Literatura

Don Mario

Tiempo estimado de lectura: 10 min
2021-02-05 por Daniel Zárate

Hay siempre un destello antes de que los cuerpos perezcan. Una especie de nata recubre la sangre como la marca de la muerte y da la impresión de que la vida resurge, pero no es así. Esto se extiende incluso a los objetos y a los cuerpos abstractos, y es el caso de la casa vecina del edificio donde vivo. Hace algunas semanas terminaron de remodelarla.

Cambiaron el tejado, las rejas que cercaban la fachada abierta y el jardín trasero, sembraron nuevas matas, removieron las alfombras de los pisos y quitaron grandes capas de pintura mohosas para reemplazarlas por un blanco reluciente; o eso deduzco de las pilas de escombros que dejaban semana tras semana.

La casa quedó espectacular, parecía nueva pero conservaba la estructura original de los años 70s y la cereza en el pastel era la construcción de un nuevo altillo que daba justo a la ventana de mi habitación. Me imaginaba allí descansando luego de trabajar y tomando café. Mis padres y yo quedamos encantados y, como después la pusieron en venta, decidimos llamar para ir a conocerla, tan sólo por curiosidad, para cerciorarnos de que la casa era tan linda por dentro como lo era por fuera.

Sin embargo, al contactar con la inmobiliaria nos informaron que la casa únicamente se encontraba disponible para establecimientos comerciales y denegaron la cita, así que nos quedamos con las ganas de ir a verla. No habría café en el altillo luego del trabajo, pues la casa nunca sería nuestra y estoy desempleada. Me produjo un poco de nostalgia pensar que una casa tan linda terminaría siendo una empresa o un supermercado; añoraba los barrios residenciales, que se han ido transformando en zonas repletas de edificios rodeados de comercio, parques para marihuanos y perros, y nada más.

Ahora la casa funciona como un ancianato en donde están internados 7 u 8 abuelitos, que a veces observo desde mi ventana cuando estoy sola en la casa. Me ayuda a pasar el aburrimiento mientras consigo trabajo.

Los lunes, miércoles, viernes y sábados, en horas de la tarde, los ancianos están sentados en el garaje, silenciosos y absortos en lo que me imagino, será el recuerdo de sus vidas. Salgo a la calle cuando quiero fumar y me quedo viéndolos un rato, sobre sus sillas blancas, recostados en el espaldar con la cabeza gacha y descolgando sus manos inertes que ya no parecen parte de sus cuerpos. Esconden sus miradas tras el cansancio de unos ojos entrecerrados y están sentados todos igual, como regidos por una especie de norma impuesta por el ancianato, o por la vejez.

Es una escena deprimente que destila un olor a cadáver limpio, o a jabón podrido. Esos ratos que paso frente al geriátrico, que ahora parece más viejo que antes a pesar de la remodelación, me invade la impresión de estar en un lugar donde el tiempo es pesado, y los ancianos convertidos en estatuas encierran almas cuyos dedos están tendidos hacia la muerte. Es un cementerio para vivos. Personas abandonadas a cargo de dos enfermeras, que, por su juventud, (o qué sé yo) carecen de paciencia y de tacto con los ancianos.

El blanco de las paredes se transformaba en una blancura lúgubre, proveniente de una neblina de nata cercada por alambres que prohibían el paso. Sin embargo, en la última semana, la casa pareció recobrar la chispa de su belleza, y algo dentro de esos muros carcomidos de quietud, algo inesperado, alumbraba bajo esas tejas opacas que hacían parecer que fuese de noche a cualquier hora del día.

Don Mario, que, según parecía, era el más viejo, se había convertido en una verdadera molestia para las enfermeras. Bajo su calva llena de manchas y su esqueleto forrado con piel arrugada, había un espíritu de niño.

El lunes, en horas de la mañana, mientras estaba acostada en mi cama, escuché algunos ruidos en el altillo. Me asomé y vi a don Mario entrar y salir cargado de bultos de ropa de cama y ropa para vestir, que apoyaba con el pecho gracias a su postura encorvada. Dejó todo sobre una cama que había allí, y salió de la habitación con prisa. Seguramente se mudaría a ese cuarto.

