Política

Lo bueno, lo malo y lo feo

La semana pasada, la directora del Instituto Distrital de Turismo de Bogotá, Karol Fajardo, presentó ante el Consejo Distrital la propuesta de erigir un monumento en conmemoración del acuerdo de paz firmado con la antigua guerrilla del M-19. Algunos sectores criticaron la propuesta gracias a que supondría un gasto cercano a los 5.000 millones de pesos. De acuerdo con los opositores, los esfuerzos del Distrito deberían enfocarse en la reactivación económica de la ciudad. Sin embargo, a pesar de los argumentos en contra, me parece un gran ejercicio para pensar sobre cómo se construye, desde el Estado, la memoria en el país.

¿Qué vale la pena recordar?
¿Cómo debemos olvidar que algo sucedió?
¿Puede la memoria colectiva almacenarlo todo?

¿Qué vale la pena recordar? ¿Cómo debemos olvidar que algo sucedió? ¿Puede la memoria colectiva almacenarlo todo? ¿Es necesario recordar lo bueno, lo malo y lo feo? Algunos consideran que deben removerse monumentos, y cambiar la denominación de las calles para así evitar celebrar el nombre de personas que se valoraron erróneamente como héroes en la historia. En España, por ejemplo, existe un grupo de activistas que luchan por renombrar avenidas y calles, puesto que fueron bautizadas con el nombre de muchos allegados de Franco, los cuales violaron decenas de Derechos Humanos durante la dictadura.

El mes pasado, en el municipio Popayán, al sur de Colombia, un grupo de indígenas de la etnia Misak derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar ya que, para ellos, es la representación de la esclavitud y el asesinato de miles de sus ancestros. Paul Ricoeur afirma que la memoria es un don que se imprime en lo que se desea recordar. Al menos colectivamente, el recuerdo oficial de Sebastián de Belalcázar, o mejor dicho, lo que se quiere recordar de él, es la fundación de varias ciudades en Colombia y en Ecuador. Su estatua no recuerda las matanzas que realizó en su paso por América.

Siendo así, es necesario entender que los monumentos no recuerdan crueldades, sino acciones positivas para el presente. No obstante, cae en duda la perspectiva: a pesar de que haya sido un asesino, ¿vale la pena pensar en él como un personaje histórico cuyo legado amerita un monumento?

El alcalde de Popayán afirmó que repararía el monumento. Dado que no hubo declaración sobre el hecho por parte de la Defensoría del Pueblo, esto significa que el Estado confirma la versión de Sebastián de Belalcázar como fundador de ciudades, ¿Estarían entonces negando u omitiendo el trasfondo de esta persona?

Al mismo tiempo me pregunto ¿Qué pasaría si revisáramos el pasado de cada uno de los personajes representados en monumentos? ¿Nos quedamos sin próceres de la patria? ¿Valdría la pena olvidar que estas personas existieron? Ricoeur afirma que la memoria colectiva es importante porque esta define a la sociedad. Sin embargo, no existe argumento que me convenza sobre la eliminación o no de los monumentos.

¿Es erróneo recordar un momento doloroso de la historia del país? Desde mi perspectiva, no. Ese momento de la historia nos define, nos ayuda a entender por qué la sociedad la construimos de cierta manera y no podemos negar que sucedieron estos hechos. Sin embargo, los monumentos se erigen con la intención de demostrar la importancia de ese evento o persona en la construcción histórica del Estado, como la superación de una crisis. Por ejemplo, en Corea del Norte existen cientos de estatuas de Kim Il-Sung gracias a que, según la historia estatal, liberó a su país del imperio occidental en la Guerra Fría. Por otra parte, en el momento en que se derrumbó la Unión Soviética, cientos de estatuas de Stalin fueron derribadas, por toda Europa Oriental, como resultado de todos los crímenes que cometió durante muchos años.

En conclusión, a pesar de que sea ampliamente criticado el gasto público para la creación del monumento, en esta crisis económica, los fundamentos ideológicos reposan en la adecuada conmemoración de la paz que firmó el Gobierno con el M-19. El Estado comprende como una victoria histórica la ventana de oportunidad política que se le dio a un grupo guerrillero que defendía su perspectiva política a través de las armas.



Sobre el autor

Andrés Camacho

Director General

Politólogo, cofundador de la Revista Cara & Sello, amigo de la música y la literatura. Columnista semanal, escritor por conveniencia.


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