Literatura

Un suicida al espejo

Tiempo estimado de lectura: 6 min
2020-12-25 por Daniel Zárate

Todo acto agresivo, por inhumano
que pueda ser, sigue una lógica oculta” Joachín Bauer

Ya era hora de un colapso, hace días lo veía venir. Llevaba quién sabe cuánto frente al espejo apreciando la imagen de un cuerpo semidesnudo, con las tetillas peludas y el ombligo retorcido en forma de asterisco. Su rostro lo enmarañaba un cabello castaño y seco, sus brazos eran fofos, los labios cuarteados por el sol y la sed se combinaban con ojeras de mal dormir demacrando su semblante. Observaba un cuerpo consumido por el pasar del tiempo, por las drogas, los achaques, el azar, por una vida, casi siempre, al ras. Me detuve en sus manos y quizá, no me parecieron las de un hombre, la ansiedad se había comido sus uñas hasta convertir los dedos en ancas de rana.

Cuando mis ojos se estrellaron con esos ojos, sentí al pavor besándome el cuello, escalofríos babosos bajaron por mi espalda, y aunque no es necesario, confesaré que esa sensación de pánico desconocida llegó a excitarme de manera abrupta, pero fugaz. Eran los ojos de un adicto que despierta del sueño intranquilo; ojos de una voracidad salvaje, iracundos y necesitados, enrojecidos de furia y de hambre. Parecían reclamarme algo.

Entonces, clavado en la pupila hueca de esos ojos inexpresables, se alumbró el sentido de los sucesos recientes. Las peleas frecuentes con mamá por los insomnios desperdiciados en los que ni siquiera podía llorar, la ira sorda hacia mi hermana por cada falta que cometía, el hastío de un padre silencioso, la monotonía de un círculo social que no me emocionaba, el desinterés por la apariencia. La causa de todo eran esos ojos, que nunca se habían visto a sí mismos. La presión que ejercía contra mis propios dientes hacía temblar mi cabeza.

Me sentí como un cachorro que se despoja de la tela azul blanquecina que cubre sus ojos y se enfrenta por primera vez al mundo, torpe y ansioso. Estallé en una cólera de rabia y estrellé la espalda manchada de acné contra la pared. Esperaba que el dolor físico me retornase al baño, al cuarto del espejo, y que la presión en las cicatrices e hinchazones de la espalda, afirmara que ese del espejo era yo, que no estaba soñando. Puse música en mi celular para disimular el ruido.

Tomé un respiro, y procurando tener conciencia de que a quien veía era a mí mismo, reuní el valor suficiente para volver a enfocar esos ojos vacíos y tenebrosos. De pronto, un asco cómico convulsionó en mi garganta. Cada década de convivencia familiar chirrió como un rayo en la ausencia del reflejo y en el hoyo de mi garganta. Mi familia me producía náuseas, una agriera que llegó hasta mi lengua me hizo soltar una blasfemia ácida contra ellos, estaba harto. Bajé un momento la mirada y comprendí que poseía una rabia reprimida por años contra cada ser querido que aún conocía. A donde quiera que fuese era el hijo de mis padres, el hermanito de mi hermana, el primo de mi primo, el amigo de mis amigos, el novio de mi novia. Así me conocían, bajo el velo de cada personalidad a la que acompañaba o a la que imitaba. Eso no bastaba para ser yo mismo.

Si seguía siendo un cachorro, seguramente era un pug. Sentí que mis ojos se salían de las cuencas por el desespero y el estrés, no recordaba una situación en la que no se repitiera el mismo discurso que habían construido a mi alrededor: “Miren, el hijo de … es muy pilo y muy buen niño” “¡Ah! Es el hermanito de … ¿Cómo está su hermana? ¿Sí está juicioso? ” Qué fastidio, qué puto fastidio. Posé las ancas de rana sobre mis ojos de pug para evitar que saltaran, y cuando sentí retornar todo en su lugar, quise arrancarme los cabellos secos, quise desprenderme de ese personaje de la manera que fuese.

Como en un momento se me ocurrió que estaba haciendo mucho show procuré tranquilizarme, pero la confusión de mi cabeza impedía que respirara con regularidad. Me dolía el pecho, justo en la zona donde está el corazón, la vista se me nublaba y las arcadas aumentaban. Esa escena me produjo cierto espanto. No entendía qué producía estos ataques de furia y repulsión en contra de mis allegados. Nunca me había faltado una pizca de amor, era difícil recordar también alguna ocasión en la que no consiguiese lo que quería. Irónicamente, la condición de ser representado por otros me daba la valía para conseguir mis caprichos, me convertía en un consentido sin remedio, me daba la protección y el colchón para cometer ciertos errores.