Por la tarde me dieron ganas de fumar y decidí aprovechar para ver qué estaba haciendo don Mario. Lo encontré caminando de un lado a otro por el pequeño garaje y hablando solo. Su voz se confundía entre los murmullos de los otros ancianos que, en lugar de guardar silencio como otras veces, hablaban entre ellos. Alcancé a escuchar que don Mario decía algo como esto:

- Faltan...días, y todavía no he llamado a… seguro que así es más rápido dejar… pero todo un mes, todo el mes sin… esta si les va a salir cara… igual ellos ya...

Se interrumpió para emitir un - ¡Psch! - bastante llamativo a un vecino de mi torre que pasaba frente al ancianato, el hombre lo miró asombrado y luego Don Mario le ordenó: - ¡Páseme eso rosado! -

Busqué rápidamente el objeto con mi mirada, era un envoltorio de un ponqué de fresa que estaba en el piso. El vecino vaciló, pero terminó por levantar la basura y pasársela; en cuanto dio un paso, volvió a sonar el - ¡Psch! - aún más fuerte. Ambos volteamos curiosos y vimos como el paquete iba cayendo a los pies del señor, quien se lo volvió a poner en las manos. Al dar otro paso - ¡Psch! -

El vecino me miró apenado, y como yo estaba a punto de reírme, tomó la basura rabioso, la puso con fuerza en la mano de Don Mario y la cerró.

- ¡Qué no se le caiga, ¿eh? - le gritó el vecino. Pero antes de que se hubiese dado vuelta, don Mario le arrojó la basura a la cabeza y empezó a modular con mucha fuerza - ¡Psch! ¡Psch! ¡Psch! ¡Psch! ¡Psch! ¡Psch! - hasta que el vecino, irritado, entró en el edificio.

No pude terminar el cigarrillo porque estallé en una larga carcajada, que pareció divertir a Don Mario, pues empezó a reírse conmigo. Al principio su risa era infantil y alegre, pero fue tornándose ronca, tenía en ella una ironía helada, parecía resonar dentro de una guitarra sin cuerdas. En ese momento salió una de las enfermeras, y le gritó: - ¡Don Mario! - fue entonces cuando supe su nombre - deje de alborotar a los ancianos y de molestar a la gente. Si lo vuelvo a ver haciendo eso lo echo pa’ dentro.

Don Mario le contestó riéndose más fuerte, y dando vuelta, entró en el interior de la casa golpeando a la enfermera en el hombro. Subí a mi habitación y al poco tiempo lo encontré por mi ventana, arreglando la pequeña habitación en el altillo.

Ese mismo día en la noche, tipo 9, percibí gritos de mujeres y la misma risa lúgubre que había escuchado en la tarde. Me asomé a la ventana y vi a don Mario, a través de la cortina de velo, aferrado a una de las patas de la cama, riendo desencajado y mostrando las encías. Estaba desnudo, aparentaba ser un bebé arrugado y muy feliz. Las enfermeras lo jalaban de los brazos, pero sus fuerzas no eran suficientes para desenrollar los huesos del anciano que se enroscaban en la madera.

Contemplando la escena me figuré que hubiese sido muy sencillo apartarlo de la cama haciéndole cosquillas, tal cómo hacía mi mamá cuando yo era una niña, pero las enfermeras se empecinaban en agarrar sus manos y piernas, zarandearlo de las caderas y de los hombros. Al fin se cansaron de intentarlo, y una de las enfermeras, que traía gafas, le dijo con voz muy fuerte: - ¡Si se enferma y se muere es su culpa! - y mirando a la otra le gritó con el mismo tono de voz - ¡Vámonos! - Los ojos de la enfermera sin gafas se posaron en don Mario, quien seguía riendo, y le lanzaron una mirada que a mí me pareció de repulsión compasiva, como si tuviera plena conciencia de que su deber era hacerlo caminar hacia su tumba.

