Sociedad

No somos cifras, somos vidas
#EmergenciaNacionalPorFeminicidios

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A no más de dos semanas de recibir el año 2021, se han reportado 18 feminicidios en Colombia, que representan 18 historias de vida concluidas de mujeres y niñas a manos de parejas, exparejas, familiares y desconocidos que son respaldados por un sistema de organización social y/o práctica hostil que fundamenta una ideología que atenta contra el desarrollo, la integridad, libertad y vida de las mujeres, e interioriza y naturaliza la violencia, el ejercicio de poder y la dominación masculina como innatos en la estructura social para instrumentalizar las cuerpas y menoscabar los Derechos Humanos de las mujeres y niñas, el patriarcado.

De acuerdo al Observatorio de Feminicidios Colombia, un sistema de información de la Red Feminista Antimilitarista que rastrea los casos de feminicidios u otras violencias contra las mujeres, durante el año 2020 se registraron 568 casos de feminicidios y tentativas de este hasta noviembre, de los cuales 227 fueron asesinatos violentos contra mujeres por razón de su género, representando así un incremento alarmante del 9% a nivel nacional respecto al 2019 y con ello, ciertamente se ha intensificado el clamor y el rechazo de múltiples colectivos feministas en Colombia y parte de la sociedad civil que exigen urgentemente, no solo la intervención y ejecución de entidades y actores estatales que subestiman y pormenorizan los impactos de la violencia machista en Colombia, sino también demandan la visibilización de crímenes contra la mujer y el establecimiento de transformaciones sociales y culturales colectivas que permitan desmontar mandatos del patriarcado y violencias que afectan tanto a mujeres como a hombres.

¿Qué son y por qué hablamos de feminicidios?

Proveniente del neologismo femicidio o feminicide -politizado y reintroducido por los movimientos feministas durante los años setenta del siglo pasado-, el feminicidio fue introducido como concepto en 1801 por la escritora y activista Diana Russell para significar “el asesinato de una mujer”, aunque solo fue hasta mediados del siglo XX que lo conceptualizó como el asesinato de mujeres y niñas motivados por el odio, el desprecio, el placer o la suposición de propiedad sobre las mujeres, y lo caracterizó a partir de prolongados, crecientes e irreversibles cliclos de violencia, que concluyen con el asesinato de una mujer mediante acciones de tortura, daño y violación en la cuerpa de la victima, cometido generalmente por un hombre.

Enseguida, la llegada de este concepto a Latinoamérica -a principio de los años 90s- supuso en lo formal y teórico, la acomodación del término a las realidades sociales e incorporación de nuevos sentidos de feminicidio, puesto que según la antropóloga e investigadora mexicana Marcela Lagarde (2013) , estos crímenes en América Latina no solo son producto de un sistema estructural de represión, -y no de conductas patológicas o individuales como muchos aseguran para justificar un crimen en razón del género- mediante el cual se intenta mantener y nombrar el poder masculino por encima de la sociedad y las mujeres, como también al imperar el elemento de impunidad judicial y social, de violencia institucional y falta de diligencia estatal, que sostiene el carácter “tolerable” y sistemático de los feminicidios en estos territorios.

En ese sentido, remitiendonos a los mecanismos de control y poder -eminentemente políticos- referidos por Foucault en La voluntad del Saber (1976), Sujeto y poder (1988) y otras múltiples obras, es preciso interpretar a la violencia de género y expresiones primarias de feminicide como aquellos mecanismos de control que actúan sobre la cuerpa y la vida/muerte de las mujeres y niñas, es decir, que actúan como actos que materializan una sujeción biopolítica al dominar y someter sus actos corpóreos y la capacidad de decisión como objetos -al percibirlos en la sociedad de manera tal que son usables, prescindibles, maltratables y/o desechables- en la cristalización de crímenes de odio que justifican en esencia matar mujeres por ser mujeres, indistintamente de su edad, estrato económico, raza, etnicidad o nacionalidad.

Las mujeres son asesinadas por quienes dicen amarlas y protegerlas, acuchilladas o estranguladas, en los hogares o calles, por desconocidos o familiares...

Aquí, me detengo a señalar - para aquellxs que se rasgan las vestiduras justificando la muerte de los hombres por producto de la violencia o el común “a los hombres también los matan”- que, 1 de cada 2 mujeres es asesinada por un hombre para demostrar formas de apropiación, subordinación y sometimiento (sexual, físico, psicológico o de privación), a diferencia del 1 de cada 20 hombres que están expuestos a dichas circunstancias. Además, aunque los hombres como las mujeres son asesinadxs, las formas y/o causas son distintas, debido a que los hombres son asesinados en las calles con armas de fuego y a manos de desconocidos o enemigos y en muy raras ocasiones en razón a su género; mientras que las mujeres son asesinadas por quienes dicen amarlas y protegerlas, acuchilladas o estranguladas, en los hogares o calles, por desconocidos o familiares que humillan, denigran y deforman la cuerpa de la mujer para el goce de un acto arcaico producto de la misoginia y la violencia machista.

