Sociedad

Entre la guerra y los afectos

Tiempo estimado de lectura: 6 min
2021-01-21 por Andrea Forero

Comienza el año, y mientras se apagan las luces que celebraron la llegada de la navidad, resplandecen cientos de imágenes en los recintos fúnebres que lamentan la pérdida interminable de la vida que lucha, que se moviliza y levanta su voz en nombre del cambio. Colombia terminó el año asistiendo al entierro sistemático de su propio pueblo, ese que trata de reconstruirse desde las cenizas y al que, una vez más, le es negada la posibilidad real de renacer. Ello nos sumerge de nuevo, y sin oportunidad de tregua, a reiniciar la trágica pesadumbre del devenir histórico del país: la deformación del espíritu y la deshumanización del ser humano, convertidas éstas, en las consecuencias ineludibles del proceso violento que personifica el infortunio de la guerra. Y ante ello, una problemática aún más grave se levanta sobre nuestra propia existencia: ¿cómo evitar el entierro definitivo de la pluralidad del ser humano? ¿Es posible pensar en una compatibilidad entre la política moderna y la conservación de la vida? O ¿acaso estamos siendo espectadores pasivos de la destrucción y autoliquidación del hombre concebido en comunidad?

El Acuerdo de Paz: ¿un nuevo comienzo?

Desde el comienzo de los diálogos de La Habana con la ex guerrilla de las FARC, que se concretaron en 2016 con la firma del Acuerdo de Paz, nuevas problemáticas emergieron a la luz pública. Esta visibilización de una multiplicidad de problemas estructurales no llega al debate nacional por su carácter inédito, sino por la ausencia del foco mediático previo que solía orientar su atención, casi exclusivamente, en los actores tradicionales que ocupaban el lente de los medios de comunicación. Los enfrentamientos entre guerrillas, dentro de las cuales una de la más prominente eran los FARC y paramilitares, bien sea por el control del territorio o de las economías ilegales de tales zonas, se había convertido en la representación por excelencia de la guerra colombiana, del consenso hacia el enemigo a combatir y de la identificación de los grupos armados como la obstaculización exclusiva de un proyecto consolidado de sociedad en paz y encaminada hacia el bienestar de su población. El énfasis en tal fabricación fraccionada de la historia del conflicto desconoció y excluyó del relato a la población civil que sufría incesantemente las consecuencias de la guerra librada entre combatientes. Masacres, destierros, desarraigos por la vida y el territorio y la destrucción de la voluntad colectiva e individual han conformado el paisaje resultante de un conflicto que no sólo destruye a su población, sino que oculta su sufrimiento.

No en vano, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) ha declarado en su informe Basta Ya!, luego de reconocer que el 81% de los muertos del conflicto armado entre 1958 y 2012 fueran civiles, que “La guerra colombiana no ha sido una guerra de combatientes, sino que todos han enfilado sus fusiles contra quienes están desarmados”. Frente al desolador panorama que dejaba más de medio siglo de conflicto armado, un alivio parecía presagiar luego de la firma del Acuerdo de Paz entre las FARC y el gobierno colombiano, y con ello, una nueva posibilidad de reconstrucción social se alzaba en el imaginario ciudadano. Y pese a ello, el relato manufacturado que representaba la estabilidad social del país como dependiente a la guerra de guerrillas, quedó desprovisto de sentido como única explicación de los problemas socio políticos de las poblaciones históricamente marginadas.

Paradójicamente, desde la firma del Acuerdo de Paz se ha impuesto, de manera persistente, una violencia directa contra la población que es percibida como un obstáculo en el logro de intereses económicos y políticos en los territorios. Esta obstaculización emerge fundamentalmente de un reclamo doble realizado por líderes sociales y defensores de derechos humanos. Así, por un lado, se demanda la necesidad de restitución de un territorio en el que sea posible sembrar las bases de la existencia; y por otro lado, el aseguramiento de que tal existencia tome una forma particular, envuelta de dignidad, reconocimiento y autodeterminación.

Racionalidad vs. Sensibilidad: la imposición de la razón cartesiana.

La fuerza percibida por el reclamo popular surge, de esta manera, no solo de la reevaluación de la situación material que quiere ser transformada de un modo particular, sino que presupone, en su más íntima esencia, la destrucción del proyecto de la modernidad. Esto en tanto que no basa su accionar en el cálculo meticulosamente planeado y técnicamente proyectado; su labor no parte de la base del análisis de aplicabilidad de un plan; de la proyección de su éxito en términos de eficacia, eficiencia y productividad. Por el contrario, recupera aquello que la modernidad desechó a forma de residuo, de un pasado considerado como primitivo y salvaje: la consciencia de lo sensitivo, la validez de la experiencia particularizada y la unión de este saber con la realidad objetiva y material. La amenazante fuerza de un saber que parte de considerar la existencia humana desde lo percibido por los sentidos y lo deseado por los afectos del fervor popular desafía por completo las nociones de eficacia y productividad que encaminan al hombre al pretendido progreso de la especie, tal y como ha sido concebido por los ideales filosóficos de la modernidad.