Cuando se fueron las enfermeras, don Mario corrió a la puerta, puso seguro, apagó la luz y se acostó en la cama. El cuarto sólo poseía, aparentemente, un ligero velo que cubría la oscuridad. Esa, y las siguientes noches de la semana, sentí la mirada de don Mario fija en mi ventana hasta quedarme dormida. Cuando asomaba por la persiana de mi habitación para observar el altillo, aún sin ver en su interior, lograba ubicar la silueta de don Mario, cuya mirada cazaba la mía en cuestión de un segundo y me apartaba al instante.

El martes no hubo poder en las enfermeras para sacarlo de su cama o hacerle probar bocado, al menos mientras yo lo vigilaba con cierta curiosidad, como una vecina chismosa.

El miércoles salí a llevar una ropa de mis padres a la lavandería y al regresar a casa, por el lado del ancianato, escuché la voz de Don Mario, que de nuevo hablaba solo:

- Las caderotas que tenía… y no fue porque… también, tirado me dejó… de pronto no, no era… Cuando pasé por su lado escuché: ¡Psch! Lo ignoré y entré porque tenía ganas de orinar.

El jueves, el día para Don Mario transcurrió igual que el martes. El viernes hice plan para vigilar a don Mario toda la tarde. Bajé a las 2:15pm con un paquete de cigarrillos y el celular para ver, desde el andén del edificio, a quiénes iba a molestar Don Mario esta vez.

En cuanto estuve en la calle, noté en la pared del ancianato un aviso colgado que decía: NO PASAR BASURA. Don Mario estaba con la cabeza baja, en su silla, en silencio, con las manos inertes, los pies cansados, pero con las encías al aire. Esta vez parecía un demonio contento, a punto de ejecutar una pilatuna. En cuanto encendí en primer cigarrillo, vi a don Mario levantarse con la cabeza erguida, silbando durísimo, dirigirse hacia la reja del garaje, sacar su miembro y orinar a la calle un líquido de color naranja fluorescente. Eso en lo poco que mi pudor me permitió ver.

Salió la enfermera de gafas y le gritó a Don Mario: - ¡Puerco! - él se volteó, y, mojando a la enfermera con orina, le respondió aún más fuerte - ¿Qué? - La joven, desencajada, gritó furibunda: ¡Qué está haciendo! Don Mario le respondió, entre orgulloso y apenado: - Regando la planta de papa. La enfermera le dio una buena cachetada, y de los pocos cabellos, lo llevó para adentro.

El sábado estuvo en cama todo el día, acurrucado en posición fetal mirando hacia mi ventana. No se levantó ni siquiera a tomar agua, y parecía que sus labios secos pronunciaban en voz baja letanías interminables que componía para él mismo, pero se dirigían hacia mí. Luego descubrí por unos movimientos repetitivos que se estaba masturbando. Lo creí gesticular hasta que caí dormida a eso de las tres de la mañana.

Los domingos de buen clima, como hoy, las enfermeras, siempre con cara de ogro, se turnan para dar un paseo por la cuadra con cada uno de los ancianos, que van, más que apoyados, encadenados del antebrazo de las jóvenes mujeres, que les chupan la libertad y les aprietan la muñeca cuando alguno no quiere caminar. Una de ellas, la que lleva gafas y parece ser la superiora, el día de hoy, creo saber por qué motivo, no ha salido a pasear.

Don Mario se murió y tiene que arreglar el funeral. Al menos eso fue lo que escuché cuando a medio día, luego de despertar algo desconcertada debido a la sensación de sentirme observada, me asomé por la ventana y, luego de unos segundos, vi entrar en el altillo a la enfermera para zarandear desesperada el cuerpo de don Mario.

No sé por qué, pero tengo la certidumbre de que mis ojos se encontraron con los suyos en el último instante de su vida. La enfermera, luego de saber que estaba muerto, gritó con pesar irónico:

- ¡Ay! Se murió Don Mario, tengo que arreglarle el funeral.



Sobre el autor

Daniel Zárate

Escritor

Estudiante de periodismo de la U Central, no entiendo bien la comunicación. Parado en mis 20's. No mato zancudos. Cedo el paso. No peleo. Me han quitado novias. No me gusta la tolerancia, igual no me importa. Un ignorante. Pero como quien ríe al último escribo para burlar a los finales.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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