Sociedad

La arquitectura del Jet-man

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2021-01-14 por Hans Cornehl

Me encontraba escuchando el discurso inaugural de Joe Biden y no pude más que concentrarme en el hecho de que los gritos entusiasmados de las personas se mezclaban en una sintonía unísona con los pitos de los carros. Dicho discurso fue recitado en el parqueadero de un estadio en Delaware ante cientos de carros debido, claramente, a las restricciones de aglomeraciones masivas por la pandemia. No obstante, las imágenes y los sonidos de personas y carros, una mezcla de metal y tejido orgánico, muestran una situación que rebasa las circunstancias adversas de la actualidad, un desenlace trágico que lleva gestándose desde hace más de un siglo: el desdibujamiento de las barreras entre la máquina y el hombre.

Sin duda, la arquitectura de la modernidad tardía es una que ha ido desplazando el peatón por el carro, erigiendo monumentos imponentes de la movilidad y la circulación en el que se forman complejas redes y telarañas que cubren los territorios y que, a su vez, conectan hasta las poblaciones más alejadas. Nuestras construcciones más ambiciosas -y aplaudidas- suelen ser autopistas 4G, túneles, puentes, vías férreas, aeropuertos y puertos marítimos, mostrando, una vez más, nuestra obsesión por el movimiento desinhibido, uno que ha sido permitido por nuestras extensiones artificiales motorizadas que de cierta manera trascendieron su reconocimiento como simples prótesis, convirtiéndose en una condición fundamental del hombre. Dos partes indisociables entre sí: el carro es el hombre, el hombre es el carro.

Esta combinación entre lo orgánico y lo artificial muestra una adversidad hacia el cuerpo, un intento desesperado de aniquilarlo mediante la técnica. Esta tradición se encuentra enraizada en el pensamiento occidental, siendo Platón su más icónico representante. En Fedón, por medio de la voz de Sócrates, el filósofo dice:

Yo te lo dire -contestó-. Conocen, pues, los amantes del saber -dijo- que cuando la filosofía se hace cargo de su alma, está sencillamente encadenada y apresada dentro del cuerpo, y obligada a examinar la realidad a través de éste como a través de una prisión, y no ella por sí misma, sino dando vueltas en una total ignorancia, y advirtiendo que lo terrible del aprisionamiento es a causa del deseo, de tal modo que el propio encadenado puede ser colaborador de su estar aprisionado.

El cuerpo es la prisión del alma, una temible arquitectura orgánica que lo encierra y lo encadena, siendo la liberación la espera por la muerte natural del cuerpo, la salida del hombre de la caverna. ¿Es el cuerpo entonces la primera manifestación arquitectónica? Al respecto, Georges Bataille, en Arquitectura, declara: “La arquitectura es la expresión del ser de las sociedades, del mismo modo que la fisonomía humana es la expresión del ser de los individuos.” Ciertamente podemos ver esta relación intrínseca entre el cuerpo y el principio arquitectónico, una profunda e irremediable correspondencia identitaria. Curiosamente, en el libro Against Architecture, el autor Dennis Hollier escribe: “Ha habido un sinfín de discusiones sobre si el origen de la arquitectura fue la casa, el templo o la tumba, etc. Para Bataille fue la prisión.” El principio universal de la arquitectura, para el filósofo francés, se aplica sobre la lógica presidiaria, aspecto, como ya hemos mencionado, es la misma que la del cuerpo sobre el alma. Georges Bataille finaliza el artículo Arquitectura confirmando esta siniestra correspondencia: “(…) así, por extraño que pueda parecer tratándose de una criatura tan elegante como el ser humano, se abre una vía –indicada por los pintores– hacia la monstruosidad bestial; como si no hubiera otra posibilidad de escapar del presidio arquitectónico.”

Se necesita de un principio observador omnipresente que cree sujetos disciplinados...

