Sociedad

La destrucción del pasado

Tiempo estimado de lectura: 8 min
2021-02-11 por Andrea Forero

A menudo pensamos las películas infantiles como unas que moldean nuestras nociones iniciales en torno a la construcción de valores, la creación de juicios morales y los sentidos generales de justicia que los acompañan. Buena parte de ellas están orientadas de esta manera, pero su lectura detallada no solo podría mostrarnos narraciones cargadas de reflexiones morales, sino también subtextos de contenido político que terminan forjando nuevos imaginarios culturales sobre la forma de concebir la interacción social y la conciencia histórica que de ella deviene.

Tal es el caso, por ejemplo, de la adaptación en live action de La Dama y el Vagabundo llevada al público en 2019 -a propósito de la llegada de la plataforma de Disney+ a Latinoamérica-, película que, de hecho, fue la primera de Disney en estrenarse en algunos países vía streaming y no por medio de la gran pantalla a causa de la pandemia. Esta reelaboración de la historia original refleja cómo la importancia de los subtextos históricos-políticos, que generalmente pasan desapercibidos en este tipo de producciones cinematográficas, se reconfiguran de acuerdo a la tendencia política de determinada época. Ahora bien ¿en qué sentido se realizan tales reconfiguraciones discursivas?, y de acuerdo con ello ¿qué consecuencias se desprenden de la dirección particular que han tomado estas reconfiguraciones?

La adaptación de la Dama y el Vagabundo se desenvuelve en un contexto histórico diferente al del original y en él transcurre el relato de amor de dos perritos que, pese a ser parte de clases sociales distintas y con valores disímiles en torno al arraigo por la familia, terminan por enamorarse y crear una nueva familia. Pese a que la película no nos orienta en torno a la época precisa en la que sucede la historia, su parecido a la película original nos posiciona en una ciudad estadounidense a inicios del siglo XX. Una en donde la imagen citadina se encuentra permeada por la convivencia armoniosa de comunidades afroamericanas, blancas y migrantes que gozan del libre ejercicio de su ciudadanía, comparten los mismos espacios públicos sin lugar a segregación alguna, y ejercen todos ellos roles que van desde obreros, comerciantes o trabajadores hasta individuos adinerados que gozan de su acaudalada fortuna. Como si ello no fuera suficiente, la familia a la que pertenecerán eventualmente ambos perros luego de enamorarse, es una familia interracial compuesta por Jaimito, un músico blanco y Linda, una mujer negra pudiente.

Esta reelaboración de la historia original refleja cómo la importancia de los subtextos histórico-políticos se reconfiguran de acuerdo a la tendencia política de determinada época.

Este popurrí interracial, causado por supuesto, gracias a la tendencia de la corrección política crea una situación doblemente problemática: por un lado, construye un negacionismo de la historia de la segregación racial en Estados Unidos, y por otro lado, fabrica una nueva versión de ésta cuyo objetivo es rehabilitar y corregir el verdadero accionar de la cultura blanca burguesa estadounidense: limpiar la historia, exhortarla de su crueldad e inhumanidad y ampararla bajo la pretensión de reivindicar a las clases socialmente marginadas.

Negando la historia de marginación

El retrato de una sociedad estadounidense racialmente integrada a comienzos del siglo XX quiere mostrarnos la reivindicación de sociedades marginadas que han sufrido las consecuencias de una organización social estructurada en torno al favorecimiento de la clase burguesa, del hombre y del blanco. En tal intento -y al estilo forzado de la “reivindicación” hollywoodense- la restitución de la dignidad humana se desarrolla en dos planos que, aunque integrados, pretenden compensar la problemática racial en la esfera tanto pública como privada.

Así vemos que, por un lado, en lo que respecta a la esfera privada, la familia central del relato es interracial y mientras el hombre es blanco, la mujer representa una intersección de problemáticas de género, raza y clase concibiéndose como una mujer negra y adinerada que, de hecho, es el bastión y encargada del sostenimiento económico de la familia. Y ¿cómo comparar esta representación con la realidad social estadounidense de la época? ¿Qué tan alejado se encuentra de esta? Bien es sabido que la influencia del racismo sistémico de los Estados Unidos resuena en la conformación de su propio Estado y orden social hasta el día de hoy y podría decirse que por tal razón, la representación de una familia interracial es inadecuada y no gozaría de aprobación cultural, sin embargo, para la época no solo era inadecuada, sino más grave aún, se encontraba prohibida por la jurisdicción legal de cada Estado y llevaba el nombre de Leyes Contra el Mestizaje o Anti-Miscegenation Laws.

