Política

Hidroituango es Colombia

Tiempo estimado de lectura: 12 min
2020-12-22 por Hans Cornehl

Créditos: Ríos Vivos

En la entrevista que realizó Sapiens a la lideresa social del Movimiento Ríos Vivos, Isabel Cristina Zuleta (recomiendo ver la totalidad de esta magnífica entrevista con el fin de comprender la violencia de los actores públicos, privados e ilegales sobre diferentes poblaciones por la construcción de la represa), poco después de la crisis que sufrió la construcción de la represa de Hidroituango en abril del 2018, ella evocaba, con un gesto de tristeza profunda, cómo las víctimas del proyecto se sentían abandonadas ante la oleada de solidaridad del país por Hidroituango, exclamando: “Nosotros sí sentimos una soledad profunda cuando dicen “Hidroituango es Colombia” ¿y entonces nosotros qué somos? (…) ¿Si Hidroituango es Colombia entonces los afectados que venimos siendo?” En este cuestionamiento se encuentra la urgencia del hombre en reencontrarse ante la apabullante presencia de la máquina que lo está alienando de su entorno, un duelo que define la misma condición humana moderna y que se juega el futuro mismo de nosotros como especie. En efecto, la entrevista de Zuleta nos debe hacer repensar la manera en cómo debemos abordar el diálogo alrededor de Hidroituango y sus implicaciones hacia la construcción de una organización social ambiciosa que busque una transformación de la condición humana moderna.

¿Y entonces nosotros qué somos? (…) ¿Si Hidroituango es Colombia entonces los afectados que venimos siendo?...

Hidroituango volvió a ser tema de debate -mostrando una vez más la futilidad de la conversación pública sobre temas críticos- cuando la Contraloría imputó a varios funcionarios públicos por presuntas irregularidades fiscales. Esta noticia no hizo más que alimentar una indignación desgastada sobre la corrupción y la incapacidad del Estado de gestionar una obra ambiciosa. Si bien son cuestiones válidas, este tipo de enfoques lo que hace en últimas es reducir un debate sobre las condiciones violentas y sistémicas de la modernidad a uno que personifica las culpabilidades sobre una malversación de recursos o de negligencia burocrática. Ahora bien, no intento exonerar, por ejemplo, al ex gobernador de Antioquía, Sergio Fajardo, de su abierta culpabilidad al respecto (incluso si la justicia decide declararlo inocente por sus cargos de corrupción), por el contrario, considero que su actitud no hace más que permear por excelencia los violentos mecanismos modernos que viene ejerciendo el Estado colombiano, siendo él, junto a los demás alcaldes, gobernadores y funcionarios implicados, unos simples perpetuadores burocráticos de esta lógica.

Por esta razón, siguiendo el espíritu crítico de Zuleta, la conversación pública sobre Hidroituango debe enfocarse en una crítica sistemática del modelo desarrollista que viene perpetuando el Estado colombiano que se refleja a su vez en una degrada condición humana modernizada. Las herramientas que nos permite abordar el tema de Hidroituango desde una óptica distinta se deben necesariamente remitir a la teoría política, siendo entonces este artículo una manera de reivindicar el papel de la filosofía política en el análisis de temas críticos que se abordan en la agenda pública y a su vez sacarla de su burbuja académica especializada. Por tal razón, con el ánimo de comprender la situación de Hidroituango y reivindicar la labor que viene realizando el Movimiento Ríos Vivos, debemos partir de un entendimiento de los principios de la modernidad y su relación con el medio ambiente.

La conversación pública sobre Hidroituango debe enfocarse en una crítica sistemática del modelo desarrollista que viene perpetuando el Estado colombiano...

