Literatura

Yo es el capitán

Tiempo estimado de lectura: 14 min
2020-10-23 por Simón Fajardo

Por los altercados terribles. Esos de personas blandiendo cuchillos en el aire negro, de noche, escupiendo amenazas arrugando la nariz; de esos que alguien termina en el piso implorando -repleto de Presente-: “no me dejen perder mi vida”; también por la sed que agrieta lo que se supone húmedo en nuestro cuerpo. Esas rajaduras van desde el estómago hasta los dientes, entonces uno se siente de cartón y, como cartón, ruega porque no llueva (círculo de vicio).

Yo soy el Capitán cuando alguien grita auxilio con la boca super abierta a punto de romperse, se araña el cuello y zapatea arrugando la cara -como el que zapatea cuando entiende que la vida no tiene un propósito-. Esa persona se encuentra histérica porque mataron a su pareja en un atraco (atracos en Suramérica como el aire: está. Sin origen, ni fin) en una calle de color petróleo con postes de luz amarilla. El viento le soplaba la frente sudada, diciendo he aquí lo eterno, pero nadie le ayudaba: actué como un Capitán, le hablé contundente a esa persona: “si usted no se calma, le mato: podrá acostarse ahí, con su pareja en el suelo, sin que nadie la mire raro. Si hace silencio, llamo a la policía desde mi teléfono, en busca de ayuda” me quité el cigarrillo de la boca y se lo di.
Un Capitán no hace el bien. Ni el mal. Hace lo que la situación demanda. Es decir responde con prontitud, sentido común y eficacia, circunstancialmente. Hay casos de Capitán Externo y Capitán Interno: el primero es el que arriba relaté. Personaje frío, útil y alentador para los demás.
El mejor es el C. Interno. Porque uno no muere, o no muere fácilmente (Dice muere, léase desmayo o pérdida de Luces o entrega inerme sin propósito alguno, a la Locura para romper la calma social-sexual).


LA PELEA: X le ha pedido prestado cierta cantidad de dinero a Z. X es poeta, por eso adquiere, pero no paga deudas monetarias. Aunque Z sabe de su vida de poeta, no está para regalar dinero a nadie. Y eso le dice a X, acompañándolo de improperios y palabras jugosas (son palabras que se escupen con babas). X no habla, se dice asimismo: Frío, Capitán, solo le provocan, que esa sirena que llama, lujuriosa, no es su exesposa ni esa fila de olas los abrazos que, de un momento a otro, se negó a darle. Z sigue insultándolo. Ahora con más valentía pues advierte que el otro rehúye a la pelea. Lo empuja y se burla, nariz a nariz, de los malos poemas que escribe. X: Capitán, el enemigo ha entrado en terrenos susceptibles. Hay que no aceptar la proposición violenta sino inventar otra ¡Adelante!

Z grita, le grita a X, poeta chistosito muerto de hambre, ¡sin un peso! -se ríe endemoniado- ¡sin un peso!. X: Capitán, vamos.. Allá está el mar. Este barco es guapo, este barco es de hierro. Z sigue vociferando entre carcajadas. X procede a quitarse la chaqueta: ¡Capitán, fuerte y hermoso! ¡Dispare!. X manda un cabezazo pesado, el cual recepciona Z con su tabique. X lanza un gancho hiper veloz que nadie ve. Solo Z que lo ha sentido, ha llegado directo a su pómulo derecho. Se asusta, no entiende, titubea. Se hace el bobo. Detiene la pelea argumentando cosas que nadie entiende. A nadie le importa. Continúa la noche como si nada. X: A veces las olas obedecen al Capitán cuando el barco no ladra.


EL ABISMO: Cuando era una adolescente probé drogas, el exceso de alcohol. Está en mi naturaleza, siempre lo he dicho. Muchos amigos, sobre todo amigas, juzgaron mi hambre por probar, argumentando que solo lo hacía por aparentar la locura y el desenfreno. Yo: Un ordenado desorden en los sentidos. Artista.
Desde niña quise ser clown, y mis primeros números los sufrieron mis papás que reían por no hacer más incómodo de lo que ya era el espectáculo. Yo lo notaba enseguida, por eso cargo mucho rencor (but that is another story).
Tenía 17 o 18: me solté y me fui. Son años que, vistos desde acá, el ahora, parece que flotaran independientes de los otros que conforman mi vida. Años sin fecha ni lugar. Flotando.
Sola, comí hongos alucinógenos (setas) mezclado con fármacos tales como tramadol y codeína. Directa al abismo. Lanzada exprofeso. Pero yo no conocía el Abismo, el mío.

