Sociedad

No nos interesa la verdad

2020-11-19 por Santiago Díaz

¿Alguna vez te has preguntado de dónde provienen tus creencias? ¿Has experimentado recientemente cambios en tu opinión o forma de ver la vida? Permíteme que lo dude. Pensaríamos que nuestro criterio subyace de los años de experiencia que acumulamos en este mundo, del incesante ensayo y error al que nos vemos sometidos en nuestra vida cotidiana, sin embargo no deja de existir ese componente irracional que condiciona nuestro pensamiento más de lo que cabría esperar. Esto se conoce como sesgo de confirmación y se manifiesta cuando otorgamos más validez a la información que reafirma nuestras creencias, a la vez que tendemos a subestimar o incluso ignorar aquella información que simplemente no comulga con nosotros. Por ejemplo, un fumador empedernido hará caso omiso de aquellos artículos o estudios que demuestren los riesgos a futuro del consumo de cigarrillo. Sin embargo, siempre tendrá en mente aquellos datos que le digan que fumar no está (tan) mal, a modo de validar sus acciones, en este caso, fumar.

Biológicamente este fenómeno se explica de manera muy sencilla. Resulta muy desgastante para nuestro cerebro estar siempre abierto a adoptar cualquier tipo de idea, dependiendo de la información que llegue, especialmente en temas tan polarizantes como la política, la religión o la economía. De tal forma que acogemos aquellas ideas que se adaptan a nuestros esquemas mentales preexistentes y es ahí cuando nos damos el gusto de decir el típico “¡Lo sabía!” o mejor aún, “¡Te lo dije!” que tanta satisfacción produce a nuestro cerebro. En cambio, el hecho de replantearnos posturas que hemos defendido por años nos resulta incómodo y hasta hiere el orgullo. De manera que reaccionamos con incredulidad o escepticismo cada vez que se destapan escándalos contra el partido político que apoyamos, critican a nuestro cantante favorito o nuestro equipo de fútbol comete una falta contra el adversario.

Existen factores externos que potencian nuestro sesgo de confirmación para sacarle provecho. Las redes sociales se han convertido en un arma de doble filo a la hora de conectarnos con el mundo mediante la amenaza de las fake news, que han aumentado el grado de suspicacia con el que tenemos que valorar la información que recibimos, pues las nuevas corrientes de populismo se abastecen de noticias falsas para lograr impactar en las emociones de la gente, más allá de ceñirse a los hechos objetivos. De esta forma la gente compartirá, sin pensarlo demasiado, aquellas noticias que confirman sus opiniones, a modo de validar sus ideales con su círculo más cercano mediante información cuya rigurosidad nadie ha advertido en cuestionar. La saturación de información permite la filtración de estas noticias falsas que no hacen más que adulterar el imaginario colectivo con base a las necesidades y frustraciones de una población que es manipulada de acuerdo a los intereses de unos pocos. En otras palabras, nos encontramos en un mundo dominado por la posverdad.

Consumiremos información que valide nuestras ideas preestablecidas, mientras que todo lo que se salga de esa zona de confort mental, no durará mucho tiempo en nuestra cabeza...

La desinformación es la nueva arma de manipulación hacia el pueblo, donde más allá de noticias falsas, abundan las verdades a medias. El mejor ejemplo que puede evidenciar este fenómeno es Twitter, la red social de los 140 caracteres, cuya inmediatez imposibilita el correcto seguimiento de las fuentes que sustentan cualquier información. Esto permite que la posverdad sea la nueva reguladora de la opinión pública, donde la realidad puede distorsionarse, de tal manera que se ajuste a la personalidad del que recibe la información. El propio formato de las redes sociales en su tratamiento de las noticias se acomoda a la perfección para sacar a relucir el lado más sensacionalista y colectivista de la comunicación, donde solo se busca el eslogan, esa frase pegadiza orientada a liderar opinión, a generar tendencia, a influenciar a las masas. Los periodistas ya no buscan historias, venden titulares; la guerra del click es demasiado dura. Mientras tanto, la argumentación y el razonamiento pasan a un segundo plano.

No obstante, el populismo no es el único vehículo por el cual las redes sociales alimentan nuestro sesgo de confirmación. Ahora los objetivos pasan de ser políticos a comerciales, siendo el propio Mark Zuckerberg y sus equivalentes en el resto de redes sociales, los que se acogen al sesgo de confirmación para asegurar que el usuario dedique la mayor cantidad de tiempo posible navegando en sus redes sociales. Por lo tanto, el algoritmo tenderá a recomendarle noticias, publicaciones y material audiovisual que concuerde con sus ideas, haciéndole sentir cómodo y así destinar un mayor tiempo en aquellas plataformas, tiempo que se traduce en más ganancias por concepto de publicidad de los anunciantes. De esta manera las redes sociales crean una burbuja en la que toda la información que llega nos da la razón, lo cual genera efectos incluso más nocivos pues crea la ficticia sensación de que todo el mundo concuerda con nosotros.

Realmente no es posible ser objetivo con respecto a ideologías y opiniones. No existen las verdades absolutas, la manera en la que entendemos la realidad se basa en interpretaciones que provienen de nuestras vivencias, motivaciones y el contexto en el que nos situamos, es decir, no vemos el mundo como es sino como somos. En el momento en que adquirimos conciencia acerca de cómo funciona la sociedad, escogemos un bando en el que agrupar todos nuestros ideales y pensamientos, como Neo al elegir una de las dos pastillas que le ofrece Morfeo. A partir de ahí tomaremos partido en cada una de las dualidades que nos propone la sociedad, a saber; izquierda o derecha, creyentes o ateos, pizza con o sin piña... Una vez escojamos nuestro camino, consumiremos información que valide nuestras ideas preestablecidas, mientras que todo lo que se salga de esa zona de confort mental, no durará mucho tiempo en nuestra cabeza.



Sobre el autor

Santiago Díaz

Director del Área Editorial

Bogotano, 1994. Profesional en Negocios Internacionales. He vivido en Barcelona y San Petersburgo. Me apasiona la sociología, la historia, la economía, la cultura y el arte. Me gusta analizar lo que sucede a mi alrededor. Escribo cosas.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top