Política

China y la silenciosa reprogramación cultural

Recientemente Disney y Liu Yifei (la actriz que evocó el espíritu guerrero contra la represión del imperio mongol), han sido duramente criticados después de sus declaraciones en apoyo y agradecimiento a las fuerzas policiales y los departamentos de Publicidad y Seguridad Pública del Partido Comunista Chino (PCC), quienes afirmaron, fueron fundamentales para la grabación de la memorable película Mulan (2020) en la región de Sinkiang; una región, caracterizada por ser el epicentro de la opresión y genocidio cultural de minorias musulmanas, no afines al proyecto comunista chino.

Con la etiqueta #BoycottMulan, activistas y defensores de derechos humanos han tratado de visibilizar la complicidad de la compañía de entretenimiento americano con el régimen autoritario de Pekín, que en aras de legitimar su autoridad y reafirmar la lealtad de la unidad colectiva china, ha normalizado crímenes de lesa humanidad u otras prácticas draconianas como centros de reeducación, que fomentan la esclavitud y la desposesión de la territorialidad, cosmovisión e idiosincrasia de las etnias del noreste Chino.

Ubicado entre hermosos desiertos y montañas, el Estado de Turkestán Oriental, no reconocido por la República Popular China, fue denominado región autónoma de Sinkiang, en inmediaciones de la Guerra Civil China en 1949. Este territorio que resalta por su extensión de 1.600.000 km2, limita con Rusia, Mongolia y los “Tanes” asiáticos -Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Pakistán y Afganistán-, y se ha convertido en la subdivisión más grande y rica del gigante asiático , pero también en una de las más conflictivas.

En Sinkiang (provincia de origen otomano e identidad heterogénea), habitan 52 etnias que Pekín reconoce oficialmente, entre ellas: uigures, kazajos, tibetanos, hui, tayikos, kirguises, mongoles, rusos, xibes y han -estos últimos correspondientes al estereotipo y cosmovisión de la identidad china continental, que todos conocemos-, y destaca por agrupar una diversidad y pluralidad de rasgos fenotípicos, idiomas, culturas, lenguas, música, tradiciones y herencia histórica; algunas de ellas mucho más marcadas por la asimilación forzosa de la China imperial y las campañas masivas de extinción cultural durante la instauración del comunismo en 1949 y la primacía del PCC en el presente siglo con los campos de reeducación o reprogramación cultural para hombres, mujeres y niñxs de todas las edades.

Hasta aquí resulta evidente que las palabras ”pluralidad” y “diversidad” no son la combinación favorita del régimen para mantener la autoridad y el poder, debido a que su entendimiento de la estabilidad y equilibro residen en amparar lo colectivo y lo público sobre lo individual o privado. Pero, ¿Qué relación existe entre lo privado y justificar el exterminio de una cultura? y ¿por qué esto es un problema que se le denomina genocidio, sino implica la muerte de miles personas? ¿No será que esto es una más de la propaganda Illuminati para desprestigiar la democracia en un país comunista?. Son pues, estas las preguntas centrales que nos proponemos resolver a continuación.

Empecemos observando el problema. En las últimas décadas, Sinkiang ha sido el foco de múltiples disputas asociadas al conflicto separatista y a “disturbios” o enfrentamientos entre el Movimiento Independiente del Este de Turkestán -considerado caricaturescamente por el gobierno y el PCC como parte de la triada de las fuerzas malvadas (que resumen en extremismo religioso, terrorismo y separatismo)- y las fuerzas gubernamentales. Pero, sobre todo por ser la provincia con mayor número (380) según el Washington Post, de redes de instalaciones y/o campos de retención permanente de mínima y máxima seguridad; donde entre barrotes, focos, altos muros de concreto, cinco capas de cercas de alambre de púas y una bandera roja del gigante asiático los uigures, kazajos y otras etnias musulmanas son encarceladas sin cargos en su contra o presuntas por transmitir el “virus ideológico del Islam” como los califica Pekín.

Estos centros cuyo objetivo se extienden por y para el adoctrinamiento o la transformación del pensamiento, no son más que un instrumento de homogeneización cultural que China ha tratado de realizar desde tiempos inmemoriables. En parte, porque la diversidad en el ámbito público se interpreta como un riesgo y amenaza a la validez de la columna vertebral y corazón político del gigante asiatico: el PCC, que desde occidente es visto como una violación o síntesis de autoritarismo del regimen, pero no es más que un mecanismo de protección, instaurado y normalizado en la idiosincrasia china.

Una tensión de larga data que devino en un estallido sistémico

Contrario al imaginario occidental del gigante asiático, China no es una representación uniforme y/o semejante en tanto a su cultura, lengua, religión y tradiciones. Creemos que todos hablan mandarín, que no hay diferencias étnicas entre los grupos sociales existentes y que su “apariencia” asiática es relativamente semejante. Lo cierto es que existen más de 300 lenguas distintas sin similitud alguna, 152 grupos étnicos reconocidos y 56 nacionalidades o pueblos al interior de sus fronteras, que se dividen en una multiplicidad de subgrupos con costumbres y cosmovisiones que difieren del imaginario chino continental.

esde el nacimiento de esta nación, su significancia etimológica rondó alrededor de la idea de centro del desarrollo del mundo; un centro que, en razón de preservar su existencia: 1) utilizó el hermetismo, aislamiento y la gerontocracia como un mecanismos para 2) congregar múltiples lenguas e idiomas en una sola “cultura” – dominada por la etnia Han-, para estructurar una medida de seguridad y poder para la preservación de la armonía del orden universal.

