Política

Los muertos no importan

Tiempo estimado de lectura: 6 min
2020-10-06 por Laura Ventura

Créditos: Pip Ariza

Hace algunos días tuve la oportunidad de leer el texto de mi compañera Noa Alekei, titulado Dedicatoria absoluta, el cual cierra con esta frase que aún me tiene con los muertos en la cabeza. “No te olvides colombiano, que diez mil yacen bajo tierra, y más del doble los lloran”. Y quiero traer esta frase a colación, porque no me había detenido a pensar en ello, los muertos en Colombia los vemos a través de cifras, a través de estadísticas anuales que ondulan entre subidas y bajadas. Nunca nos detenemos a pensar en qué y en quiénes hay detrás de las muertes en Colombia. Familias enteras a la espera de esclarecimiento, de verdad, de justicia. Aunque Noa habla sobre los falsos positivos, pienso que esta frase aplica a todo aquello que se queda sin justificación, que rompe la línea de vida y que se da a manos de un perpetrador.

Y es que no es fácil vivir en Colombia, una tierra sin madre, sin amor, sin posibilidades. Una tierra huérfana, donde sobreviven quienes son privilegiados, quienes ocupan un buen espacio en la sociedad. Las clases medias-bajas son las que ponen los muertos, las que mueven las estadísticas, aportando así a los estudios poblacionales en el país. Nunca nos sentamos a pensar en ello, en las pocas posibilidades que se tienen y en cómo la violencia golpea atrozmente al colombiano, ese que llamamos de a pie. Vivimos en una sociedad estructurada de manera tal que existan actores beneficiados, protegidos por el gobierno, un gobierno avivato y desconsiderado, que busca financiar aerolíneas y empresas privadas, pero que niega recursos para educación y salud.

Anualmente las cifras de muertes en Colombia aumentan, incluso en este año atípico en donde el estar en casa fue el plan necesario, en los hogares se dispararon los asesinatos, nada más entre enero y junio 99 mujeres fueron víctimas de feminicidios las cuales sufrieron violaciones, incineraciones, tortura, abuso sexual y un sinfín de acciones violentas. Que además, en su mayoría habían denunciado a sus parejas o exparejas, quienes resultaron asesinándolas. La situación no termina. Estos datos apenas son de los primeros meses del año, los asesinatos no se han esclarecido, los asesinos no han sido judicializados y es probable que de los casos ocurridos en el país pocos lleguen a ser resueltos y como consecuencia, niños y familias desconsoladas queden en busca de justicia.

También las masacres han sido pan diario durante lo corrido de este año, más de 60 masacres han tenido lugar a lo largo del territorio colombiano, donde han sido víctimas jóvenes y líderes sociales. Hechos que no se esclarecen, que no tienen culpables y que nadie se preocupa por resolver, hechos en los que es más importante la forma en cómo se les llama que sus propias implicaciones. Para el gobierno es más fácil salir a decir que son “homicidios colectivos” y no masacres, quitándole trascendencia y restándole importancia a estos actos que devastan la sociedad. Cuando es claro que asesinatos en indefensión de un grupo de más de tres personas, a manos de actores armados deben ser denominados como masacres.

Hechos que no se esclarecen, que no tienen culpables y que nadie se preocupa por resolver, hechos en los que es más importante la forma en cómo se les llama que sus propias implicaciones.

Como si fuera poco, asesinatos a manos del Estado, el caso de Javier Ordoñez que desató una ola de manifestaciones en el país, fue apenas uno de los casos que permitieron visibilizar esta situación. En los últimos meses un aproximado de 20 personas han sido violentadas, torturadas y asesinadas por agentes de la policía, usando su dotación y exagerando en el uso de la fuerza, cuando buscan imponer orden y hacer valer la ley. Claramente, estas personas son apenas las que se conocen y se han denunciado públicamente sus casos, cabe la posibilidad que el número sea más amplio y que con cifras de años anteriores, pudiese escandalizarse aún más la problemática frente a esta institución sin rumbo y necesitada de una restructuración.

Pero son solo muertos. La gente nace y muere a diario, aunque en este país se muera más, en todos los sentidos, más joven, más inocente, más violentado, más pobre, en más cantidad y más olvidado por el Estado. Por ese Estado que nos violenta, nos vulnera, a través de la inacción frente a los asesinatos, de la minimización de la situación por la cual atraviesa el país y por la misma violencia que ejerce hacia la sociedad, una sociedad transgredida en su ser, quebrantada sin poder actuar frente a sus verdugos, olvidada y puesta en último lugar en la lista de prioridades del gobierno. La cual lucha con tenazas, para lograr obtener un poco más de lo que la vida les brindó, buscando oportunidades y muriendo en este camino.

Finalmente, cabe mencionar que me encuentro sorprendida con la visión que tenemos del mundo, con la insensibilidad que mostramos ante estas situaciones. Existe una capacidad enorme de adaptación innata del ser humano, donde es necesario decir que nos hemos acostumbrado a la barbarie, la hemos interiorizado ya no nos sorprende, no nos afana. Podemos ver fácilmente en la televisión y en las redes sociales, masacres y asesinatos diarios sin sentir apenas nada. Nos convirtieron en seres apáticos que endilgamos la culpa a la víctima y no al victimario, diciendo que “se lo buscó” o que “la gente de bien no le pasan cosas malas”. Ya no nos escandaliza la pérdida de vidas. Ya los muertos no importan.



Sobre la autora

Laura Ventura

Editora, Escritora

No todo está dicho, el tiempo es cambiante y es válido hablar sobre lo que se cree. Por esto escribo, porque es necesario tomar una posición frente a lo que se es y se vive, porque me gusta pensar que alguien puede identificarse en mi escribir. Hablo a partir de mi posición en la sociedad, como mujer, una mujer en proceso de deconstrucción que se denomina feminista. Amante de entender las dinámicas sociales a partir de la economía y la religión. Hablando sobre la delgada línea que separa la cara del sello.


El contenido de este artículo es propiedad de la Revista Cara & Sello

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