Sociedad

¿Primero yo, segundo yo, tercero yo?

Tiempo estimado de lectura: 5 min

El presente artículo es una dedicatoria a un hombre ejemplar
A un caballero que ahora vive en nuestros corazones
A aquel que dejó un inmenso legado en quienes lo conocimos
En memoria de Julio Puentes

Quienes me conocen saben que soy una persona que prefiere estar lejos de los extremos. El día que comencé a escribir este artículo, las redes sociales explotaban en memes y comentarios: “El innombrable ha sido capturado”, “Es un buen primer paso”, “La siguiente farsa”. Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia y ahora ex-senador, había recibido casa por cárcel y muchos colombianos, incluyéndome, celebramos este hecho. Sin embargo, los comentarios en los medios no tardaron en mostrar, como de costumbre, que la madre intolerancia es la que reina en silencio pero ciega las mentes de una forma impactante: surgen los extremistas, derecha, izquierda, blanco, negro, azul, lo que sea.

Probablemente cuando usted, lector, lea esta columna muchas cosas habrán pasado desde aquel día. Pero Uribe no es mi tema acá. En una conversación coloquial con amigos, donde surgió el tema, alguien resaltó el hecho de que el mismo día también fue noticia internacional una explosión gigantesca en Beirut, capital de Líbano. No tenía ni idea ni había oído hablar de eso, pregunté y cuando me explicaron y vi el video, quedé impactado. Más de 200 fallecidos, miles de heridos y varios desaparecidos. Pero lo que más me sorprendió fue un comentario que surgió en esa misma charla: “Igual lo de Uribe es más importante. Pues sí, hay muchas guerras, muchas cositas… pero pues esto de Uribe tiene que ver con nosotros. Para nosotros lo que nos afecta es más importante (...) Lo de Beirut, a nosotros, a nuestro entorno, es un segundo lugar, muy importante, pero no es el encabezado. Eso es todo”. Cada frase contenida en esos mensajes me dejaron reflexionando muchísimo, y de tanto pensar decidí empezar a escribir esta columna, ya que me trajo de vuelta bastantes pensamientos recurrentes que he tenido y no sabía cómo expresar.

Hay una frase que mi papá siempre me repetía cuando era chiquito, decía: “Qué vaina siempre con usted, piensa sólo en sí mismo, primero yo, segundo yo, tercero yo. Va y se sirve jugo y en los demás ni piensa. En esta casa somos tres, no solo usted”. Al día de hoy, muchos años después de que mi papá me hubiera enseñado a dejar de ser egoísta, recordé que una persona que hasta hace poco era muy cercana a mí, decía: “Debes pensar siempre en ti sobre todo. Primero yo, segundo yo, tercero yo”. Siempre que mencionaba esa frase, yo solía callar. ¿Realmente soy más importante que todo lo demás? ¿Lo que a mí me afecta es más importante que lo que afecta a los demás? ¿Mi entorno es más importante que el del otro? ¿Primero yo, segundo yo, tercero yo?

Dejar de ser tan estúpidamente egoístas es una necesidad que el ser humano tendrá que acoger para subsistir, o lamentar cuando ya sea tarde...

Me he puesto a reflexionar sobre los líderes sociales que asesinan en mi país, los rostros de las personas que ayudan a otros sin que tenga que afectarles a ellos. Hablar lenguaje de señas, leer braille. En fin, aquellos cuyas acciones hablan más fuerte que sus palabras. He tratado de recordar a cada persona cuyo legado ha quedado en la humanidad y he tratado de comprender hasta qué punto el ser humano es capaz o incapaz de ver más allá de sus narices y de preocuparse de verdad por lo que no le afecta. Somos tan perfectamente imperfectos que existe una palabra que difícilmente alcanzamos, y que cada vez pareciera que estuviéramos más cerca y más lejos de alcanzarla, aunque cada vez nos llamemos más “civilización”: La empatía. ¿Hasta qué punto puedo hablar de un homosexual sin ser homosexual? ¿Hasta qué punto puedo hablar de Líbano sin conocer Líbano? ¿Hasta qué punto hablo por hablar, en vez de ponerme en los zapatos del otro? ¿Hasta qué punto estoy pensando las cosas antes de abrir la boca? Esa es una pregunta realmente difícil, porque juzgar sin conocer es demasiado fácil. Y es que esta es una tendencia en la que el ser humano cae muy fácilmente, la de suponer sin preguntar.

Recaer en este tipo de pensamientos es una constante en la que suelo vivir. Pero al final puedo llegar a una sola conclusión: Hay demasiadas formas de entender el mundo. Nos cerramos tanto en ver el “blanco o negro” que apartamos los grises y nos quedamos con una bipolaridad absurda, que si no es como yo pienso entonces está mal. Creo que dejar de ser tan estúpidamente egoístas es una necesidad que el ser humano tendrá que acoger para subsistir, o lamentar cuando ya sea tarde. Los ejemplos que cité son solo una minúscula parte de la intolerancia colectiva que se evidencia todos los días, la misma que nos hace dudar constantemente sobre un futuro en el que cada persona entienda: El mundo no soy sólo yo.



Sobre el autor

Alejandro Sánchez

Editor, Escritor

Alejo, o Flaco, para los amigos. Ingeniero civil, miembro de la Sociedad Colombiana de Ingenieros y voluntario 4 años en AIESEC. Cuento con cursos en historia, ciencia, filosofía y religión. Amante de la vida, escritor apasionado. “Todo hombre es bueno a los ojos del Gran Espíritu” –Toro Sentado.



El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello



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