Sociedad

El absurdo de la vida, Kafka y Camus: dioses, suicidio y un proyecto de vida

“O hay que reunir el valor para pegarse un tiro, o reunir valor para vivir; no valen los grises”

La filosofía existencialista se inaugura con autores como Kierkegaard y Nietzsche, los tópicos que establecen, como derroteros de esta rama de la filosofía, son, entre otros, el problema de Dios, la crítica a la modernidad burguesa y el impacto que tiene en el hombre la técnica industrial. No obstante, el tema que impregna el existencialismo es el sentido que tiene la vida en sí, un problema que retoman filósofos como Heidegger, Sartre o Marcel. Desde mediados del siglo XX este será el problema que concentrará los esfuerzos de la filosofía existencialista, ¿por qué el hombre no acepta la realidad de su existencia y decide, más bien, evadirla?

El escape de la realidad proviene de siglos atrás, mientras que el análisis filosófico centrado en esto es mucho más reciente, particularmente con el existencialismo. Los hombres, al no comprenderse a sí mismos, ni aquello que los rodea, evaden una cruda realidad a través de la invención de dioses y religiones, la fe ciega en proyectos políticos o en la reverencia a múltiples líderes. Recientemente, los hombres hallan una vía de escape en la tecnología. Incluso algunos deciden optar por todas y cada una de las formas de evitar la realidad. Creen en un Dios, son furibundos seguidores de un partido político -y de un caudillo que lo lidera- y pasan su vida entera buscando adquirir múltiples productos electrónicos. Parece más acertado mirar a otro lado que, directamente, a los ojos de la realidad. Algo claramente matizable si se tiene en cuenta que este diálogo con lo que somos y con lo que nos rodea produce dolor y angustia. Es un instinto natural del hombre, y de todo ser vivo, la evasión al dolor.

Algo claramente matizable si se tiene en cuenta que este diálogo con lo que somos y con lo que nos rodea produce dolor y angustia.

Preferimos vivir en una realidad alterna, más benigna, aunque distorsionada, para no vernos en la penosa posición de enfrentar y soportar lo que significa despojar el velo a nuestra existencia. Esquivar por todos los medios aquello que nos hace temblar de ansiedad. Esto es lo que sucede con Gregorio Samsa, personaje principal de La Metamorfosis, de Kafka: Un joven comerciante que está imbuido en múltiples obligaciones con su jefe, su hogar y el pago de una deuda de su padre. Cuando, en una mañana intempestiva, se despierta convertido en una especie de escarabajo, que se sale radicalmente de los cánones de la normalidad, comprende lo doloroso que es resistir la realidad desnuda, no sólo para él, sino para quienes lo rodean, sin las múltiples vías de escape que ha construido el hombre. Al final, el escarabajo Samsa decide, sin poder soportar este peso, refugiarse en sí mismo hasta que muere.

Esto es lo que ha planteado Albert Camus en obras como La Peste o El Extranjero: El hombre debe aceptar que vive en un absurdo. Los habitantes del pueblo de Orán, cuando llegó la peste, o del Sr. Mersault, cuando asesinó al árabe. Tanto a los extranjeros que quedaron atrapados en Orán, como a los jueces, prensa y opinión pública, mientras se llevaba a cabo el juicio a Meursault, les causaba un terrible pánico e incomprensión cómo, en ambos escenarios, no se buscaba evadir la realidad. Como los habitantes de Orán no intentaban suicidarse o huir del país. Como el Sr Mersault no mostraba ningún remordimiento por su delito y aceptaba, cínicamente, la pena capital. El hombre busca inconscientemente no confrontar la realidad, construyendo, reproduciendo o emulando múltiples formas de escape. El escape de Orán o el arrepentimiento de Mersault son una alegoría a cómo el hombre evade su destino: Mejor la omisión que el sufrimiento que representa el absurdo de la vida.

En el mito de Sísifo, de Camus, se hace más explícito esta cruda realidad y lo que propone el autor: Aceptar, de una vez por todas, que la esencia de la vida es un absurdo. Frente a esto se abren dos únicos cursos de acción: o recurrir al suicidio o construir un proyecto de vida, en el que se halle y edifique una auténtica libertad. Sísifo es castigado por los dioses por toda la eternidad por su astucia, altruismo y desobediencia -que en un contexto de opresión son sinónimos- a llevar una enorme roca hasta la cima de una montaña. El trabajo repetitivo y tedioso simboliza la existencia: lo superfluo que es en sí el vivir. En este escenario la opción del suicidio no es posible -Sísifo es inmortal-, pero Camus le da relevancia a este punto porque aceptar el absurdo de la vida no puede traducirse en matarse sin más. El suicidio es otra forma de evadir la realidad. Sísifo debe aceptar su destino, no hay escapatoria; El hombre, aunque tenga la escapatoria del suicidio, debe aceptar su destino. Sísifo representa a todos los seres humanos. Poca diferencia hay en huir de la vida y todo lo que significa, con dioses o caudillos, que optar por el suicidio. El absurdo de la vida significa que nada está predispuesto, que no vinimos a este mundo con un objetivo o una meta ya establecida: Y aunque esto sobrepase los límites de angustia tolerables, abre la posibilidad de construir un proyecto de vida individual, desde cero.

El conocídisimo Grito de Munch simboliza la angustia y la desesperación existencial del ser humano en una realidad distorsionada, como se ve en el fondo del cuadro.

En conclusión, el hombre escapa de su realidad por el tedio que le representa, por el instinto innato de evitar situaciones de dolor. Para esto crea dioses o delega la actitud discrecional de tomar las decisiones trascendentes a partidos políticos o a líderes demagógicos, o se refugia en el placer que trae consigo esta época digital.

Más bien deberíamos partir de lo superfluo qué es la vida. Que el universo estuvo y estará antes de nosotros y que simplemente somos una ficha irrelevante en el devenir de la humanidad: La levedad que nos constituye, como diría Kundera. Al aceptar esto, con todo el dolor que produce, se abren dos posibilidades: el suicidio o la construcción de un proyecto de vida. Retomando a Camus considero que la opción del suicidio es tan cobarde como creer a ciegas en un Dios. Aquel que construye un proyecto de vida e instrumentaliza el absurdo de la vida puede hallar verdadera libertad y sentido en su vida. Así, el hombre debe convertir la futilidad de la vida en un medio para un fin. Un fin que le permita, desde su propia particularidad, afrontar, con serena convicción, la realidad.

Shakespeare, en Hamlet, describe muy bien esta tensión entre matarse o vivir con estoica fortaleza: “¿Cuál es más digna acción del ánimo?, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia?”.



Sobre el autor

Juan José Fajardo

Director del Área de Escritores

Politólogo, eufórico al decirlo. Obsesionado por entender los actores, las economías y dinámicas criminales. Una buena vida si descifro qué es Colombia, y todo lo que esa palabra implica.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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