-¡Capitana, nos hemos lanzado, sin salvavidas, el barco se aleja!
No la veo pero sé que está ahí, Capitana. Únicamente me va a escuchar a mí:
Está sufriendo un cruce inesperado de sensaciones
Sin poder cerrar los ojos

Aunque pueda gritar no lo haga, quédese en silencio
Y sufra, Capitana, valiente y digna. Se encuentra en el Abismo, pero de pie.

El cuello me bullía, recuerdo el terremoto en los oídos. Abismada sin equilibrio. Si me atrevía a cerrar los ojos veía el Infierno. O abiertos el Abismo se me ofrecía espantoso: nidos de bocas flotantes que gritaban como una persona que está siendo violada y/o degollada; Ojos también independientes, pero puestos en el suelo. Estos ojos tenían párpados que alguien, borroso e inidentificable, deseaba -quién sabe por qué- abrirlos al máximo. Hasta el punto de que esos párpados se rasgaban y sonaban como tela que se rasga. Entonces las piernas flaquearon y yo pensé, me jodí.

-¡Pero Capitana! ¿No está viendo que las piernas se le van, son gelatina!
Se está cayendo. Se cayó, Capitana. ¿Es que usted no me está escuchando!
¡Por el arte, mujer! ¡Por la vida de fuego! No va a morir.
Y saldrá, de pie, de este inverso de montaña.
¡De pie, Capitana!.

Sufrí lo insufrible. Las horas de trance: pasar del fuego en los ojos a dos planchas de hielo cercando el pecho, para siempre. Los días siguientes, resentida, recordando el fuego y hielo.
Tratando de descubrir la identidad de la persona o el ente borroso que rompían los párpados, pero no se da y creo que no sucederá. En cambio ese hueco negro que era su cara la relleno con personas que conozco y las más de las veces aparecen mis padres. Juntos. Mitad y mitad. Insoportablemente.


UN BACHE: Rompimos el vidrio porque estábamos seguros de que no había alarma y así fue, efectivamente. Entramos por la ventana intentando no abrirnos la piel con los picos de cristal que sobresalían en el marco. Adentro, cuando toqué el suelo con mis dos pies la realidad o la sensación de realidad me trepó por las piernas y la cadera como un animal (un animal que no pertenece a este mundo, o si pertenece, hace parte de las curiosidades desorbitantes de la Naturaleza. Nunca visto por el hombre y sí por las leyendas) hiper escurridizo y pegajoso a la vez, que se mueve con la velocidad de la luz, pero deja una babaza espesa y brillante . Hasta que me estalló en el pecho, esta vida de bandido mía, como si fueran balas de Sol o rayos láser. Esponjaba mi nariz, duro, hasta el último límite, que no tenía aire o la Luz en el pecho me presionaba los pulmones. -Capitán, usted ya no se va a devolver. Capitán, sereno, de pie. Nadie se va a echar para atrás, eso lo sabemos todos-.

Nos metimos a robar tres hombres. Éramos amigos. Creo que no los quise mucho porque ha pasado tiempo y no sé si están muertos o vivos, en la cárcel o en un manicomio. Me importa lo más mínimo. Pero robamos mucho juntos. Los tres fuimos novatos al mismo tiempo y, como acto de vanidad, pero también de colectividad, apenas aprendíamos trucos nuevos de otra parte, los compartíamos en el grupo. Todos adquirimos artilugios a una velocidad impresionante.
Escalamos.

-Capitán, has de hacer lo necesario: crispar los dedos para enterrar uñas

Aunque el Capitán me hablaba, no podía concentrarme y seguía temblando, pero pude caminar. El sitio, un almacén de belleza ( al norte de esta ciudad) famoso por su incesante clientela. Vendían todos los días una cantidad absurda de pestañas postizas, uñas postizas, planchas para el cabello o tintes para el cabello, etc. Los tres sabíamos que ahí había dinero. Luego alguien, quién sabe quién, trajo el rumor de que en dicho local no utilizaban alarma antirrobos porque los dueños asumían que todos asumíamos, es decir los bandidos, que era imposible ganar tanto dinero cada día y no utilizar ese tipo de preventivos. Mis amigos y yo, de inmediato, planeamos el robo.

Entramos y el Capitán me hablaba. Yo, cada vez más firme, decidido. Ya no era novato y eso se nota. Aunque a veces se tiemble.

-Capitán, ganarás…

Todo super negro: localizamos mentalmente la caja registradora y los dispositivos más costosos. Estaba uno en la caja, el otro guardando planchas, alisadoras, secadores… en su saco de ladrón. Yo me fui a la trastienda con los dos brazos estirados hacia adelante. Cuando palpé un computador encima de una mesa, casi chillo de la felicidad, pero alguien encendió la luz. -¡Capitán, cañones!-. En seguida cojo mi pistola, pero el dueño del negocio ya me estaba apuntando con una.

