba hablar sin protesta alguna. En las noches que me veía con Tatiana luego del colegio amontonábamos dudas sobre cualquier acontecimiento, sobre nuestras vidas y las de los otros, e íbamos excavando en todas ellas túneles que nos asfixiaban, hasta dejarnos con la certeza de que construiríamos juntos el futuro. En definitiva, nuestras mentes prematuras y juveniles erraron.

Conocí, puedo decirlo, la profundidad del alma de Tatiana: los pequeños deseos que la acunan, su extremada nobleza que roza el pesar, los temores que la frenan antes de actuar. Lidié durante años con su carácter bondadoso y apaciguado, me divertía viéndola pasar su mano por el cabello cuando quería coquetear con algún tipo, me enteré de sus ideales de una vida tranquila y estándar, y me sorprendió de ella, ya no, la belleza que encontraba incluso en la podredumbre de la sociedad.

Al adquirir algo así como una visión propia, a eso de los 15 o 16 años, la tarea de contemplar su espíritu desnudo me revelaba a Tatiana como una persona pobre, patética quizá. Es tan solo otra mujer producida por los engranajes de la sociedad, no hay en ella gran novedad o iniciativa propia, no existe una ambición que provenga de su alma. Al menos fue eso lo que pude dilucidar de ella en nuestros años de encuentros.

Sin embargo, y pese al malestar que producían en mí sus opiniones, debido a la adulación que sentía por ella, no me atrevía a expresarme, a contradecirla siquiera, escuchaba sin replicar y luego le respondía: -Bueno, puede ser, puede que no. Ella insistía con algunos argumentos y yo terminaba por darle la razón, siempre estaba de acuerdo con ella.

Ya en mi primer semestre de sociología, cuando ella estaba próxima a graduarse de la Universidad, se volvió insoportable el hecho de someterme su voluntad, de complacer sus deseos, de acomodarme a sus juicios.

Empezamos a discernir, cada vez con más frecuencia, respecto al ordenamiento supremo bajo el cual, según cada uno de nosotros, funciona el mundo. Desde su perspectiva, la existencia era una consecuencia, necesariamente lógica, de causas y efectos, determinada por nuestra manera de actuar hoy, y reflejada en lo que sucederá en el futuro. Yo, por el contrario, me empecinaba en creer que la vida no es más que una cadena azarosa que nos hace bailar a su antojo.

Ese pequeño pero elemental desacuerdo fue el principio de nuestra separación. Cada cual se decidió a soñar arropado bajo el manto de mundos diferentes, casi opuestos. Tatiana se mostraba como una persona segura, sosegada y algo tímida. No permitía que ocurriese un error en sus planes y proyectos, amaba las matemáticas y desde joven se dedicó a construir su estabilidad financiera.

A mí, aquel exceso de cálculo, que conocía a la perfección, me aburría. Su modo de actuar me parecía plano y conformista, mediocre, si se quiere. Consideraba que ella, necesitaba añadirle a su vida cierta emoción, aprender a apreciar los enigmas, moverse en la duda, ser más curiosita, más sinvergüenza, dejar a un lado la culpa que produce la libertad y las opiniones ajenas. Necesitaba pasión, encontrar un modo de sentirse al límite, o por lo menos, de acercarse a él. En fin, ella carecía de ansias por el mundo que me seducía en aquel momento, y rehuía de cuanto yo buscaba.

No dejaba pasar por alto que ella era una vieja bonita e inteligente, que se estaba desperdiciando en medio de la monotonía, perdida en días sin emoción. Procuraba decírselo de diferentes maneras y proponiéndole varios ejemplos, pero, aunque fingía prestarme atención, desechaba de antemano mis palabras. En las ocasiones en que salíamos a pasear en el parque, que eran cada vez menos, en cuanto encontraba la ocasión, le decía secamente:

- Tatiana, yo no quiero decirle cómo debe vivir y usted lo sabe. Pero en verdad me parece que es dañino que no salga de su casa más que para ir a trabajar, o para verse conmigo- sus ojos se torcían hacia arriba escupiendo fastidio, pero yo continuaba- Está dejando que se le escurra entre los dedos la única oportunidad que tiene para inventarse a usted misma, se le va a podrir el único cuerpo que tiene para nadar en los 7 mares, siempre haciendo lo mismo.

Obtenía como respuesta una mueca en sus labios y un parpadeo lento con el que ella solía expresar: Prosigue, no me importa, estoy pensando en algo más.

Un tanto ofendido, y para recapturar su atención, lancé una pulla a su orgullo, y como conocía bien su vanidad y la importancia que para ella posee la familia, le preguntaba en tono quisquilloso- ¿Por qué no consigue un novio, o por lo menos sale con alguno de los manes que le caen? ¿Va a esperar para viajar siempre con hijos y gorda? ¿O sola y flaca?

Ella me respondía: - Usted también sabe que yo no tengo tiempo para eso, por lo menos, ahora no. En cinco años, cuando esté viviendo sola y tenga mi apartamento, empezaré a pensar en eso. Ahorita, tengo que concentrarme en añadir experiencia a mi hoja de vida y ver si puedo ascender en la empresa antes de un año- y terminaba con un tono redundante que me alteraba la rabia -Es el plan, gordo.