Isabel Zuleta, en la misma entrevista, relata cómo fueron excluidas las comunidades de las reuniones de deliberación sobre la construcción de Hidroituango con base en el argumento de que dichas reuniones eran muy “técnicas”, la lideresa, con un tono sarcástico, entonces le responde al funcionario: “¿Cómo así que es un espacio técnico? ¿Qué es la técnica? Nosotros tenemos técnica. Solo para organizarnos hay una técnica, hay una manera de hacerlo, hay una experticia incluso que no la tienen ustedes, ustedes tienen otra.” La pregunta que plantea Zuleta, ¿qué es la técnica?, nos permite empezar a conceptualizar la lógica moderna desde su acérrimo, y un tanto paradójico, crítico: Martin Heidegger. En la academia se debate la idea de que sus obras tardías representan indirectamente su distanciamiento del nazismo precisamente debido a su postura negativa frente al proyecto moderno, especialmente el despliegue de una tecnología destructora. Si bien dicha separación ideológica nunca fue confirmada por Heidegger públicamente, sus obras tardías, sin duda, representan una crítica en contra de la técnica moderna y perfectamente aplicable al caso.

El filósofo alemán en el ensayo titulado La pregunta por la técnica responde exactamente la pregunta retórica de Zuleta y no de una manera convencional. La técnica moderna (que se diferencia de la antigua), según Heidegger, no es un mero instrumento como lo conciben los antropólogos, sino es un modo de concebir la naturaleza como una fuente de explotación y acumulación energética, “una región es provocada a la extracción de carbón y minerales. La tierra se desoculta ahora como región carbonífera, el suelo como lugar de yacimiento de minerales”. Por consiguiente, la naturaleza se nos revela como una fuente de recursos explotables, ocultando su verdadera forma de ser. Heidegger recurre a la hidroeléctrica de Rhin para evidenciar la perversa lógica de la técnica moderna:

“La central hidroeléctrica está puesta en el Rhin. Y lo dispone hacia su presión hidráulica, dispuesta para las turbinas, que, girando, impulsan las máquinas, cuyo engranaje produce la corriente eléctrica, que es distribuida a través de las centrales interurbanas y su red eléctrica, que conduce la corriente. En el ámbito de esta serie de consecuencias, mutuamente relacionadas, de la distribución de la energía eléctrica, la corriente del Rhin aparece también como algo distribuido. La central hidroeléctrica no está construida en la corriente del Rhin como los viejos puentes de madera, que, desde hace siglos, unen una orilla con la otra. Más bien, está el río construido [obstruido: verbaut] en la central. Es, lo que ahora es como corriente, esto es, proveedor de presión hidráulica, desde la esencia de la central eléctrica. Prestemos atención a lo desazonador que impera allí”

Este modo de revelar, o de “provocar” como lo llama el filósofo alemán, la naturaleza como recurso cambia violentamente su esencia: el río deja de presenciarse ante nosotros en su flujo natural, sino que, por el contrario, se define a partir de la central hidroeléctrica en donde “Más bien, está el río construido en la central” y se entiende como una mera corriente que provee la presión hidráulica para así generar energía. El Peligro (esta expresión lo utiliza literalmente Heidegger) de aquello radica en que precisamente no tenemos una relación libre con la técnica, sino que se basa en una lógica violenta y esclavista en la cual el hombre está predispuesto a presenciar la naturaleza cómo una fuente de explotación y de acumulación, negándonos la posibilidad de conocer la verdadera naturaleza independiente del universo que nos rodea. Este principio se encuentra en la condición humana moderna, específicamente en el Homo Faber (el hombre que fabrica), que conceptualizó Hannah Arendt: “la misma operación que constituye al hombre como “supremo fin”, le permite, “si puede, subrayar toda la naturaleza a él”, es decir, degradar la naturaleza y el mundo a simples medios, despojándolos de su independiente dignidad.”

Zuleta conoce perfectamente este peligro y lo denuncia contundentemente en la entrevista: “¿Por qué no encontramos la manera de comunicarnos con el agua? Pero el agua como ciclo, no como recurso, que eso es distinto”. Es en ese sentido que el río somete su ser al poderío de la colosal técnica de Hidroituango, cuya manera de concebirse deja de entenderse desde el ciclo de la vida y pasa a ser un recurso energético. Es como si lo natural, lo biológico, se entregase por completo a la ley maquinal de la técnica moderna -el progreso-. Ciertamente, este progreso, tal como lo relata Zuleta, llegó a la región acompañado por cuerpos metálicos destructores, el Esmad y los helicópteros, con el fin de despojar violentamente a los habitantes y dar paso a la construcción de la represa. Dicha presencia era tan ajena a los habitantes del cañón que se burlaban de los oficiales del Esmad por su apariencia robótica, cuya forma escondía la figura humana y se imponían como unos androides sin ética, género ni estómago, cómo si en últimas atestiguaran el fin del hombre ante sus ojos.