En consecuencia de estos preceptos, se dió paso para la invención y construcción de una narrativa de “historia común”, que en aras de la incipiente intención del surgimiento de organización política, fomentó -desde la dinastía Han- una narrativa sobre la que “todas las etnias provenían de la misma raíz”.

Ello devino -por décadas- no solo en la subordinación y lucha por el favoritismo de las demás etnias hacia los Han, sino también en la construcción de una herencia milenaria (206 a.C a 220 d.C), que trasladaría su significancia actualmente a: 1) la aceptación social del imaginario que representa la cultura china y 2) su presencia notable en puestos de representación política y económica, sin importar si ésta era o es minoritaria en las regiones como el Tíbet (8%) y Sinkiang (38%).

Ulteriormente con el advenimiento del orden político de Mao, Sinkiang no sólo simbolizaría una amenaza étnica sino también geopolítica, en tanto peligraba la pérdida de la integridad territorial. Las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y el advenimiento del orden bipolar de la Guerra Fría, supusieron para China el sometimiento inmediato de un territorio que pretendía ser enclave de la Unión Soviética. En ese sentido, Pekín establecería una serie de medidas que marginaban la comunidad uigur, expropiándola de sus recursos naturales y distanciandola progresivamente de las directrices de un gobierno, que reforzaba la presencia policial y militar al menor intento de “rebelión”.

Aunque esta no fue la única medida arbitraria, entre las tantas, se establecería la interrupción de la “Hanización cultural”, trasladando el imaginario cultural homogéneo chino continental a la lealtad del partido. También, durante este tiempo la etnia Han, sería por excelencia el conejillo de indias de las medidas malthusianas chinas con la instauración de la política del hijo único -un hijo varón o mujer por familia- en razón de mermar no solo la idea de prevalencia y preferencia por una etnia por parte del gobierno, sino también para asegurar la aniquilación de lo que el partido rojo denominó chovinismo Han.

Análogamente, mientras se gestaban grupos abiertamente secesionistas en Sinkiang -durante mediados de los años ochenta- y presuntamente tildados de tener nexos con terrorismo islamista internacional, se establecería la ley de aborto y esterilización en razón de defectos genéticos de los años noventa, que obligó a cientos de parejas y mujeres de minorías étnicas -entre ellos, uigures- a abortar o destruir forzosamente su capacidad reproductora, justificada en las recomendaciones de un gobierno que los considera “nacimientos de menor calidad”.

Ulteriormente con la preeminencia de Xi Jinping, las medidas de eugenesia sobre las minorías se convirtieron en una regla más que una excepción, al igual que los enfrentamientos y espiral de violencia interétnica contenidos por un brutal aparato policial que, durante los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008, dejó a 200 personas muertas y 1700 heridas en Urumqi, al sur de la provincia.

Este sería el principio del proyecto de “asimilación cultural”, similar al ya instaurado en el protectorado chino del Tíbet occidental con las minorías monba, qiang e lhoba, pero con mayor precisión, alcance tecnológico y vigilancia vecinal 2.0; donde si bien, no se incurrió (o incurre) en la expresa ejecución y exterminio de personas a razón de su condición religiosa, étnica o cultural, se comete etnocidio que es la desposesión, destrucción y violación de los modos de vida culturales, elementales para el desarrollo de los individuos y sus comunidades; para así, llegar a la asimilación e integración a una cultura impuesta.

Se comete etnocidio que es la desposesión, destrucción y violación de los modos de vida culturales.

De igual manera hablamos de genocidio demográfico, debido a que cualquier expresión de negativa de las mujeres, devenían (y devienen) en una suerte de retención en programas para el control forzado de la natalidad (DIU, abortos y esterilizaciones) en los centros de formación profesional y de reeducación -que parecen más la materialización de algunas novelas de Orwell o Ayn Rand- donde, a ojos internacionales, China muestra una propaganda irreal o casi terrorífica de personas efusivamente felices, con mujeres alegres y hermosas bailando y hombres y niñxs jugando en zonas semejantes a prisiones de púas y concreto.

Terrorífico en sí mismo, porque las personas reformadas y educadas contra el extremismo religioso y la natalidad manifiestan lo atroz, cruel e inhumano de estas prisiones. Algunos de los acusados de signos de radicalización o extremista sin signo de riesgo en la práctica, que se niegan a dejar su cultura y creencias religiosas, han sido víctimas de descargas en la cabeza, violencia física, torturas y esterilizaciones, o lo que es peor, de pruebas de lealtad como hablar mandarín por 15 horas consecutivas, no festejar el Ramadán, no rezar, comer carne de cerdo, venerar imágenes o consumir bebidas alcohólicas, entre otras muchas acciones que rechaza el Islam o costumbres asociadas a pueblos de Kazajistán y Kirguistán.