Construye un negacionismo de la historia de la segregación racial en Estados Unidos, y por otro lado, fabrica una nueva versión de ésta cuyo objetivo es rehabilitar y corregir el verdadero accionar de la cultura blanca burguesa estadounidense...

Estas leyes nacen desde la época de la colonia en Estados como Maryland y Virginia por medio de las asambleas autónomas; y, una vez alcanzada la independencia de los Estados Unidos fue regulada y aprobada por la Corte Suprema so pretexto de que al incluir tanto a blancos como negros -que no podían tener relaciones sexuales y mucho menos casarse con una raza diferente a la suya- no era discriminatoria. Estas leyes eran potestad de cada estado y no de la nación estadounidense y no fueron derogadas hasta 1967 gracias al caso Loving v. Virginia en el que una pareja interracial fue sentenciada a prisión por su matrimonio -como muchos de la época- y luego de cumplir con su condena decidieron emprender una batalla legal que terminaría por abolir la legalidad y legitimidad de tales leyes gracias al fallo del Tribunal Supremo de Estados Unidos que afirmaba que “la prohibición de los matrimonios interraciales demuestra que las clasificaciones raciales son medidas diseñadas para mantener la supremacía blanca violando, con ello, la igualdad de protección y los derechos ciudadanos por motivos de raza”.

De manera que el retrato de tal familia interracial es, tanto inadecuada como fantasiosa en torno a la posibilidad legal, cultural y social de que un hombre blanco pueda contraer matrimonio con una mujer negra. Prueba de ello es, además de la restricción dada por la legislación, el porcentaje de matrimonios interraciales a finales del siglo XX, que incluso en un contexto donde se concebía como legal, no rebasaba el 5%:

Fuente: US Department of Health and Human Services, Vital Statistics of the United States 1981-86, (Washington, DC: GPO, 1989), vol 3: "Marriage and Divorce", tabla 1.20.

Por otra parte, en lo que respecta a la esfera social y la integración racial en los espacios públicos es necesario recordar otro instrumento legal que forjó la discriminación y segregación racial desde 1876 a 1965: las Leyes Jim Crow. Esta legislación que promovía el lema “separados pero iguales” que, al igual que las Leyes Contra el Mestizaje, declaraban su constitucionalidad y su legitimidad bajo la noción de que eran normas aplicadas a la vez a blancos y negros. Por supuesto, pese a ser aplicada a ambas sociedades, el aparato segregacionista empujaba cada vez más a los afroamericanos a las zonas periféricas de las ciudades norteamericanas con su respectiva pauperización de cobertura en servicios públicos; derechos como salud, educación y trabajo; acceso diferenciado a la justicia; ejercicio limitado de la ciudadanía y el voto; y una estigmatización social que ahondó las nociones de inferioridad intelectual y sensitiva de los afroamericanos, como bien es recogido en el libro The New Jim Crow desarrollado por la abogada y activista por los derechos de la población afro Michelle Alexander.


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Profanando e higienizando la historia

Portada del libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow, en el cual se establece un parangón entre el encarcelamiento masivo actual a la población afroamericana y las leyes racistas y segregacionistas conocidas como leyes Jim Crow.

El retrato de sociedades inexistentes como la que aquí ha sido descrita devuelve a la historia a los viejos anaqueles de la inconsciencia. Plantear una realidad alterna en la que no existe segregación o discriminación racial alguna mientras se posiciona, al mismo tiempo, en una época y lugar cuya organización social dependía, de hecho, de tal segregación, no puede ser concebida como una creación artística utópica. Mancilla, por el contrario, la experiencia afroamericana en Estados Unidos, desconoce su marginación histórica, minimiza el impacto comunitario de tales políticas y simplifica la lucha por el restablecimiento de derechos que data hasta la actualidad.

Como dirá el filósofo Achile Mbembe, evadir la responsabilidad histórica de reconstruir el pasado es “pisotear la memoria de las luchas anticoloniales” y como tal, es una amenaza a la reactivación y sanación de las comunidades desprovistas de humanidad. La resistencia por la que abogan los colectivos afroamericanos por descolonizar su humanidad pasa inevitablemente por la resistencia al olvido de sus luchas. La violencia política ejercida por el poder hegemónico de la dominación blanca en Estados Unidos obtuvo su poder del despojo de la voz propia de aquellos ciudadanos considerados como de segunda clase, arrebatándoles su singularidad ética y política. Asistimos entonces a la perpetuación de lo que Hannah Arendt denomina la expropiación de nuestra propia historia, donde se es un simple actor más de un relato artificial que responde a la posición privilegiada del narrador:

