Sociedad

¿Y mi trabajo no vale?

Tiempo estimado de lectura: 5 min

Desde que nacemos, nos enseñan a pertenecer. Pertenecemos a una nacionalidad, a un estrato, a un idioma, a un género… Sin embargo, con todas esas etiquetas, las mujeres parecemos estar en desventaja. En los años sesenta, 2 de cada 10 mujeres trabajaban fuera del hogar, ahora, son 7 de cada 10 quienes asumen responsabilidades laborales de diferentes tipos. Si bien es cierto que a lo largo del tiempo, se han construido y reconstruido una serie de luchas en contra de la desigualdad, parece ser que año tras año surgen más. En ese sentido, para nadie es un secreto que las labores del cuidado y del hogar “pertenecen” en su mayoría a las mujeres, quienes entre tanto, se encargan de lavar, cuidar, planchar, recoger y además de eso, trabajar.

Hablar sobre el trabajo doméstico nos conduce de manera unidireccional hacia las mujeres, a los roles no asignados y las relaciones de las esferas privadas y públicas. Dicho así, el trabajo doméstico, según Goldsmith se describe como: «el conjunto de actividades encaminadas hacia la reproducción cotidiana y cuya sede de producción es el hogar... incorpora las siguientes actividades: las vinculadas a los alimentos; la limpieza y mantenimiento de la ropa, el cuidado de los niños; cuidado de animales domésticos; tareas de servicio personal... labores que aparentemente no son trabajo como: vigilar la casa y que sobre todo estén vinculadas a la conservación del patrimonio del hogar».

Desde esa perspectiva y aunque se hayan hecho importantes avances en cuanto a la reducción de la brecha desigual de género, siguen siendo las mujeres las más afectadas. Tanto así, que aunque las mujeres en Colombia tengan una tasa más alta en educación, siguen teniendo dificultades a la hora de acceder a un empleo, y una vez se está en el mercado laboral, se enfrentan a las diferencias salariales, los trabajos informales y la “doble jornada”.

Existe una doble lógica de trabajo en la que la mujer, además de buscar su desarrollo profesional y personal, debe lidiar con las tareas del hogar impuestas “tradicionalmente” por su condición de mujer...

Esa dicotomía entre trabajo y hogar para la mujer contemporánea está caracterizada por una doble jornada que en muchos casos, no solamente significa la realización de dos tipos de trabajo en el día, sino que, se realizan en un espacio público y otro en espacio privado. Es decir, existe una doble lógica de trabajo en la que la mujer, además de buscar su desarrollo profesional y personal, debe lidiar con las tareas del hogar impuestas “tradicionalmente” por su condición de mujer, para lograr preservar la armonía del hogar.

El tiempo que dedican las mujeres a trabajos sin remuneración casi duplica el que dedican los hombres en las unidades familiares. En tiempos estimados, según la Encuesta de Condiciones de Vida (INE), las mujeres destinan 26,5 horas a la semana frente a 14 horas hechas por ellos, “la única situación en la que los hombres dedican un tiempo parecido a estas tareas (11 horas, frente 13,3 horas de ellas) es cuando no tienen pareja”.

Es decir, que sí es posible que un hombre haga los mismos oficios que una mujer cuando está en una relación o conviviendo en un hogar. Sin embargo, esto no sucede ya que, la redistribución de tareas no es equitativa y la encuesta complementa que “solo hay cierta proximidad cuando ambos géneros no tienen pareja ni hijos (11 horas por 13). A partir de ahí, con hijos o pareja, son ellas las que asumen la mayor parte del trabajo. Por ejemplo, las horas que un hombre con pareja que no trabaja, destina a estas tarea, son 6 horas por semana. Las de una mujer con una pareja sin empleo son 17,2, un 186,7% más.”

Entonces, ¿qué deberíamos hacer para replantearnos estos roles? El primer paso es ser conscientes de la educación que recibimos y damos. Uno de los principales problemas que vemos en la sociedad es que, no se ha educado de manera correcta para que se comprenda que una casa o unidad familiar es un espacio compartido. Cuando convives con tu familia, debes ver que el espacio en el cual vives es un lugar con necesidades que deben asumirse de manera dividida. De esta forma, si buscamos repartir equitativamente las tareas, las mujeres no tendrán que verse obligadas ni presionadas para seguir asumiendo una responsabilidad que en definitiva, no debería ser solamente de ellas. Otra forma de concientizar es preguntarnos quién asume más tareas en nuestro hogar. De este modo, podemos pensar en compartir responsabilidades de manera sensata y cuidadosa. La asimetría de dicha distribución de tareas asociadas culturalmente a las mujeres, es una de las principales causas de desigualdad a la que se enfrentan en el mercado laboral.

Finalmente, es necesario comprender este trabajo “invisible” para poder construir una sociedad igualitaria. Ser ama de casa parece ser un trabajo infravalorado al ser hecho por “amor”. Las largas horas de cuidado y limpieza es un no-trabajo a los ojos de la cultura tradicional ¿Por qué no nos planteamos también cuántos hombres realmente ayudan a sus parejas? ¿Cuántos comparten tareas? ¿Cuántos están dispuestos a dejar de lado una profesión para cuidar su hogar? Acabemos con los estereotipos de género, y dejemos de restringir nuestras vidas por un orden preestablecido. Las estructuras del mercado laboral nos han encasillado en este rol, como por ejemplo, con licencias de paternidad de días y de maternidad por semanas. Lograr la igualdad empieza desde nuestras relaciones familiares y personales, no solo se requiere de preparar a las niñas para el trabajo remunerado, sino que además es, enseñarles a los niños a hacer trabajos no remunerados y reducir (desde nuestro hogar) los estereotipos de género.



Sobre la autora

Saira Daniela Mora

Escritora

Politóloga opita acogida por la capital. Caprichosa por entender las dinámicas del mundo. Apasionada por los temas de política internacional, social y cultural. Crítica de los temas controversiales, reservada en lo cotidiano.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

Scroll to Top