De allí nace, pues, la amenaza percibida por los actores paraestatales, y la inacción estatal, hacia los líderes sociales colombianos. Su poder se encuentra encarnado en el rechazo tajante hacia las instituciones políticas y el sistema económico que, como en una pirámide, jerarquiza y posiciona en la punta a la productividad del capital: a la búsqueda de desarrollo económico por medio de la instauración de proyectos que, bien sean públicos o privados, destierran poblaciones y las someten al naufragio perpetuo; a proyectos que destruyen tradiciones culturales relacionadas con el arraigo al territorio; a la violenta transformación de sus valores tradicionales que se ven contaminados con la forma occidental y por ello “correcta” de hacer las cosas, de organizar la sociedad, de personificar roles sociales para mujeres, hombres y cualquier ser vivo; en últimas, la forma correcta de existir.

La amenaza no es otra, que permitir una forma alterna de concebir la vida en Colombia, una que, como crítica de lo mencionado anteriormente, retoma el valor y profundidad del afecto como modo ejemplar para restaurar el trauma poseído por aquellas comunidades históricamente marginadas y despojadas de su humanidad. Los afectos se contraponen así, a la racionalidad matemática adaptada ilustremente por el capitalismo y se podrían condensar en la máxima de “sentir como propio lo que le sucede a otros”, es decir, adentrarse emocionalmente en la vida de los demás, un sentir experimentado a la vez por la humanidad y por la naturaleza. Desde allí, el sentido de trascendencia del cuidado y el afecto desplaza de la escena cualquier beneficio o satisfacción encausado al lucro o enriquecimiento particular, y se desplaza hacia la consciencia por la perpetuidad de la comunidad.

La protección de las comunidades, sus culturas, el territorio y naturaleza en que habitan y por el que se identifican es la labor fundamental del pensamiento alterno en Colombia y su reivindicación reaviva un debate tan longevo como su propia tragedia: racionalidad vs. sensibilidad, razón vs. afecto. La filosofía de la ilustración y su ilustre representante René Descartes desplazó a los afectos de la escena del pensamiento luego de afirmar su incapacidad de aportación en la construcción de una razón ilustrada, organizada, verdadera y con posibilidad de comprobación matemática: una razón cartesiana. La filósofa Hanna Arendt dirá, sin embargo, que es justamente la noción de considerar que el conocimiento real o verdadero es aquel que puede ser producido y comprobado por sí mismo -sin reparo al mundo exterior, que si se quiere, es en efecto, el mundo real- lo que causó la retirada del sentido común. La razón cartesiana aisló definitivamente la consciencia de lo sensitivo, de un mundo colectivo y compartido bajo el sentido común. Y es ello precisamente, lo que quiere recuperar la reivindicación de los pueblos afectados por la guerra en el contexto colombiano. Una recuperación del sentido común, del cuidado por el otro ligado a él y esto, con la reevaluación misma de la validez y racionalidad que podría contener un pensamiento que no solo se rija por la efectividad y productividad del espacio común y las comunidades inscritas en él.

Imaginando un porvenir: combatiendo la modernidad con el saber de los afectos.

El saber de los afectos es revolucionario en tanto que reevalúa la posibilidad de unir la aparente incompatibilidad entre el progreso y los afectos, lo sensible. El punto esencial no reposa en destruir la noción de progreso, de crecimiento o desarrollo social, la cuestión estriba en la forma en que tal progreso es direccionado, en sí el ser humano y la naturaleza deberían seguir considerándose como simples medios para la consecución de un beneficio aislado o si son ellos mismos, un fin. Aquel es el propósito que pretende ser instaurado como un sentido común, la condición kantiana del hombre como fin y no como medio. Esto, sin embargo, no puede ser siquiera concebido si la vida misma se le es negada a aquel que piensa en contravía de la razón moderna. Una lucha aún más grave le precede a la instauración de una realidad que puede pensar esta alternativa de bienestar colectivo: una realidad que permita la posibilidad de que aquel que ostente tal ideal, pueda y deba vivir.

