Literatura

Una Gota de agua (Recurso no renovable)

Tiempo estimado de lectura: 3 min
2020-12-11 por Daniel Zárate

“Para quienes luchan, y no luchan,
por el Páramo de Santurbán”

La gota no tiene noción del tiempo. Está desorbitada y fatigada, cree evaporarse de tanto correr. Además, hace tiempo no ve ningún animal, ninguna planta, no recuerda el ciclo de la vida, ni tampoco el ciclo del agua. Habla sola, pero muy bajito, para no enloquecer. Una gruesa nube de un naranja, más bien opaco, cubre el espesor del globo, da igual si alumbra el sol o alumbra la luna. Los días, si pasan, lo hacen llenos de una luminosidad artificial y nociva, por lo que aquí no se duerme. Es un mundo de ideas áridas y cuerpos concretos, es decir, tiesos, cuadrados, sin expresión.

En fin, la gota teme al mundo, el mundo la busca, la gota corre. La gota se encuentra con un monstruo, huye lo más rápido que puede. El monstruo tiene una máscara de plomo larga, chupa barras de un oro purísimo, calza guantes de diamante; sus manos están podridas, tiene orificios en los párpados. El monstruo es flaco, casi gris, casi como la nube, pero resplandece algo bajo sus pestañas al ver la gota. La gota sabe leer ojos, es más vieja que la vida, por lo que se dice a sí misma:

- Correr es la única opción para mantener la historia.

Así que aplica todo su empeño en alejarse sin ser vista, todo su esfuerzo en que sea rápido. El monstruo persigue la gota desesperado, quiere acabarla, se acerca, pero la gota voltea, lo esquiva. El monstruo cae, la gota gana. El monstruo no se levanta, está cansado, sus adornos le pesan, es débil, se ha detenido, le falta el aliento, se devuelve. A pesar de eso la gota reemprende la huida, cambia de dirección varias veces, no se detiene. Por eso la gota está desorbitada y fatigada, cree evaporarse de tanto correr. La gota para, siempre para; necesita pensar, se tranquiliza, piensa. Lo hace en voz alta, pero no tan alta, para no enloquecer:

- Existe un lugar que no conocen los ojos de los monstruos, que saben que existo, me buscan, me oculto.

El bochorno es el mismo a cualquier hora, el tiempo se eclipsa, por lo que la gota no descansa, sigue su camino de inmediato. La gota experimenta afinidad con ese lugar; es un gran hoyo cubierto por montañas de polvo café, con oquedades en los declives que parecen pequeñas cavernas, allí se dirige para ocultarse y no salir jamás. La gota cree conocer el lugar antes que la vida misma, pero no recuerda, no puede. La gota también cree escuchar sonidos de aparatos, de motores. La gota no se equivoca, es más vieja que la vida. Los monstruos la buscan y allí no hay donde esconderse. Pero la gota es astuta, no se equivoca, se devuelve. Ambos se cruzan, pero no se ven.

La gota quiere creer que los ha engañado, toma otra ruta, más larga, ahora ella es la perseguidora. Mira hacia atrás, nada; luego hacia adelante, nada; de momento, nada. La gota, aunque no lo cree, tiene sed, se lame ella misma, reconoce en su lengua su sabor y su valor. Nota que el camino se empina. La gota sube una gran pendiente, observa, se sorprende, casi se congela.

Los monstruos están esparcidos por toda la zona, pequeñas caravanas se riegan por el desierto, por las montañas. Los monstruos chupan barras de un oro purísimo, no hablan entre ellos, quieren acabarla, algo resplandece bajo sus pestañas. La gota desespera, se siente atrapada, probablemente lo está, se desconcentra, rueda por la pendiente, queda cubierta de polvo, es un gran camuflaje. Ante la situación, avanza y llega al principio del hoyo.

A partir de allí, el polvo que la cubre es un obstáculo, se sacude, se demora, es vista, un monstruo que vigila desde lo alto de una colina da alerta. El monstruo hace sonar los aparatos, los motores, se reúne con los otros en cuestión de segundos. Los monstruos se acercan al hoyo por todas direcciones, la gota cree que está perdida y no se equivoca, es más vieja que la vida. Grita de manera desgarradora, muy alto, para no enloquecer. La gota quiere llorar, pero no recuerda cómo, no puede, el tiempo se eclipsa.

Los monstruos se aturden, tienen máscaras de plomo largas, chupan barras de un oro purísimo, son débiles, no conocen el grito de la gota. La gota tiene una oportunidad, la usa, entre la confusión, a paso largo, escapa. Baja por el hoyo de arena, busca cualquier caverna, los monstruos chocan, rápidamente se organizan, la buscan, la gota huye, cree evaporarse, está desorbitada y fatigada, no tiene noción del tiempo, encuentra una caverna.

La gota se interna, los monstruos perforan la pared con los aparatos, los motores, son astutos, quieren acabarla, más vieja que la vida misma. Los monstruos se acercan, la gota piensa en rendirse, no lo hace porque le llega un olor familiar, una especie de humedad, la lengua le sabe a valor, la gota corre. Llega al fondo de la caverna, que es oscura, reconoce algo, acostumbra sus ojos a las tinieblas, de la sorpresa, por poco se evapora.

Es otra gota, pequeñísima, apenas un vaho del rocío inexistente; reposa, muy profundo, en un hueco que perfora la única roca, que allí se encuentra. La gota creía ser la última, se pone feliz, se entristece, escucha el sonido de aparatos, de motores, se exaspera, intenta evaporarse, pero no recuerda el ciclo de la vida, tampoco el ciclo del agua, no puede. La luz estrella sus ojos, han llegado los monstruos.

La gota flaquea, se arrodilla, se rinde. Ve resplandecer ojos azules tras máscaras de plomo largas, se reflejan en barras de un oro purísimo, traspasan los diamantes, los monstruos caminan hacia ella. Es una tonta, se equivoca, más que la vida misma. Los monstruos la ven desde el primer momento. Los monstruos la engañan, la conducen, pasan de largo, pero no la pierden de vista. Sus ojos azules resplandecen, los monstruos la dejan rodar de la colina, despiertan su instinto, la siguen, la persiguen, quieren acabarla.

La gota no quiere hacer nada, se ve muerta y por fin recuerda, recuerda porque siente afinidad por aquel lugar, que tonta, está en el Páramo de Santurbán.

Recuerda el día en que llegaron unos seres bípedos de cabellos árabes, banderas blanquirrojas y verdes, con el ruido de aparatos, de motores. Días después se va el oro, las esmeraldas, los diamantes, se explota el plomo. Con ellos el vuelo de los pájaros, la neblina del frailejón, la maleza, las plantas, la gracia, la expresión, la cordura, llega el mundo de concreto. Recuerda irse porque los bípedos se convierten en monstruos y los que se quedan se evaporan hacia la nube de un naranja, más bien opaco.

La gota no tiene noción del tiempo. Acaba de recuperar la memoria. Al morir, la gota se desgarra, siempre se desgarra, enloquece, siempre enloquece; muere, mata la gota que nace, que tonta, se equivoca, otra vez, más que la vieja vida. El tiempo se eclipsa si se pierde la memoria.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top