Sociedad

Memorias de un abuso

Hace 15 años, cuando tenía apenas 8 y estaba en tercero de primaria solía ser una niña inquieta, a la que le gustaba revolotear de lado a lado y gastar horas jugando como cualquier niño de esa edad. Vivía con mis hermanas que también estaban en el colegio, con mi madre que trabajaba hasta la mitad de la tarde y con mi padrastro que trabajaba con la misma jornada de mi madre, lo que me permitía quedarme un tiempo en el parque mientras ellos llegaban del trabajo.

Tenía una “mala costumbre” según mi familia y era irme después del colegio a un parquecito de un barrio llamado “La Esmeralda”, en Guasca.
Mi madre me advertía sobre las llegadas tarde a mi casa, de que me castigaría si no le hacía caso, pero en realidad yo no entendía de razones ni peligros, por eso mismo hice caso omiso.

Volví a ese parque a pesar de las advertencias e iba con mi amiga de turno; jugamos en la rueda, el rodadero y los columpios. Ella se fue -no recuerdo el motivo- pero volvió diciéndome contenta que había un señor que nos quería regalar algo de tomar, que fuéramos de inmediato, a lo que no le hallé problema y fuí con ella a la casa del señor por algo de tomar.

Volvió diciéndome contenta que había un señor que nos quería regalar algo de tomar, que fuéramos de inmediato...

Llegamos allí, recuerdo que era un señor alto, moreno, con algunas arrugas y bigote; me llevó hasta la cocina en donde se agachó a mi altura y me empezó a hacer “cumplidos”, me decía que tenía unos ojos y una cara muy linda y después me empezó a dar besos en la boca. No recuerdo qué lo detuvo, pero recuerdo que me dió un banano y salimos de esa casa con mi amiga (no sé qué pasó con ella durante lo sucedido).

Yo estaba completamente perpleja, petrificada, no sabía qué pensar, me sentía vulnerable, estaba tan conmocionada que lo único que pude hacer fue espichar y retorcer con rabia el banano sobre un muro.

Me sentía sucia, culpable, triste, aún pasmada, insignificante, avergonzada y furiosa, pero yo no sabía qué hacer ante eso, así que lo que hice fue guardar silencio y seguirme sintiendo así, no quería pronunciar palabra sobre lo ocurrido.
Mi madre se enteró, me hizo preguntas y llamó a mi padre, con quien no quería hablar porque me moría de vergüenza ya que me sentía plenamente culpable.

Fuímos a la policía a denunciar al señor, también iban mi amiga y su mamá; los policías nos pidieron testimonio, nos preguntaron en dónde había sido, a qué hora y otras preguntas hasta llegar a hacer un retrato sobre el señor. Salimos de allí, nuestras madres hablaban sobre lo sucedido y aprovechaban para decirnos que eso nos había pasado -o más bien, me había pasado- por no haber hecho caso de salir del colegio directamente a la casa.

No recuerdo qué pasó con la denuncia ni muchos menos me puse a preguntar sobre eso, lo único que yo quería era quitarme esa frustración de encima y olvidar todo. Pasaron meses para que yo pudiera dejar de torturarme pensando en eso día y noche y pudiese recuperar mi tranquilidad.

Por años pensé que fue mi culpa por escaparme al parque, que en algún sentido “merecía lo que había pasado”, pero con solo recordarlo me sentía mal y sucia, claramente tampoco quería hablar sobre ello porque era la peor incomodidad para mi. Lo único bueno fue que no volví a ver a ese señor o bueno, no recordaba su desagradable rostro. No recuerdo si fue la primera vez que me acosaron, pero sí la primera vez que abusaron de mí.

Al pasar los años he tenido y tengo que aguantar comentarios extremadamente abusivos en la calle como “uy como se le ve ese pan de rico”, “mamasita”, “cosita rica” y también acosos “inofensivos” a los que dicen y se escudan con que es un “simple coqueteo y ya”.

Hay algo aún más triste que esta historia y es el hecho de saber y recordar que cada día hay miles de bebés, niñas, niños, jóvenes y adultos siendo acosados y abusados, con violencia física y sin ella, como lo sucedido hace poco en Israel con una adolecente de 14 años, que fue violada por más de 30 hombres en el cuarto de un hotel.

Un número significativo de mujeres hemos sido acosadas y abusadas todos los días durante años y aún así existen personas que se atreven a justificar los hechos. Todo esto también me lleva a recordar el coro de “Un violador en tu camino” que dice: “Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía, el violador eres tú” canción que desató una polémica impresionante, que muchas personas apoyaron, que otras rechazaron, otras desacreditaban y de la que muchos se burlaron; para mi ese coro cobra sentido porque lo he vivido y no es tan ridículo o exagerado como muchos piensan.

Tal vez nos hace falta leer y escuchar más historias de mujeres y hombres agredidos para tener empatía y no lanzar críticas sin antes haberse puesto en los zapatos de esa persona o personas que ahora quieren visibilizar estas acciones, castigarlas y dejar de normalizarlas, porque eso nos lleva incluso a la muerte.



Sobre la autora

Lorena Avellaneda

Escritora

Estudiante de comunicación social y periodismo. Columnista de la revista Cara & Sello; oriento la atención de mis textos hacia problemáticas sociales. Feminista en búsqueda de un consenso social.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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