Yo insistía con otros argumentos, aunque la discusión estaba perdida, costumbre odiosa que había adquirido de ella, haciendo alusión al valor de la juventud, a la fugacidad de los años, al cliché de que la vida es una sola, así ella creyese que habría otra eterna luego de esta. Me atrevía, incluso, a justificarle que la moral y el destino eran ideas ajenas que habían germinado como propias dentro de nuestras cabezas. Pero nada, mis palabras no bastaban para arrancarle las viseras que, como un caballo, lleva junto a sus ojos para no perder de vista el camino que le conduce a “la meta”. Cambiábamos de tema y hablábamos sobre cualquier cosa, pero nunca de nosotros mismos.

Mantuvimos la dinámica de los paseos esporádicos hasta cuando crucé cuarto semestre. Para entonces, mi cambio había sido drástico, las relaciones del mundo universitario terminaron por desatar mis deseos de una vida en el ahora, sin pensar en un proyecto o en un mañana. Tatiana seguía siendo la misma de siempre.

En alguno de los encuentros de aquella época, quise expresarle a Tatiana mi interés por salir de la zona de confort y experimentar otras sensaciones, estaba lleno de un nuevo ímpetu que me forzaba a desafiar la vida, quería comerme el mundo, quería las sutiles delicias del placer. Al escucharme Tatiana se horrorizó, en su cara pude ver que no creía que fuese yo quien le hablaba; era la primera vez que estaba frente al niño que ya no era niño, y lo único que pudo hacer fue poner una sonrisa de incomprensión.

Su gesto se tragó de vuelta el alma que durante tanto tiempo había honrado los rincones de la mía, separó nuestras sustancias siamesas y abrió en el espacio un callejón invisible que nunca más estaríamos dispuestos a atravesar. Empecé a llorar sin darme cuenta y aunque ella seguía allí, resonando sus pasos en las hojas secas, preguntándome ¿Qué te pasa? ya no podía sentirla cerca, se había muerto en vida. El paseo terminó después de eso.

Comprendí de pronto que hace mucho no podía comportarme con libertad junto a ella, le fastidiaban cada uno de mis cortos apuntes acerca de teorías sociológicas u opiniones políticas, le irritaba el humo del cigarrillo, hallarme borracho o trabado, mis anécdotas cargadas de locura y peligro le parecían ridículas. Podía verlo con toda claridad bajo sus carcajadas secas y sus reproches en broma, escondido en el desinterés con el que tomaba mis asuntos e iba rápidamente a los de ella.

Yo la escuchaba, la amaba y la comprendía, ella procuraba corresponderme, pero en el fondo ambos sabíamos que nuestra amistad se había convertido en una cortesía por obligación.

Hice mi último intento para rescatar lo que quedaba en los escombros. Seguí buscándola con ahínco en fechas especiales como su cumpleaños (si bien ella pareció olvidar el mío), navidad y año nuevo. Usualmente me evitaba o escapaba cordialmente diciendo que iría a un plan que no me gustaría. Yo hubiese ido tan solo para estar a su lado, y ella lo sabía, pero ya no funcionábamos así. El bienestar personal primaba sobre nuestra amistad.

Me mudé antes de terminar la carrera y nuestra distancia se reveló definitiva.

No volvimos a vernos hasta hace poco más de dos años, cuando en año nuevo, tomé la determinación de ir hasta su casa, para despedirme de ella, pensaba que eso cerraría nuestro ciclo. Estaba seguro de encontrarla en el mismo sitio donde, desde su nacimiento hace 30 años, ha pasado el año nuevo. En casa, hablando con sus padres.

Ellos me recibieron con la efusividad cansada de la vejez, preguntaron sobre mi familia, mis estudios, el trabajo, mi situación sentimental, y luego de un feliz año, se fueron a dormir. Tatiana me miraba confundida. Le propuse dar un paseo por el parque y salimos luego de haber tomado varios abrigos para el frío de la madrugada.

Al principio pareció resurgir entre nosotros la profunda conexión y entendimiento que nos característicos de nuestra infancia, reímos y nos abrazamos con cariño sincero, charlamos acerca de nuestras vidas y proyectos, de volver a emprenderlos, sino juntos, por lo menos cerca, embriagados de una felicidad antigua. Pero aquella sensación de reencuentro era en realidad la nostalgia del adiós.

Nos sentamos en una banca exhaustos de caminar por el parque, habría pasado más de una hora, y algunos pájaros perezosos piaban descoordinados, sin noción de fechas especiales o despedidas, como cualquier otro día del año. Junto con la inmovilidad, se estancaron los recuerdos, las anécdotas, los temas de qué hablar, empezaba el barro. La charla se fue apagando hasta el silencio, con la mirada fija en las pupilas del otro y, como si nada, en aquel vacío, dejamos caer las ataduras de un pasado en común. Se esfumaron también los enconos y los lazos, los perdones y los agradecimientos, se borró la historia y se cerró la puerta.

Después hablamos sobre cualquier cosa, del barrio, de las estrellas, del frío, hasta sentirnos agotados. Me puse de pie, la contemplé por última vez, y vi en Tatiana aquella niña de cachetes rosados y sonrisa fácil, llevaba de la mano un niño desconocido. La abracé, para no olvidar el tacto de su cuerpo, le di por última vez el feliz año nuevo y la besé en los labios. Volví atónito a mi casa y no supe nada más de ella.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Editor, Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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