El río somete su ser al poderío de la colosal técnica de Hidroituango, cuya manera de concebirse deja de entenderse desde el ciclo de la vida y pasa a ser un recurso energético.

Hidroituango, en efecto, se consolidó como una fuerza huracanada en el cañón, destruyendo todo a su paso y ocultando bajo los escombros de su destrucción el sufrimiento que marcó la guerra en la región. Con el titulo “EPM inundó a los desaparecidos y desapareció a los muertos” un artículo que se encuentra en la página oficial del Movimiento Ríos Vivos se denuncia cómo el embalse producto de la represa inundó lugares donde se creía que yacían fosas comunes de víctimas del conflicto armado, imposibilitando la exhumación de los cuerpos y, por ende, el duelo para las familias y la memoria para el país. La verdad tampoco se salvó de las garras de Hidroituango.

El despliegue violento del Estado para consolidar el megaproyecto sin duda evidencia la condición generalizada de una humanidad que ya no tiene poder alguno sobre su técnica, en donde, según Arendt, “el mundo de las máquinas se ha convertido en un sustituto del mundo real, aunque este seudo-mundo no pueda realizar la tarea más importante del artificio humano, que es la de ofrecer a los mortales un domicilio más permanente y estable que ellos mismos.” Por lo anterior, Zuleta encontró la construcción de Hidroituango más trágica que la guerra que azotó a las regiones aledañas en las anteriores décadas porque al menos después de la guerra hay esperanza de volver al territorio, sin embargo, después de Hidroituango no existe más la posibilidad de regresar. Ante tal desoladora situación el sentimiento de acción alguna se difumina más, no obstante, en los movimientos populares como Ríos Vivos se encuentra una verdadera transformación existencial del hombre contemporáneo, representan el giro que debemos tomar como especie para realizar un verdadero cambio holístico.

Isabel Zuleta nos propone dejar que los ríos corran libremente y una misión de reconocer como actores que merecen ser escuchados a las montañas, los ríos y los océanos, cuya voz olvidada nos puede ofrecer la sabiduría que necesitamos para un relacionamiento sostenible. Este proyecto presupone un cuidado específico hacia nuestra tierra, cuidado que reconoció Heidegger en la labor del campesino, “De otra manera aparece el campo, que el campesino antiguamente labraba, en donde labrar aún quiere decir: cuidar y cultivar. El hacer del campesino no provoca al campo. En el sembrar las simientes, abandona él la siembra a las fuerzas del crecimiento y cuida su germinación.” En esta cosmovisión se encuentran las “Bases para un plan de retorno a la tierra y a la vida” como lo aconsejó Orlando Fals Borda, en cuyo plan se encuentra la consolidación de una verdadera sociedad agraria sostenible, un “eco socialismo”. “Allí, en el mundo rural, se ha adelantado nuestra guerra sempiterna, y allí hay que terminarla.” – concluyó el sociólogo colombiano.

“Hidroituango es Colombia” no hace más que confirmar una realidad miedosa. El aparato estatal encarna unas cualidades maquinistas que busca, en nombre del progreso, la organización matemática y optimizadora de nuestros entornos naturales, destruyendo la posibilidad de una sostenible cohabitación perdurable. Una realidad que oculta el hombre en los engranajes de la técnica moderna, convirtiéndose en un medio en sí, cuya esencia se empieza a manifestar como la de un instrumento, el más automatizado de todos. En efecto, Hidroituango es Colombia. ¿Si Hidroituango es Colombia entonces nosotros que venimos siendo?



Sobre el autor

Hans Cornehl

Escritor

Un ser-ahí obsesionado por lo cotidiano. Me encuentro entre las cosas ocultas que intento develar por medio de la reflexión filosófica, geográfica y política. Soy estudiante de Ciencia Política, vegetariano y amante de los gatos.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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