Sociedad

¿He valorado lo suficiente a mis padres?

Durante la cuarentena y el encierro al que hemos estado sometidos, nos han cambiado la vida, la manera de actuar, de pensar, de afrontar la realidad y la realidad misma.

La cuestión del confinamiento ha sido algo completamente nuevo; no fue fácil aceptar que todos los días debíamos estar en casa viendo los mismos rostros durante meses, pero también fue un proceso que nos ayudó a despertar y a dormir sensaciones, a abrir los ojos y también a cerrarlos, a descubrirnos y a ignorarnos, a entendernos y desconocernos.

En mi caso, traté de hacer varias actividades para no perder la cordura ni la paciencia; pinté, dibujé, toqué clarinete, leí y no sé qué más cosas, pero siempre concentrada en mi y en lo que quería ver y escuchar. Aunque lo que hacía no era algo malo, me volvía un poco egoísta, pues mis pensamientos se iban revolviendo y pasando al ritmo del calendario, hasta que encontré un equilibrio en medio de todo. Me volví más observadora, más sensible a las sensaciones, emociones y a escuchar, lo que me permitió sentir una de las percepciones más conmovedoras durante mi vida.

Alma sacudida

Mi madre ya había vuelto a su trabajo hace uno o dos meses, llegaba todos los días a casa a comer algo, a hablar con mi hermana y conmigo, nos consentía y normalmente hacía algún oficio, cocinaba algo o se mantenía ocupada en cualquier cosa hasta la noche, cuando se acuesta a ver sus novelas. Es una rutina que aún no cambia.

En casa estábamos mi hermana, mi prima de permiso por algunos días y yo; como lo profesaba la rutina mi madre llegó y se sentó en uno de los sillones de la sala y yo al lado de ella sobre el brazo del sillón. En medio de un repaso sobre lo que habíamos hecho en el día cada una, mi prima le pregunta a Mamá “¿tía , por qué te salieron esas manchas en las manos?” Ella se quedó mirando sus manos y yo también, tomé sus manos y dije en tono de broma “es porque ya está viejita” -mi madre tiene 48- ella miró sus manos y respondió que era por el trabajo, hicimos unos pequeños chistes sin que nadie se ofendiera y cerramos el tema.

Seguimos hablando sobre otras cosas pero yo aún sostenía y observaba las manos de mi madre: eran pequeñas, levemente arrugadas y con algunas manchas; sus dedos delgados y sus uñas cortas. En ese momento mi mente emprendió un viaje para visitar todos los buenos momentos que había pasado con ella. Mi corazón se convirtió en un acordeón que se arrugaba frente a cada recuerdo, pero me conmovía más el hecho de que cada año parece más corto y nuestras vidas también. Vi en las manos de mi madre cada esfuerzo, cada día que ha trabajado para podernos brindar lo mejor, vi las veces que se han ensuciado, cortado y lastimado, pero también vi lo poco que hemos acariciado y apreciado sus manos. En medio de ese transe y un flashback me di cuenta de que lo que le había dicho a mi mamá no era del todo falso, porque en realidad sí está envejeciendo, lo que me impulsa a ser consciente de que así pasen otros 48 años más, ella y mi padre en algún momento morirán y yo no los he apreciado lo suficiente.

De solo pensar en el esfuerzo que ella hace todos los días, me hace adorarla y aunque parece un colibrí moviéndose rápidamente de un lado a otro, sé que termina demasiado agotada y que nunca está de más algún gesto de agradecimiento así sea indirecto.

Autocuestionamiento

Un instante tan pequeño pero tan lleno de información y emoción me hace pensar en lo que en realidad nos hace felices, en lo que realmente nos hace sentir vivos. No necesitamos un viaje a la playa para pasarla de maravilla con nuestra familia, sólo necesitamos de una charla matutina para escucharlos, comprenderlos y admirarlos; no necesitamos estar delante de alguna de las siete maravillas para sorprendernos, basta con entender el esfuerzo que nuestros padres y hermanos hacen cada día por nosotros; no hace falta ver un vídeo de perritos rescatados para sensibilizarnos, basta con observar las canas en nuestros padres y ver su afán de taparlas o su tranquilidad de mantenerlas; no hace falta ver una película para conmovernos el alma, sólo debemos observar las expresiones de felicidad de nuestros padres y cuando lo hacemos todo se completa en la vida.

Después de entender y admirar todo esto, me sigo preguntando: “¿de cuántas cosas nos estaremos perdiendo por preferir ver una pantalla y no una realidad?, ¿cuántas veces vamos a preferir cualquier otra cosa antes que lo importante?, ¿cuánto tiempo más estaremos ciegos?, ¿cuánto tiempo tenemos para ser felices?, ¿de verdad estaré aprovechando y amando a mis seres queridos cómo lo merecen?, ¿cuando mueran me arrepentiré de no haberles dado prioridad? Después de tantos cuestionamientos, lo único que quiero es dedicarle a mi familia el tiempo y la felicidad que merecen, sin sobreponer banalidades que muchas veces no nos llenan ni nos construyen.



Sobre la autora

Lorena Avellaneda

Escritora

Estudiante de comunicación social y periodismo. Columnista de la revista Cara & Sello; oriento la atención de mis textos hacia problemáticas sociales. Feminista en búsqueda de un consenso social.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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