-Capitán, las alarmas no siempre hacen escándalo de inmediato. Capitán, te has confundido, las alarmas también pueden estremecer el cuerpo y matarlo. No se quede quieto, Capitán. Cuando el enemigo entre en el primer diálogo amenazador, dispare sin pensar, dispare y no cierre los ojos.

El tipo tendría aproximadamente 60 años o 63. No era gordo, pero tenía panza de cerveza, de buena vida. Cara redonda y brillante. Pecho peludo. -Capitán, este enemigo me repugna. Podría matarlo aun cuando él no amenazara mi vida-.
Mis amigos creyeron que por descaro o experiencia yo había encendido la luz, pero cuando se asomó uno de ellos para verificar y luego el otro, descubrieron a este gordo anciano apuntándome y yo a él. Ellos no tenían armas de fuego, tenían cuchillo y navaja. Nada que hacer. El dueño del almacén comenzó a insultarnos y sus cachetes se movían como los labios de un perro chato cuando ladra. Nos insultaba y nos miraba uno a uno. -Capitán, ya-. Tenía fija la mirada en uno de mis ladrones cuando le disparé, en la cabeza. -Capitán, ha sabido responder. Ahora uno en el pecho y en cada rodilla-. 2 tiros al pecho. 2 en cada rodilla. Y huimos. Y nos llevamos el premio.


EL HUECO: Un hombre: Recita de memoria poemas de L. Byron. Sabe arreglar la ducha eléctrica de su casa cuando se recalienta, o la estufa, electrodomésticos… Cuando sus hijos llegaban con problemas matemáticos, los resolvía como jugando, dichoso. Le divierte resolver el Álgebra de Baldor, la Física clásica, le divierte Newton. Sabe apreciar al Coleridge. Sabe instalar un exosto en un automóvil. Este tipo sabe mucho. Como en su juventud leyó a Marx y a los marxistas, huyó del patrón y de la compañía. Dijo: Capitán. Independiente. Solo. El mar ruge, mi corazón suda pumas, como dice el poeta.

Se lanzó a la mar brava, solo, con un oficio más bizarro que la poesía o la revolución armada-intelectual. Se arrojó a la mar brava vendiendo, reparando, alquilando U.P.S’s. Uninterruptible Power Supply. Es un dispositivo que proporciona energía eléctrica a todos los dispositivos que estén conectados a él, por un tiempo limitado. Se utiliza en apagones eléctricos.

-Eso parece una metáfora, Capitán-
Arrojado, y con hijos.

Arriesgarse, Capitán, será su vida.

Independiente, responsable de sí mismo como un hombre que ya se ha mirado o retado en el Espejo del Tiempo y reconoce sus falencias, sus realidades y sus ventajas.

Insistió mucho tiempo. Nunca cambió de oficio. Se obstinó y por eso pasó momentos feos, no de hambre, pero sí exclusivamente de pan barato.

-Capitán, el barco se nos hunde. Estoy triste, magullado. La vida es tenaz, es tenaz este Mar.

No cambió de oficio, se obstinó, tenía hijos. Sus amigos más sensatos le llamaban EL POETA (O EL ARTISTA) DE LA U.P.S. Le decían, Poeta, pronto saldrá a flote y podrá llegar a nado tranquilo hasta la orilla para, desde ese lugar, desde ese preciado lugar, ver la tormenta, el maremoto, cómodo.

-Yo soy Capitán. Hombre de hierro, y sigo. No me rindo. Mis marineros necesitan comida nutritiva. Mis marineros necesitan lecho, camarote. Qué van a vestir. Un lugar donde crecer felices.

El sujeto perdió peso corporal y en la madrugada, cuando nadie lo veía, clamaba a Dios en voz alta con un cigarrillo en la mano. El Capitán le aconsejó siempre ser hombre serio y no un buque en lastre del dolor.
Después de que pasaran años, logró estabilizar su barco por dedicado y honesto. Divisó tierra firme y se acercaba a la Orilla de su altamar intransferible. Desembarcó a sus marineros y los llevó uno por uno, en los brazos, la distancia del barco a la playa. El artista o el Capitán. No viró el quehacer. No era un cobarde el Capitán del que les hablo (U. P. S.).



Sobre el autor

Simón Fajardo

Editor, Escritor

Poeta por necesidad y las vísceras. Escarbando la contemporaneidad, aficionado de los viejos estilos. Escribo porque no sé cantar y no canto porque no sé pintar.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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