Sociedad

¿Gana el planeta si pierde la humanidad?

2020-10-08 por Santiago Díaz

Resulta interesante conocer las corrientes de pensamiento que circulan alrededor del mundo, más ahora con la situación coyuntural que estamos viviendo en este 2020. La propagación masiva del pánico así como la sensación de estar viviendo un evento histórico (casi apocalíptico) hace que las inseguridades de las personas se lleven al límite, haciendo florecer ese instinto de supervivencia que todos llevamos dentro para por fin, sacar a relucir nuestras más profundas opiniones y sesgos de pensamiento, aquellos que en un mundo ideal nunca nos atreveríamos a exteriorizar.

Pues bien, últimamente se puede notar cómo se ha ampliado el foco mediático hacia el medio ambiente y sus últimas variaciones por motivo de la pandemia. Cientos de fotos de animales silvestres en la ciudad circularon por internet al principio del confinamiento, para intentar consolarnos diciéndonos que incluso una catástrofe como ésta puede tener su lado bueno. Esto no está mal y es hasta reconfortante que el aislamiento sirva para reducir un poco los niveles de polución en las grandes urbes. Sin embargo, este tema esconde connotaciones más siniestras que conducen a la afirmación de que el ser humano es el verdadero virus que habita sobre la tierra y esta pandemia es una especie de purga o dicho de otra manera, una regulación demográfica necesaria para garantizar la sostenibilidad de nuestra sociedad.

El ser humano es el verdadero virus que habita sobre la tierra y esta pandemia es una especie de purga.

Este no es un tema nuevo y lleva tiempo contemplándose, desde que en el siglo XVII apareciera la teoría malthusiana1, diciendo que el aumento de la población se da de forma lineal, mientras que la capacidad para producir alimentos crece de forma exponencial. De esta manera, el crecimiento poblacional será mucho mayor que el de alimentos con el paso del tiempo y así se llegará al punto de crisis donde no sea posible alimentar a toda la población. Por lo tanto, el papel que las guerras y las epidemias han desempeñado a lo largo de la historia ha servido como mecanismo de prevención de la tan temida sobrepoblación. Adicionalmente, la propia crisis financiera ya estaba dificultando el aumento de la natalidad, pues ahora las personas no reúnen fácilmente los recursos necesarios para poder criar un hijo, aunque en los países en vías de desarrollo este indicador sigue al alza debido a la ignorancia en materia de educación sexual. Por lo tanto, nuestro ritmo de vida no está ni siquiera preparado para que autorregulemos nuestro crecimiento demográfico, tal es el caso de China con su obsoleta política de tener un solo hijo. El tiempo demostró que este modelo no era sostenible al encontrarse el país con una población sumamente envejecida cuyas pensiones no podían ser sustentadas por la mermada fuerza laboral joven.

Ante tal panorama, se abre el debate. ¿Debe el ser humano respetar estos fenómenos, permitir que ocurran, pensando en el largo plazo? ¿O en cambio se debería intervenir, adoptando una visión humanista en la que cada vida tiene valor? Por supuesto son interrogantes muy comprometedores y seguramente ninguna persona en el mundo tenga derecho a dar una respuesta definitiva. ¿Cuánto pesaría la economía en una balanza en relación con las vidas que hay que salvar? ¿Cuántas muertes pueden derivar indirectamente de las nefastas consecuencias económicas? Es tanta la incertidumbre que sería muy osado tratar de manifestarse ahora. Lo que sí está claro es que nadie va a querer que esas “necesarias” muertes se produzcan en el hogar.

Varios meses después de que la OMS haya declarado oficialmente esta coyuntura como una pandemia, hemos podido observar el comportamiento de los países mediante medidas que han optado por proteger la vida o al menos, por no colapsar los sistemas sanitarios. El bando humanista ha vencido al pragmático, victoria que radica principalmente en los contagios sufridos por Boris Johnson, Jair Bolsonaro y ahora Donald Trump, tres de las figuras públicas que más abogaron por mitigar los impactos en la economía. Una vez más, se demuestra que es muy fácil reemplazar la empatía por pragmatismo cuando es un tercero el que tiene que asumir las consecuencias. El desempleo sigue al alza mientras que el consumo se mantiene en mínimos históricos, aún así, nadie se atreve a tomar la deliberada decisión de anteponer la actividad económica a la vida humana, especialmente luego de haberse demostrado que el virus también afecta a la población jóven y adulta.

El tiempo dictará el paso a seguir pero lo que nunca se podrá obviar es la tendencia hacia la supervivencia que posee el ser humano como ente individual. Si nuestro cerebro funcionara exclusivamente con base a la razón y en función a intereses colectivos, se entendería que se debe permitir que el virus actúe como fenómeno natural que es, sin embargo nuestro carácter para nada altruista nos impide hacer estas concesiones, sólo nos permite aferrarnos a la vida mientras el mundo sigue girando como buenamente pueda.

  • 1. Thomas Malthus, economista británico que en su libro de 1798, Ensayos sobre el principio de la población predijo que la sobrepoblación provocaría la extinción de la raza humana para el año 1880. No tuvo en cuenta el efecto de la tecnología en la producción de alimentos.


Sobre el autor

Santiago Díaz

Director del Área Editorial

Bogotano, 1994. Profesional en Negocios Internacionales. He vivido en Barcelona y San Petersburgo. Me apasiona la sociología, la historia, la economía, la cultura y el arte. Me gusta analizar lo que sucede a mi alrededor. Escribo cosas.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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