Colombia, una zona de alto riesgo para mujeres y niñas

La mujer es la responsable de su vida, puesto que en ella reside la responsabilidad de hablar, de no callar, de denunciar y hasta de distinguir qué hombre es un agresor...

Pese a que, en Colombia el feminicidio fue tipificado como un delito autónomo por la Ley 1761 de 2015, producto del asesinato y desprotección del Estado a Rosa Elvira Cely, por el cual se definio como el asesinato de una mujer por su condición de mujer o por motivos de su identidad de género, los casos y cifras siguen en aumento, y las mujeres y niñas se sienten más desprotegidas que nunca. Si bien, reconocerlo significó que las causas y/o motivaciones de estos asesinatos no tienen relación con factores individuales, sino con la estructura de poder sesgada de la sociedad que mantiene a los hombres en posiciones dominantes y privilegiadas y al Estado como vulnerador de derechos (al no garantizar el pleno ejercicio de la vida), demostró que el derecho reaccionó a posteriori y no a priori a los hechos, es decir, no previno las agresiones; y si se previno, se realizó desde una narrativa en que las mujeres, adolescentes y niñas tenían que identificar los patrones y señales de un hombre agresor y feminicida. Esto simboliza un monólogo en que la mujer es la responsable de su vida, puesto que en ella reside la responsabilidad de hablar, de no callar, de denunciar y hasta de distinguir qué hombre es un agresor, dejando entrever que el Estado y la sociedad exige la prevención del crimen desde la víctima y no desde el victimario.

Una narrativa, que incluso se ha visto reforzada durante la pandemia y cuarentena estricta del pasado y presente año, donde el Consejo de Ministros ante la alarmante situación de violencia contra las mujeres instó un paquete de “medidas” para frenar esta situación. Entre ellas, 1) la instauración de una sala de control y monitoreo contra crímenes de violencias en contra de las mujeres, donde sólo se invita -y no exige- la presencia de la Procuraduría, Defensoría del Pueblo y Fiscalía, esta última entidad negligente ante la retención por un mes del cuerpo de Michael Amaya e indolente ante el dolor de los familiares de la menor, que una y otra vez insistieron a Medicina Legal el paradero de su hija; 2) un monitoreo permanente de casos de feminicidios y violencias por parte del Consejo de Seguridad, que a día de hoy no ha entregado cifras concluyentes y/o coherentes con las bases de datos de otras entidades como la Fiscalía y Observatorios encargados de registrar feminicidios, a través de prensa local, regional y nacional; 3) establecimiento de una plataforma tecnológica que optimiza la prevención, atención y seguimiento a casos de violencias en contra de mujeres, de la cual se tiene poco conocimiento en ciudadanía y de nuevo, sitúa como responsables a las mujeres de identificar de manera online a los agresores o potenciales feminicidas; 4) la implementación de de una campaña nacional contra el machismo, que fue poco promocionada o sonada en la sociedad colombiana, lo que de por sí es un despropósito a sabiendas que el fundamento de una transformación de pensamientos implica campañas sí o sí mediáticas, de alto impacto y largo alcance; y 5) la implementación de protocolos para prevención y atención del acoso sexual en las universidades, una vieja medida que prometieron aplicar desde el año 2019 y que hasta la fecha no ha sido compartida en las instituciones educativas, dejando a merced a mujeres con protocolos propios de la universidad abscritos a departamentos de psicologia u otros o ante funcionarios o directivos que minimizan -entre burlas- casos de acoso sexual.

Con todo esto, no cabe la menor duda que tanto los hombres como el Estado a día de hoy no han sido interpelados o cuestionados como responsables de las dinámicas culturales que perpetúan y fomentan conductas violentas contra las mujeres, adolescentes y niñas, que ya sea por omisión, indiferencia o pasividad, permiten no solo otros delitos como la cosificación de la mujer, la explotación sexual y la trata de personas, sino también el asesinato de una mujer por serlo. De manera que, es imperativo exigir la prevención de actores como el Estado, los medios, las instituciones y por supuesto, desde los hombres, pero asimismo visibilizar y alzar la voz con sororidad y empatía por nuestras compañeras y hermanas que fueron asesinadas producto de la violencia machista y la discriminación. Es momento, de atender a cifras que en el papel son números; pero en la realidad son mujeres, son niñas, son vidas.