Alcanzar lo que se plantea aquí como sentido común (el hombre como fin y no como medio) requiere pensar, en otra máxima que le preceda, también perteneciente al sentido común. Y ¿qué podría ser más común al ser humano que su ansia -y al mismo tiempo angustia- por vivir? La condición a priori del sentido común es la existencia misma, la irremediable obligación por vivir. Y por supuesto, seríamos ingenuos al pensar que tal existencia no debe tomar alguna forma, como dirá el filósofo Enrique Dussel, “el hombre no es lo que simplemente es ahora y ante nuestros ojos; el hombre está fuera de sí, tiende efectivamente a su plena realización, hacia su fin, hacia un telos particular. El hombre es un poder-ser”.

En Colombia se lucha entonces no solo por considerar el valor del ser humano y de la naturaleza que lo rodea, no solo se trata de restituir el valor del vínculo emocional hacia el otro, o de combatir la violencia que se desprende de concebir al otro desde la impersonalidad; sino que se lucha por permitir la vida, por asegurar la existencia, y por garantizar que esa existencia crezca y se desarrolle independientemente del telos particular que se quiera y haya decidido alcanzar. La crítica a la modernidad que es desarrollada por las resistencias colombianas lucha por la posibilidad de existir y de darle forma a tal existencia, porque esta forma particular de encauzar el telos de la vida parta de la recuperación de la consciencia de los afectos. Es necesario que el sentido común se encamine por una vía diferente a la del progreso (considerado productivamente y no humanamente) para que la vida no sea dirigida hacia la aniquilación.

El resultado de esta lucha es la llegada de uno de los momentos más álgidos de la violencia contra líderes sociales, defensores de derechos humanos y comunidades nativas que defienden una manera de comprender la realidad social desde la óptica del legado histórico que les han dejado sus comunidades originarias, de un cúmulo de saberes preocupados por cuidar la vida y desear el bienestar colectivo. Destruir tal deseo, amenaza con destruir la pluralidad y diversidad de la política, la cultura y lo social dentro de la relación en comunidad. Elimina, así mismo, la posibilidad de crear lo que Arendt denomina un “espacio entre-hombres”, uno que esté dispuesto para la destrucción de fronteras y, en su lugar, se consolide la construcción de canales de comunicación y la coexistencia de la pluralidad en el centro del diálogo público:

Aquí ya no se trata únicamente de la libertad sino de la vida, de la existencia de la humanidad y tal vez de toda la vida orgánica sobre la Tierra. La pregunta que aquí surge convierte todo lo político en cuestionable; hace dudar de si bajo las condiciones modernas, política y conservación de la vida son compatibles, y secretamente expresa la esperanza de que los hombres serán razonables y abolirán de alguna manera la política antes de que ésta los elimine a todos.

En esta reflexión de Arendt se plasma justamente la magnitud del peligro de aniquilar la pluralidad social; y causa sorpresa comprender que una reflexión que nace en torno a la crueldad y barbarie de los totalitarismos del siglo XX, sea aún un reflejo de Estados democráticos del siglo XXI, como Colombia, que extraen su vanagloria de la libertad y garantía de derechos. Y ¿que termina siendo ello en un escenario en el que no es posible tan siquiera la simple posibilidad de la humanidad de vivir en conjunto?

Las dimensiones históricas a las que asistimos, en un momento en el que la barbarie hace parte constitutiva de nuestra realidad cotidiana, nos deja arrojados a una realidad que ha perdido profundamente su sentido de orientación como humanidad, y que, como en una simulación artificial de la realidad, percibe ni más ni menos que lo contrario. La construcción de una realidad posible no depende tanto de los hombres, sino del mundo que surge entre ellos, y si borramos el “espacio entre-hombres”, ¿qué nos queda como humanidad? ¿qué podemos extraer de las ruinas de una sociedad? La llama de la esperanza por la transformación social en Colombia, que lucha por mantener su reminiscencia y no agotar su resplandor, trágicamente, parece extinguirse incesantemente por la implementación de una política que arrasa a su paso cualquier saber subjetivo que rescate los afectos y el fervor popular. Ante el desolador panorama, solo nos queda preguntarnos, tal y como se preguntó la escritora colombiana Patricia Lara en un intento por recuperar la experiencia femenina de la guerra en el país:

Pero ¿a dónde, señores, nos están llevando sus razones para justificar la guerra? Al triunfo de su barbarie sobre la vida, encarnada en las mujeres, los niños y la tierra. Ustedes creen que conquistan los pueblos con su poder y sus armas (…) Pero la fuerza no conquista. Ella, al igual que una violación, doblega y sustituye el afecto. (Lara, 2000, p. 17)



Sobre la autora

Andrea Forero

Escritora

Politóloga en formación. He encontrado mi motivación entre los pensadores latinoamericanos, feministas y decoloniales. Siento como responsabilidad pensar desde y para mi continente. La escritura, por lo tanto, se ha convertido en una lucha constante y ardua que me ha encaminado hacia la liberación del pensamiento oprimido.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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