Política

El Brasil de Bolsonaro

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2021-06-22 por Andrés Camacho

La misma semana en que renuncia la cúpula militar en Brasil, el país llega al récord de 66 mil muertos por COVID-19, con un promedio de 4 mil muertos diarios. Algo no va bien en la administración de Bolsonaro: tanto la ciudadanía como las organizaciones estatales lo notan.

A pocos días de cumplirse 57 años del establecimiento de la dictadura militar, los comandantes del Ejército, la Marina y la Aviación renunciaron en conjunto por la dimisión que realizó el Ministro de Defensa Fernando Azevedo e Silva. Los roces entre el comandante del Ejército, Edson Pujol, y el presidente se hicieron visibles por sus diferencias respecto a cómo el país enfrenta la pandemia.

La renuncia en bloque, de igual forma, se debe a la politización que imparte Bolsonaro en las Fuerzas Armadas. El Ministro de Defensa Fernando Azevedo e Silva afirma que los militares no deberían de ser involucrados en política, perspectiva que también comparten los comandantes salientes, sin embargo, seis de los veintitrés ministerios, nombrados por el presidente, están a cargo de militares en servicio activo.

A juicio de Pujol, las Fuerzas Armadas están siendo utilizadas como un instrumento político por parte de Bolsonaro. Sin embargo, cae en el pecado de hacer públicas declaraciones sobre el manejo de la pandemia. La autoridad castrense afirma no querer involucrarse en política, pero se convierten en miembros activos de las discusiones del país. ¿Por qué existe esta contradicción entre las Fuerzas Militares y el Estado?

Es ineludible que la dictadura militar dejó secuelas en la democracia brasileña. A pesar de que la dictadura acabara en 1985, hasta 1999 se creó un Ministerio de Defensa, lo que puso, por fin, una jefatura civil en las Fuerzas Armadas. Después de esto, las presidencias de Brasil fueron acusadas de seguir infringiendo los Derechos Humanos. Un informe de la Oficina de Derechos Humanos en las Naciones Unidas demostró que algunos militares acusados de crímenes, seguían en cargos asignados por el gobierno.

La Ley de Amnistía perdonó los crímenes de cientos de militares brasileños a lo largo de los años. Fue así como se desvinculó la responsabilidad de las Fuerzas Militares de las atroces violaciones de Derechos Humanos que cometieron en la dictadura militar. Cuando Jair Bolsonaro llegó a la presidencia, algunos analistas políticos la consideraron un resurgimiento del Ejército en la política nacional.

En gobiernos anteriores hubo esfuerzos que trataron de limitar el alcance constitucional que tenían las Fuerzas Armadas, no obstante, las determinaciones eran muy generales, y fracasaron en pensar al Ejército como un defensor de la Constitución. En ella se afirmaba que, la autoridad castrense podría actuar por encima de la política en dado caso de que sea juzgado pertinente por parte de estos.

El peligro que supone la politización de las Fuerzas Armadas se evidencia en cómo la afiliación hacia un partido político por parte de estas, puede terminar con su lealtad hacia las organizaciones estatales. Quienes tienen las armas deben de actuar en pro de la protección de la ciudadanía, la constitución y la democracia, no merecen sacrificar sus vidas por intereses políticos que tienden a ser particulares.

Por otra parte, la pandemia en Brasil, a juicio de sus afectados y de algunos medios internacionales, se ha agravado debido a la ineficiencia y negación del coronavirus por parte de la administración de Bolsonaro. De acuerdo con el sondeo realizado por Datafolha, el 79% de los brasileños consideran que la pandemia está fuera de control. Cada día aumentan los casos con una tasa de infección diaria de más de 60.000 personas.

Además, se ha criticado a Jair Bolsonaro debido a que rechazó, desde 2020, la llegada de vacunas a ciudades con alto número de contagios, como Manaos. Ha destituido al menos tres ministros de salud que han tratado de cambiar su opinión sobre la pandemia y las vacunas contra el COVID-19. La respuesta del gobierno para no enfrentar la pandemia es la prevalencia de la economía.

Adicionalmente, la economía brasilera sufrió su mayor caída en 25 años. En el 2020, la economía se contrajo en un 4,35% y su Producto Interno Bruto cayó un 4,1%. El sector de servicios (el 70% del PIB), que incluye el consumo de familiar, cayó un 5,5%. Lo anterior pudo evitarse si el gobierno hubiera implementado un programa que detuviera el aumento en el desempleo y un apoyo al consumo por parte de los ciudadanos.

En los años 2000, Brasil era considerado como una de las economías emergentes más importantes del mundo. Su alianza de los BRICS, junto con China e India, lo posicionó como una esperanza latinoamericana para ganar preponderancia en el terreno geopolítico. No obstante, el resultado fue diferente.

La informalidad de la economía laboral, junto con el reducido castigo electoral, a nivel local, hacia la corrupción sobre la clase política tradicional, debilitan la estabilidad económica del país. Esto, a juicio de John Gray, se ha hecho más notorio con la llegada del coronavirus.

En conclusión, el Brasil de Bolsonaro trasciende desde la politización de las Fuerzas Armadas hasta consolidarse como una administración inerte acerca del pedido de auxilio de sus ciudadanos en la catástrofe que ha generado el COVID-19. Un ejemplo de todo lo que podría salir mal en una de las economías más fuertes en Sudamérica.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Cofundador de la Revista Cara & Sello. Politólogo o al menos eso dice el cartón que cuelga en mi pared. Amigo de la literatura y la música. Columnista semanal: escritor desde de lo cotidiano y lo marginal.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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