Foucault exploró detalladamente el principio carcelario de la sociedad moderna disciplinaria a través del panóptico diseñado por Jeremy Bentham, un proyecto indudablemente arquitectónico. Dicha propuesta arquitectónica, en resumen, se basó en la creación de una cárcel circular con una torre de vigilia en el centro, permitiendo a los guardianes vigilar a los reos sin estos saberlo, una racionalización por excelencia del espacio. Un principio que sin duda parte de la despiadada moralidad cristiana: si Dios ha muerto, en efecto, ¿Quién nos vigila? Se necesita de un principio observador omnipresente que cree sujetos disciplinados, cuya finalidad, en últimas, deviene en el perdón del pecador que siente que sus acciones están siendo juzgados.

Imagen de referencia: panóptico

Por consiguiente, tanto Bataille como Foucault fueron autores que lograron entender desde los principios arquitectónicos el monstruoso funcionamiento del poder moderno que, sin embargo, según Hollier, sus respectivos análisis se encuentran diferenciados de una manera fundamental: “La prisión de Bataille deriva de una arquitectura ostentosa y espectacular, una arquitectura para ser vista; mientras que la prisión de Foucault es la encarnación de una arquitectura que ve, observa y espía, una arquitectura vigilante.” Las construcciones ostentosas en Bataille implican el amedrentamiento del espectador, “la Iglesia o el Estado se dirige e impone silencio a las multitudes”. En efecto, las catedrales imponían en el fiel la majestuosidad de Dios, obligándolo a arrodillarse ante él: es la representación divina del poder. Por el contrario, la sociedad disciplinaria de Foucault operaba bajo una arquitectura punitiva que se desplazaba de los centros de poder del Estado y la iglesia hacia las márgenes de la sociedad: las clínicas psiquiátricas, las fábricas y las cárceles. Dichas instituciones se situaban en las periferias de las ciudades, contrario a los monumentos de Bataille que se encontraban en el centro neurálgico de las metrópolis. De este modo, se genera una oposición, una manera distinta de concebir el poder: desde la visibilidad o desde lo oculto.

La pregunta que surge, naturalmente, sería: ¿la arquitectura contemporánea impone a sus espectadores o disciplina a sus reos? Ninguna. Estas dos formas de concebir los entornos actuales no se aplican en su totalidad; sus lógicas se manifiestan en su hermetismo, es decir, son lugares que se definen por sus fronteras y no por la apertura; por su reposo y no por la movilidad. Este era un problema que identificó Gilles Deleuze, condenando el análisis de las sociedades disciplinarias de Foucault como obsoleto: “Estamos en una crisis generalizada con relación a todos los entornos de encierro – prisiones, hospitales, fábricas, colegios, familia”. Ciertamente, todas estas instituciones delimitadas rígidamente en el espacio y encerradas sobre sí se están acabando, siendo así reemplazadas por los nuevos espacios de poder que se abren y se expande a todas las esferas de la actividad humana - las sociedades de control. Esta nueva arquitectura ahora se va a ver definida por las autopistas; es la tiranía de la movilidad y de la circulación caótica de todo tipo de objetos, ya sea dinero o personas. Es la nueva dinámica de la era tardía de la modernidad: el flujo.

El cuerpo dejó de ser cuerpo y pasó a ser un vehículo.

El régimen de las autopistas ha desplazado al hombre definitivamente de las calles para permitir la movilización de los diferentes tipos de transporte, instaurando, por consiguiente, un nuevo entendimiento urbano que tendrá consecuencias políticas. Esto lo reconoce el arquitecto francés Paul Virilio en Velocidad y política, en donde dice: “No más disturbios, no hay necesidad de mucha represión; para vaciar las calles, basta con prometerles a todos la autopista.” Cuando se vacían las calles del hombre de alguna manera la política se degrada, se empieza a destruir la socialización que la ciudad le otorgaba al hombre, el centro por excelencia de la política. Joseph Goebbels, el propagandista alemán durante el nazismo, observa propiamente la importancia de la calle y declama (citado por Paul Virilio): “¡Quien pueda conquistar las calles también puede conquistar el Estado!" No resulta una coincidencia que la gran construcción de las autopistas (autobahns) se dio durante el nazismo, cuya finalidad radicó en el desplazamiento masivo de los diferentes vehículos de guerra y la eliminación del cuerpo, el final, sin duda, de lo que Virilio llamó los vehículos metabólicos (los cuerpos orgánicos).