El mandato social e invitación a la deconstrucción masculina

Análogamente, en aras de situar el foco en los victimarios y humanizar a las víctimas, e incluso proveer a lectores -hombres-de una contra-pedagogía que permita trabajar sus masculinidades, desmitificar el romanticismo patriarcal y distanciarse de formas y ejercicios de poder en los que son víctima y responsable, hablaremos de patrones y particularidades que comparten los hombres que maltratan y asesinan a una mujer o niña, planteados por la escritora Coral Herrera en Hombres que ya no hacen sufrir por amor (2019). En primer lugar, diremos que aunque estos hombres tengan edad, clase social, religión y/o procedencia territorial profundamente distante, son fieles al patriarcado y por tanto, no toleran la rebeldía femenina respecto al papel tradicional de la mujer; creen que les mueve el amor pero realmente les mueve el odio, pues son incapaces de aceptar que ante la “derrota del abandono” cualquier ser humano tiene la plena libertad para quedarse o para irse y reaccionan con violencia ante las que perciben como enemigas o instauran un régimen del terror, que se gesta en la destrucción de la individualidad y la creación de dependencia y vulnerabilidad por parte de la víctima y culmina en la gestión, control y disposición libre de la vida de la otra; y en adición, les asusta el futuro y los cambios sociales, por ello no admiten divorcios o separaciones. Quieren que todo siga igual, quieren su libertad y su poder, quieren sus privilegios y posición a como dé lugar, porque entre más derechos tienen las mujeres, menos derechos tienen ellos.

Por tanto, no resulta sorprendente que este prototipo de masculinidad frágil se ha de sentir: 1) atacado, amenazado o rabioso con la revolución feminista o ante la mujer que no le resute lo suficientemente “princesa”, lo suficientemente “sacrificada” lo suficientemente sumisa o entregada; 2) presionado y obligado por un mandato que los lleva suprimir emociones y no disfrutar de su sexualidad y 3) desorientado con respecto a su masculinidad y a sus roles, debido a que ignoran cómo gestionar una falta de control sobre sus emociones, deviene en la creencia de poseer la vida o la muerte de un sujeto, en el derecho de infligir daño o peor, de sostener que no tiene otro camino que morir matando, autodestruyéndo y destruyendo a su compañera, a su hija, a su expareja o una mujer desconocida. De modo que, es pertinente concluir que tanto las estructuras sociales y relaciones de poder como la comprensión de los conceptos constitutivos del patriarcado, sistema sexo-género, masculinidad u otros, han configurado un sentido interpretativo (individual y colectivo) en los hombres y mujeres - y por extensión en los medios, instituciones y hogares- donde las violencias directa, simbólica y estrutural se entienden como naturales.

En ese sentido, resulta de vital importancia que los hombres se responsabilicen de su papel en la sociedad desde la conciencia del cambio, la reivindicación y el cuestionamiento, no solo para dejar de ansiar el sueño húmedo de poseer una criada-esposa abnegada, un amor romántico y/o relaciones pasivo-agresivas, sino también para dejar de trasladar a la víctima como primera y unica responsable de un ataque, agresión, violación o asesinato, para abandonar juicios esteriotipados que tradicionalmente reproducen y validan la jerarquia sexual, y “deconstruir” lo ya dado.

Los hombres se responsabilicen de su papel en la sociedad desde la conciencia del cambio, la reivindicación y el cuestionamiento...

Nosotras nos encontramos en esta tarea hace décadas, por ello es imperativo que nuestros iguales se sumen al cambio que se avecina, porque en ellos influye pero sostiene el mandato de una masculinidad violenta y cruel naturalizada e interiorizada en las prácticas sociales que afecta principalmente a mujeres y niñas en cada rincón del mundo.

Por ese motivo, los hombres deben empezar a desmontar el patriarcado desde propuestas empáticas que permitan el buen trato, el respeto, la diversidad y el amor - ¡SÍ, EL AMOR! no se dejen engañar por la estigmatización heteronormativa que asocia hombre y amor como un signo de homosexualidad-, me refiero al cuidado y la autocrítica amorosa, la identificación y expresión de emociones con acertivividad, la comunicación horizontal, el trato igualitario a las mujeres, la renuncia de sentirse superiores a los demas, a deshacerse de la necesidad de ganar, de competir y de refirmar la imagen de macho alfa para trabajar en construir nuevas realidades donde la libertad y el respeto per se sean la base de nuestra sociaedad.

  • Las opiniones aquí expresadas son de la autora y no representan las opiniones de la revista.


Sobre la autora

L. Chamorro Galindo

Escritora

Politóloga capturando el sentido de lo estructural. Amante de hilar correlatos históricos y fenómenos políticos a través de la investigación y análisis discursivo. Escribir es mi sentir y terapia.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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