¿Entonces qué sucedía? ¿De dónde provenía el peso que arrastraba por mi familia, las ansías por olvidarlos y la necesidad de alejarme de su compañía? En ese momento, creo, el espejo me susurró, como si en él fuese a encontrar algún consuelo, alguna respuesta. Al retratar mi imagen de pies a cabeza, y con una canción melancólica de fondo -en aquel instante, realmente, cualquiera lo hubiese sido- comencé a hilar las razones de la repulsión.

Hasta ese día estuve convencido de que mi familia y los seres queridos que me rodeaban no podrían fallarme, no podrían traicionar el inmenso amor que sentían hacía mí, y según lo que se dice, el verdadero amor soporta cualquier adversidad. Sin embargo, ahora sabía cuán infantil era ese pensamiento. Las circunstancias cambiarían: aquellos quienes estaban en aquel momento conmigo, eventualmente me abandonarían, y los odiaba por eso. Fue cuando el verdadero colapso comenzó.

Iba a gritar, pero el reflejo se hizo lento y se negó a obedecer mis movimientos, insistía en que lo mirase, en que asumiera su visión de aquella tarde pedregosa y nublada, me tapó la boca y me ordenó que excavara un poco más profundo. Yo obedecí, era él quien poseía ahora el control de la situación. Quedé absorto en la flacidez del cuerpo que me miraba, me consolaba verlo más desagradable que de costumbre, en algún pasado remoto, había sido realmente lindo, aunque ya no lo fuera.

Estaba lleno de pinchazos de astillas que habían desangrado el color cálido de su piel, pequeños acontecimientos diarios que le dolían y lo envejecían. El cruel panorama mundano donde se maltratan animales y se deja morir de hambre, le dolía tanto como revolcarse en llanuras de cactus, eso podía verse. El alimento que le otorgaba la infelicidad de quienes se sacrificaban por él le había atrofiado el estómago, estaba hinchado porque no lograba digerirlo, en la garganta tenía a medio masticar las vidas que había arruinado, era un desastre y se le encontraba muy triste. También había perdido su nobleza.

En sus ojos llenos de culpa se esbozó una lágrima, y como si esto lo irritara, empezó a golpearse la cara, con sus ancas gruesas y huesudas. Yo no sentía los golpes a pesar de la fuerza con la que eran dirigidos, sus labios fruncidos revelaban que se mordía con sevicia y ansiaba la sangre. Sin más, se detuvo. Se agachó y me dio la espalda. Cuando dejé de verlo pude retomar el control de mi mente, y una sorpresa amarga y llorosa invadió mi cuerpo. Seguía los movimientos como un autómata buscando algo en mi pantalón, no sabía qué.

Volví al espejo, el sujeto cargaba una cuchilla metálica entre el índice y el pulgar de sus ancas palmadas, cuyo filo reflejó una luz que arremetió contra mis ojos. Entonces lo entendí, la causa y efecto de mis desgracias y mi depresión absurda: Era un cobarde, me refugiaba en sucesos externos para justificar el sin sentido que embargaba mi vida, la desmotivación y el dolor no eran más que una pereza inamovible que me arrullaba dulcemente y me adormecía. Me desperdiciaba en el ocio creyendo que las palabras de los demás construirían mi futuro y que no debía moverme, le temía a la responsabilidad de vivir que yacía sobre mis hombros. Qué débil inútil contemplaba.

El odio me consumió y el colapso llegó a su cumbre. El hombre del espejo se cortaba las muñecas, su sangre manaba sin cesar procurando borrar sus errores con un río de sangre, pero su caudal ensuciaba la historia de esa vida doble. Yo no sentía más que el olor a hierro y una satisfacción desgarradora por dentro, que bullía a miles de grados. Después de un año sin hacerlo, empecé a llorar, lloraba lágrimas calientes y babeaba sal. No entendía ni lo más mínimo.

¿Quién era ese del espejo que seguía cortándose? No lo reconocía, no sabía quién era. La piel de las muñecas se separaba como un mar de carne liso, que pronto se volvía rojo. El ardor me deleitaba, me redimía. Me estaba muriendo sin haber sido yo mismo un solo segundo, hasta aquel momento. El rencor y la rabia me convertían en un engendro agresivo y siniestro burlándose de su propia imagen agonizante. Se habían condensado durante años sentimientos de rechazo hacia mi mismo, que habían estallado a destiempo, cobrándome gota a gota cada oportunidad en la que no quise ser. Se cerraron mis párpados y se taparon mis oídos, es lo último que recuerdo de lo que llaman vida.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top