El cuerpo dejó de ser cuerpo y pasó a ser un vehículo: “Es notable que los primeros automóviles, el carro militar de Joseph Cugnot de 1771, por ejemplo, fueran propulsados ​​por vapor (…) el límite del paso del vehículo metabólico al vehículo tecnológico, derramando su humo como un último aliento, una manifestación simbólica final de la fuerza motriz de los cuerpos vivos” (Virilio). Los hombres, por lo tanto, empezaron a reconocer la fragilidad y los límites del cuerpo metabólico, optando por esconderse en los nuevos vehículos tecnológicos: los carros. Esta dependencia entre el hombre y la tecnología se va a ir profundizando y a su vez transformando los entornos urbanos en redes complejas de autopistas, hasta tal punto que ahora parece ser cada vez más complejo separar el hombre de su técnica, una unidad indisociable. Es, en general, el sueño último del Kamikaze japonés, tal como lo menciona Virilio: la erradicación voluntaria violenta del cuerpo por medio de la velocidad excesiva, “porque la metáfora final del cuerpo-velocidad es su desaparición final en las llamas de la explosión."

El hombre en el carro, por consiguiente, no posee identidad precisamente porque el carro y él son un mismo ser, “El conductor, por su parte, está solo. En su cabina ya no es nadie. Se fusiona con su doble, con el coche, por lo que ya no tiene identidad propia.” – dice Jean Baudrillard. Se consolida un nuevo tipo de ser, uno que establece la conexión entre lo inorgánico y lo orgánico, un “Jet-man” descrito por Roland Barthes en Mitologías, donde las pieles artificiales de plástico revelan una condición totalmente inhumana del hombre, un aspecto que ni nuestras madres, como dice Barthes, nos reconocerían. Este “Jet-man” nos revela también la paradoja contemporánea: el reposo y la velocidad. Para el hombre de la temprana modernidad, las grandes velocidades de los vehículos lo enfermaban: su cuerpo no estaba acostumbrada a tal condición de rapidez, sin embargo el Jet-man contemporáneo está acostumbrado a las grandes velocidades de su carro, estando en total reposo: “El piloto-héroe se hizo único por toda una mitología de la velocidad como experiencia, del espacio devorado, del movimiento embriagador; el jet-man, por otro lado, se define por una “coenaesthesis” (la percepción de su cuerpo) de la inmovilidad” (Barthes).

Contrario a lo que podemos pensar, el movimiento no representa la libertad esperada, liberándonos de los confines de la arquitectura foucaultiana de la disciplina. El carro representa, por el contrario, una doble prisión, en donde ahora el ser está atrapado por los límites de su cuerpo y de su vehículo al mismo tiempo. El hombre se encuentra atrapado por el poder que penetra ahora las carreteras contemporáneas, un verdadero régimen contractual. Al respecto el antropólogo Marc Augé afirma: “Solo, pero uno de muchos, el usuario de un “no-lugar” está en relaciones contractuales con él (o con los poderes que lo gobiernan). Se le recuerda, cuando es necesario, que el contrato existe". En este “no-lugar”, es decir, el espacio designado por Augé desprovisto de toda identidad, historia y manifestación política, está repleto de señalizaciones que controlan la conducta de los hombres, es la manifestación del Estado en las vías que busca controlar el movimiento de los hombres motorizados. Estas sociedades de autopistas, en efecto, eliminaron el hombre de la ecuación urbana, creando un nuevo ser despolitizado: el Jet-man. La arquitectura contemporánea es una oda hacia su contradicción.



Sobre el autor

Hans Cornehl

Escritor

Un ser-ahí obsesionado por lo cotidiano. Me encuentro entre las cosas ocultas que intento develar por medio de la reflexión filosófica, geográfica y política. Soy estudiante de Ciencia Política, vegetariano y amante de los gatos.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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