No contentándose con matar, porque sería demasiado poco, busca destruir la unicidad del cuerpo y se ensaña en su constitutiva vulnerabilidad. Lo que está en juego no es el fin de una vida humana, sino la condición humana misma en cuanto encarnada en la singularidad de cuerpos vulnerables

No es necesario reiniciar los ciclos de violencia directa para perpetuar el despojo de la humanidad, para ello basta con dejarlo fuera de la posibilidad de audibilidad, negarle su escucha, su reconocimiento y con ello, la singularidad de su existencia. Así, la memoria como ejercicio de autocuidado y cura queda desprovisto de sentido una vez es borrada su existencia traumática. Cuando se elabora una nueva historia no solo se silencia la verdad sino que se sustituye la voz propia, se niega la posibilidad de reconstruir lo propio: “la violencia coloniza, desgarra y despoja al sobreviviente de sus propios sentidos, de la posibilidad de acceder al lenguaje a través del sonido propio, esto es, del sonido que me es propio” afirmará la filósofa colombiana María del Rosario Acosta (2020).

Ahora bien, ¿se trata entonces de recordar incansablemente la violencia sufrida? ¿de retratar su crueldad lo más fiel posible? No. La consciencia victimista es una consciencia peligrosa dirá Mbembe. Perpetuar el retrato inhumano de la historia no es el camino para la reivindicación, pero borrar su existencia y exonerar de cualquier culpa a sus perpetradores, en efecto, tampoco podría serlo. El eje del problema reposa justamente en permitir que la voz propia aflore reconociendo, en un primer momento, que aquella posibilidad de habla fue negada: solo desde allí puede surgir la posibilidad de fracturar para siempre la repetición de la violencia padecida.

¿Y qué deviene de la amnesia histórica?

La consciencia victimista es una consciencia peligrosa dirá Mbembe. Perpetuar el retrato inhumano de la historia no es el camino para la reivindicación, pero borrar su existencia y exonerar de cualquier culpa a sus perpetradores, en efecto, tampoco podría serlo.

De la eliminación de la historia se desliga la creación de imaginarios sociales inexistentes, y no solo se constituye en un problema para las sociedades marginadas, sino que transforma profundamente la percepción que se crea desde el exterior hacia tales procesos sociales. La reelaboración de los relatos crea, de esta manera, una inconsciencia generalizada y desconocimiento de las generaciones emergentes en torno al origen y complejidad de los conflictos sociales que les preceden. Para evitar la abdicación de construir una conciencia histórica es necesario partir por el reconocimiento del pasado, y desde allí proceder a la construcción de un futuro verdaderamente emancipador, alterar este orden (reconocimiento del pasado 🡪 transformación del futuro) para conseguir tal emancipación sería, paradójicamente, un retroceso a la reconquista de la acción política de las clases oprimidas históricamente.

Debemos extrapolar esta problemática al sujeto que, en primera instancia, convocó al nacimiento de la presente reflexión: los niños como receptores de un acercamiento irreal a la historia. Acudimos a un punto de inflexión, a una necesidad de redirigir el intento fallido de reivindicar a sociedades oprimidas vía la negación de su historia. La transformación clama por una aceptación del pasado, por el entendimiento cuidadoso de las costumbres, valores y conductas de una época específica para que, desde allí, pueda producirse no un enquistamiento del pasado, sino la creación de un diálogo con el presente: el establecimiento de una ruptura de lo que para tal momento histórico era creador de sentido y que hoy, solo podría generar rechazo y euforia a la vez, el primero por lo que fue y el segundo por lo que ha llegado a ser.

El papel del cine es revelar la transformación política de las sociedades que se retratan y afianzar una nueva forma de creación de significado que, al retratar la historia tal cual fue, pueda consolidar contundentemente el repudio por volver allí: “el cine nos narra historias que al rememorarlas nos hablan de lo que somos, e igualmente, de lo que ya no queremos ser” dirá la socióloga colombiana Paola Peña. El ejercicio de remembranza, pues, no excluye a la creación de un nuevo futuro, por el contrario, es aquello que nos salvará de que la inconciencia histórica se apropie de nuestro ser y el de aquellos que continuarán, o no, con la reconstrucción de la memoria y la consecuente salvación de la condición humana.



Sobre la autora

Andrea Forero

Escritora

Politóloga en formación. He encontrado mi motivación entre los pensadores latinoamericanos, feministas y decoloniales. Siento como responsabilidad pensar desde y para mi continente. La escritura, por lo tanto, se ha convertido en una lucha constante y ardua que me ha encaminado hacia la liberación del pensamiento oprimido.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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