Política

Resucitar la comunidad

Tiempo estimado de lectura: 7 min
2020-12-01 por Andrea Forero

Créditos: María Hawkins

El asombro por el aislamiento social impuesto como consecuencia de la pandemia del COVID-19 nos ha revelado un anhelo apremiante, y antes imperceptible, por la relación con el otro, por el enardecimiento de la conexión afectiva, por la identificación significativa con lo colectivo. A menudo vemos el anhelo por un regreso a la vivencia, de un reciente pasado, en y por lo social. Sin embargo, para pensar por la naturaleza de tal retorno, tendríamos que preguntarnos con antelación si la realidad social antes de la pandemia reflejaba en sí misma una verdadera vida comunitaria o si, por el contrario, la individualización y atomización social era ya un síntoma de nuestras sociedades contemporáneas, siendo la pandemia un acelerador contextual de esta irremediable tendencia hacia la soledad.

Si queremos entender el estado actual de la comunidad es inevitable considerar, en un primer momento, una grave mutación histórica que atraviesa el ser humano: el brusco desprendimiento de los fines colectivos a los que solía pertenecer. La modernidad como proyecto histórico ha instaurado una ruptura radical entre la existencia individual y el valor de lo comunitario, deformando el proyecto de autonomía y liberación prometido por la Ilustración, dejándolo reducido a una nueva forma de alienación total: el paradigma de la individualidad. Al posar su atención en pilares como la superación personal y la identidad particularizada, este paradigma anula cualquier posibilidad de integración de los sujetos en un proyecto político unificador, o tan siquiera, de la creación de una identidad en torno al interés general. En contraposición a ello, el interés particular se impone en la escena y crea una sociedad que privilegia la satisfacción del beneficio personal por encima del bienestar general y de la existencia misma de una comunidad.

Una nueva forma de alienación total: el paradigma de la individualidad. Al posar su atención en pilares como la superación personal y la identidad particularizada, este paradigma anula cualquier posibilidad de integración de los sujetos en un proyecto político unificador...

Ante esta ausencia de un proyecto sociohistórico, a nivel colectivo, las retóricas bien conocidas en torno al autodesarrollo, la producción de la libre empresa en beneficio propio, la necesidad de construir individuos exitosos y en constante progreso, encarnan la nueva noción del hombre narcisista. Las modas emprendedoras se apropian de la contemporaneidad y, como tal, no poseen una raíz socialmente consolidada y mucho menos pueden dotarse de continuidad gracias al exceso de información, la profundización del consumo masivo y su propia naturaleza pasajera. El frecuente cambio de proyectos individuales y su dispersión nos envuelve en aquello que el filósofo Gilles Lipovetsky ha denominado como el imperio de lo efímero, uno donde los proyectos emprendedores atractivos y la noción todavía inalcanzable del éxito ocupan toda la atención de los hombres y los supedita a la tiranía del aislamiento social y la soledad disfrazada de autonomía y libertad individual: “ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a las masas, la sociedad posmoderna no tiene ídolo ni tabú, tan solo una imagen gloriosa de sí misma” - afirmará Lipovetsky.

La sociedad moderna se ha librado, por ende, de cualquier responsabilidad individual hacia los miembros de su sociedad y, lo que es más grave aún, el énfasis en el proyecto particular de cada persona crea un desinterés e indiferencia total hacia el otro: nos cerramos absolutamente hacia el exterior creando una suerte de barrera protectora que nos permita recluirnos en nosotros mismos sin reparo alguno a quienes nos rodean. Esto es lo que el filósofo italiano Roberto Esposito ha llamado el paradigma de la inmunidad: un fenómeno ampliamente extendido donde el otro se ha convertido en el virus al que queremos dejar al margen y combatir, ya que representa una amenaza para lograr el éxito inalcanzable o, en su punto de expresión más álgido, de la repulsión y aniquilación física del otro (judíos, negros, migrantes, homosexuales, entre otros) como fue el caso de los totalitarismos del siglo XX. De la misma manera, otra manifestación de dicha realidad podría proceder del contexto inmediato en el que nos encontramos: la pandemia del Covid-19 y lo desconocido que continúa siendo el virus para nuestros cuerpos ha creado una necesidad imperante de cultivar anticuerpos que nos protejan, es decir, de un mecanismo inmunológico que mantenga al virus en la externalidad y al margen de nosotros y nos permita, de esta forma, la preservación de nuestras vidas.

Cuando el virus deja de ser virus y se convierte en humano, la obsesión del hombre por la higiene resulta aún más problemática, una especie de TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) se apropia de él y lo lleva a lavarse las manos obsesivamente de todo lo que concibe como sucio, aún cuando no lo sea. En el caso de las relaciones sociales, nos libramos no de un virus y de las bacterias que percibimos, sino de los otros que nos rodean. Esto resultaría, naturalmente, en un hombre totalmente aislado, debido a que se ve en el otro un peligro hacia su cuerpo, un potencial virus que ataca y hacia el cual, debo, si no destruir, al menos mantener alejado con fronteras claramente definidas. De manera que, el síntoma del ensimismamiento en la vida aislada de los sujetos es un fenómeno que no solo ha nacido gracias a la obviedad de las restricciones al contacto vivido con la pandemia, sino que, precisamente, hace parte de la lógica inmunológica del sistema moderno en los marcos del capitalismo y la construcción social de individuos regidos por y para sí mismos. Nos encontramos entonces ante la nostalgia por una comunidad que creímos perder pero que nunca existió, una de la que han sido borrados sus vestigios y de los que solo tenemos las ruinas que nos dejó la modernidad.

En el caso de las relaciones sociales, nos libramos no de un virus y de las bacterias que percibimos, sino de los otros que nos rodean.

Creemos que volver a la comunidad es volver a estar junto al otro de manera indiferente, verlo sin importar qué le acontece, estrecharlo sin construir algo común. Pero la comunidad no implica únicamente la coexistencia espacial de los seres humanos, sino que parte de la base del rechazo tajante de la inmunidad, de la apertura hacia el otro y la noción de dar y construir recíproca y desinteresadamente. Pese a que el panorama no parece esperanzador, la falta de sentido y dispersión total de lo social es en sí misma una potencialidad revolucionaria, recordemos, como nos dirá Jean-Luc Nancy que “solo la ausencia de sentido emerge de una exigencia radical de sentido, y por tanto, esta exigencia, es el sentido mismo”. Nuestro sentido es entonces condenar el aislamiento del otro ocultado por un manto de coexistencia fútil e insignificante e interrumpir la comodidad individual gracias al compromiso con el otro, a la obligación de atender. Nuestra necesidad primaria no es otra que el renacimiento de un compromiso que, aunque intangible, nos mantiene siempre en deuda con el otro que nos salva de la miseria absoluta de la soledad.



Sobre la autora

Andrea Forero

Escritora

Politóloga en formación. He encontrado mi motivación entre los pensadores latinoamericanos, feministas y decoloniales. Siento como responsabilidad pensar desde y para mi continente. La escritura, por lo tanto, se ha convertido en una lucha constante y ardua que me ha encaminado hacia la liberación del pensamiento oprimido.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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