No hace mucho (febrero del 2020), la BBC tuvo acceso a documentos que arrojan a la luz como China determinó el destino de cientos de miles de musulmanes detenidos en la red más grande de campos de internamiento, revelando los datos de más de 3.000 individuos de la región occidental de la provincia de Sinkiang, que van desde sus contactos, viajes y preferencia de alimentos hasta la regularidad con la que rezan o se visten con vestimenta tradicional; demostrando el alcance que el régimen puede llegar a realizar, con tal de controlar o gestionar la vida privada de sus ciudadanos. Es pues, que corroboramos que el problema no es exteriorizar en público la cultura islámica o de otras minorías, sino por el contrario es 1) no pertenecer al encaje definitivo que el partido quiere y espera de un desafío indomable - de etnias separatistas con leves vínculos terroristas- y 2) administrar el mayor número de poder y autoridad para conservar la integridad territorial del indestructible imperio.

Estos centros que brevemente adoctrinan para olvidar la cosmovisión; interrogan e ideologizan para transformar el compromiso con la religión y cultura, en lealtades al partido y/o partidarios seculares; retienen para ser mano de obra en la elaboración de insumos sanitarios y mascarillas para occidente; secuestran para distanciarse de su herencia étnica y obligan a abortar sin consentimiento para impedir la continuación y supervivencia de las minorías “rebeldes” o “extremistas”, no son más que la reafirmación de una especie, de una raza, de una clase que disfruta la opresión y el castigo colectivo.

Y es que, aunque China ha negado la existencia de estos centros, es el 2020 el año en que han aumentado el número de registro y recolección de datos biométricos sobre esta población, así como la construcción de muchas más “escuelas de reeducación” o formación profesional, que pretenden reducir el peso del islam (pues, para el gobierno, la religión debe estar subordinada a la idea de nación en su expresión pública) y aumentar la confianza colectiva e integración de un pueblo que tiene la intención de “limar asperezas” con Pekín.

Esto nos lleva a mencionar que tan solo comprar o consumir alimentos con el sello Halal, utilizar Hiyab, llevar barba o visitar países con alguna relación islámica o entrar a páginas de internet extranjeras no avaladas por el gobierno en Sinkiang, pueden ser agravantes de presunción o acusación para que una persona sea considerada como extremista religioso, terrorista o potencial amenaza ideológica y el escenario ideal ante el régimen para su retención en centros de “homogeneización cultural”.

Con todo ello, pensaríamos que el gobierno se hace responsable de alguna u otra violación de Derechos Humanos. No obstante, a su juicio, estos centros son una herramienta para erradicar el mal o incluso, para prevenirlo. Son tan buenos, que hasta han afirmado su impacto de integración, de unidad, de cohesión y/o de uniformidad para el desarrollo de una nación. Del mismo modo, se cree que al “ayudar” a los uigures a encontrar una integración, mediante la apropiación e interiorización de la nación y nacionalización china en el alma (resumido en lealtad al partido), el gobierno contribuye a que estas minorías materialicen su sueño de estar un paso más cerca del tan anhelado sueño “chino” (saber mandarín, vivir en grandes centros económicos como Hong Kong, adquirir costumbres y asimilar el imaginario Han) un sueño, propio de la identidad nacional del opresor.

En suma lo que se sabe, o pareciera no querer enterarse el régimen -intencionalmente- es que las minorías sólo buscan distanciarse de los conflictos y sólo desean desarrollar su identidad cerca de Asia Central sin interferir los proyectos del gigante asiatico. No obstante, ello resulta imposible, pues la cuestión irresoluble no solo implica China con su deseo y necesidad del territorio de Sinkiang para el desenvolvimiento de la nueva ruta de la seda, sino una basta lista de potencias que buscan hacerse con el poder en una zona “libre” para el terrorismo y el comercio ilicito entre los Tanes.

Pero más allá de eso, sabemos que China continuará con tales acciones mientras el mundo lo vanagloria como potencia, como prodigio de la economía, como sucesor del nuevo orden mundial, mientras que nosotros, cómplices pasivos observamos la eliminación de una herencia cultural que ha prevalecido durante décadas e interiorizó el lema de existencia como resistencia. Y aunque interceda a través de la culpa, el sensacionalismo y la occidentalización, es menester según Foucault (1976) impedir desde las mentalidades, el sueño de los poderes modernos, el genocidio .



Sobre la autora

L. Chamorro Galindo

Escritora

Mi sello es la duda, la discusión y el análisis político de lo inmaterial. Mi cara, mujer soñadora y politóloga en curso, amante de las culturas milenarias, la filosofía política contemporánea, el análisis geopolítico y la defensa de múltiples luchas identitarias, entre ellas, el feminismo y los derechos LGBTIQ.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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